"Aunque, por supuesto, todos tenemos el derecho a que nuestro voto sea respetado, eso no significa que automáticamente cualquier opción sea moralmente defendible". (Ilustración: Víctor Aguilar).
"Aunque, por supuesto, todos tenemos el derecho a que nuestro voto sea respetado, eso no significa que automáticamente cualquier opción sea moralmente defendible". (Ilustración: Víctor Aguilar).
Daniela Meneses

Periodista y abogada

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El lunes, Marco Avilés publicó un texto en el que cuestionaba ‘la teoría del abrazo’: la idea de que, luego de la votación del domingo, deberíamos pasar rápidamente a hablar de la unidad nacional y de gritar juntos el próximo gol de la selección. El problema, argumentaba, es que “el abrazo escenográfico y caudillesco es una herramienta para despolitizar las diferencias ciudadanas y los abismos de la vida cotidiana” y “es un gesto vacío si no va unido a una agenda honesta y abierta de reparación y solución de problemas estructurales”.

Partiendo de la propuesta de Avilés de no quedarnos en gestos vacíos, creo que una parte importante del trabajo pendiente es preguntarnos dónde situamos las fracturas que se han hecho más hondas en estas elecciones. Estas semanas, hemos visto muchos comentarios del tipo ‘votar por es inmoral’ y ‘votar por es inmoral’. Estos parecen situar la división en el acto final: el apoyo a uno u otro candidato es información suficiente de juicio. A riesgo de decir algo muy evidente, quiero plantear y examinar las implicancias de una forma distinta de aproximarnos a los resultados electorales. Una que se centra no tanto en qué candidato se apoya, sino más bien en las razones que movilizan ese apoyo.

Con esto no quiero decir algo del tipo ‘todo es moralmente defendible’ porque ‘cada quien tiene sus razones’. En realidad, lo que digo niega esa premisa (que podríamos además considerar central a la ‘teoría del abrazo’). Aunque, por supuesto, todos tenemos el derecho a que nuestro voto sea respetado, eso no significa que automáticamente cualquier opción sea moralmente defendible. De hecho, concentrarnos en las razones detrás de los votos probablemente nos lleve a darnos cuenta de que muchas personas que apoyan al mismo candidato que nosotros nos parecen moralmente reprobables. Y a ver que otras personas que apoyan un candidato muy distinto al nuestro, lo hacen con razones que consideramos moralmente respetables.

Hablando desde mi experiencia personal, aunque he visto justificaciones y actitudes de todos los lados que no me parecen correctas y sobre las que podría escribir artículos completos, no quiero dejar de condenar el racismo, el clasismo y las posturas de supuesta superioridad intelectual que han usado algunos para justificar su voto a Keiko Fujimori. No puedo, en ningún caso, considerar moralmente respetable el voto por Fujimori que se hizo anclado en esas ideas. Pero sí creo que hay razones muy válidas para haber apoyado a Fujimori –y también creo incorrecta la actitud de algunos votantes pro Castillo que, desde una postura de superioridad moral, condenan de manera absoluta el apoyo a la candidata–.

En ese sentido, coincido con Avilés en que no debemos quedarnos en abrazos escenográficos. Por supuesto, cómo comenzar a hacer el trabajo que está por delante es una pregunta inmensa. Pero hay acciones concretas que, aunque no bastan, están a nuestro alcance más inmediato.

Por ejemplo, creo que podemos empezar por examinar nuestro propio voto. En unas con opciones que tantos millones de peruanos consideramos realmente terribles, muchísimos hemos tenido que hacer concesiones, definir prioridades y evaluar las razones para no votar por los candidatos. Y creo que el ejercicio de examinar profundamente nuestro voto, requiere hacernos preguntas como ¿alguna de nuestras razones para apoyar a un candidato es quizá clasista? ¿En nuestros miedos encontramos racismo? ¿Hemos actuado con superioridad moral o intelectual en la campaña? ¿Con paternalismo? ¿Nos mueven los estereotipos? ¿Si somos sinceros con nosotros mismos y analizamos incluso aquello que nunca hemos dicho en voz alta, identificamos alguna razón en nuestro voto que nos incomoda, que nos avergüenza? Y por supuesto que estas preguntas las planteo no desde un púlpito moral ni mucho menos, sino son palabras que comparto desde mi propia incomodidad, de mis propias vergüenzas.

Es desde este lugar, entonces, de autocrítica y humildad, que creo que podemos comenzar a hacernos otras preguntas. ¿A quién debemos pedirle perdón tras estas elecciones? ¿A quién debemos exigirle pedir disculpas? ¿Qué relaciones están tan rotas que quizá ya no haya vuelta atrás? ¿A quién debimos haber escuchado, a quién debemos escuchar, no necesariamente para que nos haga cambiar de opinión, pero sí para que nos haga reconsiderar nuestras justificaciones?