"El gran problema es que estas dinámicas fomentan más fragmentación y achoramiento". (Ilustración: Giovanni tazza)
"El gran problema es que estas dinámicas fomentan más fragmentación y achoramiento". (Ilustración: Giovanni tazza)
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

Una semana de peleas en las bancadas del Congreso que nos anuncia lo que se viene hasta que se definan las candidaturas presidenciales. Disputas en el fujimorismo por las inaceptables declaraciones de . Lo novedoso no fueron sus palabras, ya un clásico de tres décadas, sino que sus compañeros de bancada se las cobraron públicamente. Resquicios en el Partido Morado en un tema tan importante como el del retiro de pensiones. Lo más interesante, el offside de su líder que no logró limitar estas diferencias. Pelea abierta entre dos congresistas en Somos Perú por serias denuncias de corrupción.

¿Por qué creo que estas disputas internas se relacionan con la elección de abril? Pues porque al tratarse de partidos débiles, centrados en líderes antes que en programas, el potencial electoral del candidato presidencial es lo que más importa. Sin votantes fieles, lo urgente es lograr una buena candidatura. Líderes con números famélicos en las encuestas de intención de voto entonces producirán desorden interno y deserciones. Y hoy casi todos los potenciales candidatos “naturales” de las bancadas son débiles.

Los “militantes” e invitados están mirando cómo posicionarse en un panorama incierto. Por un lado, habrá quienes crean que ellos pueden ser candidatos o entrar en una plancha. Importa poco si no tienen reconocimiento como para ser competitivos. Sus egos y los sobones, que abundan, les hacen creer que sí se puede. La debilidad general es un aliciente para considerar que todo es posible. Lo que no evalúan es que, en la mayoría de casos, no tienen la menor opción.

Otros evalúan a qué líder de su partido apoyarán o si todo está perdido y es mejor saltar a otro barco. Esta vez no hay reelección para motivar las deserciones, pero quienes quieran continuar en política querrán buscar (y me parece normal) espacios en un futuro gobierno. Incluso hay algunos candidatos presidenciales sin bancada a quienes ofrecer sus servicios. La campaña también se jugará en el Congreso, con denuncias e investigaciones. Una bancada es siempre útil para entrar a la pelea.

Donde hay organización partidaria suelen conocerse las fortalezas y debilidades de quienes disputan el liderazgo. Hay carreras y etapas, los saltos a la cúspide son extraños o mal vistos. Estos límites institucionales también ordenan la disputa y reducen la posibilidad de que las peleas se salgan de control dañando la marca partidaria. El problema es que, sin partidos y militantes, lo que tenemos es este desorden.

Apreciamos así las reglas informales, discutidas por Levitsky y Zavaleta en una serie de textos, necesarias para sobrevivir en la política peruana. Esta vez, sin embargo, las dinámicas propias de la pandemia, que hacen al pleno y las comisiones uno de los pocos espacios para atraer atención, y un Congreso de amateurs, seguro harán más comunes estas conductas.

El gran problema es que estas dinámicas fomentan más fragmentación y achoramiento. Se debilitan aun más los partidos existentes y se baja el nivel del debate. Es probable que quien llegue al poder termine sin una buena bancada, lo cual puede llevar a más desgobierno y conflicto entre poderes.

¿Puede hacerse algo para reducir estas dinámicas? Difícil por lo ya dicho, muy poca capacidad de renuncia en los liderazgos. Además, los actores creen que estas son las reglas efectivas para jugar y la realidad les muestra que en muchos casos tienen razón. La experiencia enseña que mirar el corto plazo es clave para su futuro.

Al mismo tiempo, todo está tan fragmentando que la mesa parece estar servida para los que construyan alianzas mirando el mediano plazo, tanto para la campaña como para gobernar. Ello no necesariamente dará resultados que nos gusten, pues esta posible ventaja colaborativa se aplica a todo sector político, los que apreciamos y los que no. Pero cuando menos permite una política más ordenada. Y quien sabe, quizás un buen gobierno.