“Las leyes no diseñan a los individuos. Para que estas se respeten, necesitan dictarse con criterio. Necesitan que se les ofrezca a los ciudadanos la capacidad de cumplirlas”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Las leyes no diseñan a los individuos. Para que estas se respeten, necesitan dictarse con criterio. Necesitan que se les ofrezca a los ciudadanos la capacidad de cumplirlas”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Patricia del Río

Periodista

Dejar de fumar. Usar el cinturón de seguridad. Comer sano. No ocupar espacios para discapacitados... Podríamos citar muchos casos en los que los seres humanos hemos cambiado nuestros hábitos. A veces, la motivación es estrictamente personal: dejar de fumar o comer sano son decisiones que buscan mejorar la calidad de vida de quien las toma. En otros casos, el cambio de hábito busca evitar una sanción: el uso del cinturón de seguridad es un caso emblemático. Las multas a quienes no se los ponían logró que las personas cumplieran la orden. Estacionar en un lugar para discapacitados es exponerse a que alguien tome una foto y la publique en redes, provocando una sanción social.

Lo ideal es que aquella decisión que se toma, ya sea por voluntad o por miedo al castigo, termine interiorizándose como un hábito sano para uno mismo y para los demás. Es triste que en casi 30 años, el único ejemplo claro que podemos citar sea el del cinturón de seguridad, pero lo cierto es que hoy nadie lo usa por miedo a la multa sino porque sabe que, en caso de choque, le puede salvar la vida.

Nuestra sociedad está plagada de malas costumbres que se fundan en un modo de vida informal en el que las reglas no existen. Y si existen, los ciudadanos se las saltan porque no le temen a una sanción que nunca llega, porque son normas imposibles de cumplir o porque por encima de la ley está algún interés más valioso para el individuo. Pongamos un ejemplo concreto: una vez, vi a una madre cruzar la carretera con un niño en brazos cuando a pocos metros de ella había un puente peatonal. Cuando le pregunté por qué exponía así su vida, su respuesta fue contundente: le era imposible subir las escaleras llevando una bolsa pesada de víveres y a un niño de año y medio en brazos. Y la última vez que lo había hecho, le habían robado y el ladrón la había amenazado con tirarla a la pista si no le daba todo lo que tenía.

Esta semana, el presidente nos mandó a todos , e impidió que los niños y los mayores circularan por las calles. Insistió en el distanciamiento social, la mascarilla y el lavado de manos, e increpó a todos los peruanos para que no hicieran reuniones familiares. Nos impuso más reglas, la mayoría reiterativas, que claramente en su momento no dieron los resultados esperados.

¿De qué sirve estar confinados el domingo, si en los paraderos la gente se aglomera por la falta de oferta de transporte público? ¿Para qué evitar que las familias vayan al parque, si los colectivos llevan a personas apretadas en sus autos porque no hay otra manera de llegar al trabajo? ¿Qué más da dejar a los niños encerrados en casa, si en los alrededores de los emporios comerciales, hoy desiertos, los ambulantes están pegados como chicle tratando de vender lo que sea para sobrevivir?

Para asumir la nueva normalidad, se requería darles a las personas las condiciones para cumplir las normas, educarlas y entender que la mayoría no las acataría inmediatamente porque el temor a morir de hambre se iba a sobreponer a la posibilidad de contraer el virus.

Los hábitos y costumbres no cambian de un momento a otro. Las leyes no diseñan a los individuos. Para que estas se respeten, necesitan dictarse con criterio. Necesitan que se les ofrezca a los ciudadanos la capacidad de cumplirlas. Necesitan ser difundidas en campañas de educación reiterativas y efectivas.

Lo más trágico de estas medidas que ha anunciado el presidente Vizcarra es que no parecen responder a criterio técnico alguno; y el problema en este caso no está solamente en lo que se hace mal, sino en lo que se deja de hacer. Mientras el transporte público siga siendo un caos, de nada habrá servido suspender las parrilladas familiares.