"Lo más importante será administrar nuestras sensaciones y no dejarse dominar por ninguna de ellas". Escribe Alonso Cueto. (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Lo más importante será administrar nuestras sensaciones y no dejarse dominar por ninguna de ellas". Escribe Alonso Cueto. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Alonso Cueto

Escritor

Las noticias vienen una tras otra. A los informes sobre la se suceden las barbaridades que se escuchan en boca de algunos congresistas (virus habitual en nuestra vida política) y los rumores sobre los candidatos a la presidencia de la República. Mientras tanto, lo único seguro es la incertidumbre. Hoy más que nunca el sonido del timbre de la casa es una señal de alerta. El dedo que toca puede ser portador del virus. El enemigo es invisible y no sabemos si nuestra puerta de la calle es la última trinchera.

PARA SUSCRIPTORES: Pandemia: Política y ciencia, por Francisco Miró Quesada Rada

Esta mañana precisamente sonó el timbre. Era el mensajero de la farmacia. Cuando salgo a recibirlo, el mensajero se baja de la bicicleta y me ofrece una bolsa de papel. Antes de entregármela, ducho en estos menesteres, ha descubierto una pequeña base metálica en la reja de entrada donde puede dejar los medicamentos. El mensajero y yo lo sabemos. Lo importante ahora es no tocarse. Todo cuerpo es sospechoso. El aire a nuestro alrededor es un campo de batalla.

Tengo amigos que me dicen que en estos meses solo han salido una vez por semana al mercado y al banco. Otros, que salen todos los días. Hay algunos que se encuentran con amigos en parques. Por supuesto que están prohibidos los encuentros en casas o en restaurantes, sobre todo ahora que se dice que los mayores de 65 no somos admitidos en locales públicos (igual, yo no pensaba ir).

Ser prudentes, sentir miedo y estar devorado por el terror son las categorías de la identidad de hoy. Cada uno puede elegir la sensación que mejor lo define de acuerdo con la cantidad de segundos que usa para lavarse las manos. Diría que lavarse más de dos minutos, como alguien me dijo que hacía, es la definición de una persona aterrorizada. El prudente sale poco y con mascarilla, pero el aterrorizado se queda todos los días en su cuarto imaginando que el virus lo acecha en sus paredes. Cada uno podrá definirse como una persona prudente (que viene de “pro vidente”; es decir, el que ve el futuro), cautelosa, miedosa o aterrada (la palabra “terror” viene de “temblor”). También puede alternar entre esos estados, dependiendo de la hora del día. Por lo general, las noches en familia son momentos de relajo, al menos para algunos.

En medio de esta incertidumbre, tenemos nuevos héroes. Durante muchos años, quienes aparecían entrevistados en los medios eran los economistas. Ahora son los médicos. Quienes luchaban contra el enemigo eran los policías y militares. Ahora son las enfermeras. El enemigo antes era concreto (un delincuente, un terrorista). Ahora es un virus invisible que tiene la astucia y la velocidad de un monstruo.

Algunos piensan que esta ha sido una época perdida. Creo, por el contrario, que ha sido el año más importante en mucho tiempo. Hemos aprendido mucho y seguiremos aprendiendo de un modo traumático y doloroso acerca de quiénes somos como personas y como sociedad. Si bien es cierto que durante las últimas semanas el virus ha ido mostrando señales de debilidad, falta mucho para que desaparezcan las palabras que describen nuestras sensaciones de la pandemia. El virus se va a aplacar algún día, pero no va a irse nunca. Estará siempre al acecho para recordarnos quiénes somos. La prudencia, la cautela, el miedo y el terror. Cada uno le pondrá el nombre que quiera a lo que siente. Lo más importante será administrar nuestras sensaciones y no dejarse dominar por ninguna de ellas. Todo depende de lo que sentimos cuando suena el timbre y nos asomamos a la ventana.

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