“Después de todo, el dinero no es moral o inmoral, aunque el uso que se le da sí lo es”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“Después de todo, el dinero no es moral o inmoral, aunque el uso que se le da sí lo es”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Alonso Cueto

Escritor

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Los peruanos tenemos una relación ambigua y dramática con el dinero. En las acusaciones por siempre se ha enfatizado la cantidad con la que se habría comprado alguna decisión. La mención del dinero está asociada a la de la corrupción. Una antigua convicción de muchos es que la riqueza de algún individuo debe haberse conseguido a través de la explotación de los demás. Con mucha frecuencia pensamos, quizá por herencia cultural, que el dinero es de por sí inmoral. La idea de que puede ser fruto del esfuerzo y del trabajo no ha terminado de calar entre muchos de nosotros.

Alguna vez escuché decir que la prueba de las bondades utópicas del era que el dinero no había existido como tal, aunque sí el trueque, que es una transacción comercial.

El dinero, como un sistema de fichas de valor, empezó a existir en el año 2.500 antes de Cristo, cuando se utilizaban metales preciosos como medio de pago. Unos siglos después vendrían las monedas confeccionadas en las “Cecas” o Casas de monedas. Desde siempre, hemos estado subyugados a sus poderes radiactivos. Por eso mismo, el dinero también ha sido una inspiración para las comedias, desde las primeras obras clásicas.

En “La Olla”, de Plauto, el protagonista Euclión encuentra una olla con dinero y está condenado al terror de pensar que se la pueden robar. Desde entonces, decide que su hija debe casarse con un vecino rico y anciano. Harpagón, el personaje de Moliére, ha encarnado frente a nuestros ojos el poder hipnótico de las monedas. El inolvidable Harpagón pronuncia su oración a Dios: “Dinero, dinero, dinero”. Tiene una cajita en donde guarda sus monedas, y poco le importan sus hijos. A propósito, el señor Grandet hace prometer a su hija Eugenia que debe cuidar sus monedas y que le pedirá cuentas de todo eso en el más allá. Nadie como Balzac sabía lo que podía ser la codicia de su época, después de todas las revoluciones de su tiempo.

Y lo mismo ocurre en nuestra época. Vivimos escuchando, leyendo, sabiendo de cantidades de dinero. Ocupan todos los titulares. Y con frecuencia esta conversación tiene que ver con la corrupción. El dinero nos atrae y nos escandaliza al mismo tiempo. De cualquier modo, aparece cada vez más en las conversaciones.

Sin embargo, también es cierto que una de las transformaciones de la sociedad peruana en las últimas décadas es que tenemos una relación más realista y práctica con el dinero. Recuerdo haber pensado en eso hace ya muchos años, en la zona de parqueo del estadio de Alianza Lima. Durante un tiempo, cuando uno estacionaba el auto y preguntaba a los cuidadores cuánto nos cobrarían por vigilarlo, ellos contestaban “su voluntad”. Luego de un tiempo, ya en los años 90, recibíamos un papel que decía “cinco soles”. Ya no era la voluntad del cliente, sino una transacción con un pequeño contrato que se firmaba con el solo acto de recibir el papel. Ya era un avance.

Después de todo, el dinero no es moral o inmoral, aunque el uso que se le da sí lo es. En la estupenda serie danesa “Borgen”, un millonario le da al partido de la candidata electoral Birgitte Nyborg una “donación” de un millón y medio de coronas. Ella le pregunta al millonario qué quiere a cambio. Él le contesta que es un regalo. Ambos saben que el millonario está mintiendo. Ella se las arregla para devolverle el dinero. Claro que el personaje de Nyborg es una ficción. No lo es el deseo de que tengamos una relación provechosa, pero ética, con el dinero.