"No creo que sea posible esperar alabanzas de los gobiernos en ninguno de los países latinoamericanos, si se emplea como método interrogar a las personas en la extrema pobreza". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"No creo que sea posible esperar alabanzas de los gobiernos en ninguno de los países latinoamericanos, si se emplea como método interrogar a las personas en la extrema pobreza". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Luis Millones

Antropólogo

Pocos libros han tenido el éxito de “Los hijos de Sánchez”, publicado en español por el Fondo de Cultura Económica en octubre de 1964 y cuya segunda edición, agotada la primera, salió en diciembre del mismo año. El relato de la familia retratada en el texto, en las condiciones deplorables en que transcurre la cotidianidad de las capas deprimidas de los latinoamericanos, produjo un brusco sacudón emocional. Más que una reflexión teórica o de alcances metodológicos novedosos, la transcripción de las conversaciones reproducidas textualmente daban cuenta de los sentimientos, las aspiraciones y las frustraciones de quienes tropezamos con ellos todos los días sin pensarlos como iguales.

El libro produjo inmediata repercusión en los sectores políticos e intelectuales mexicanos. En febrero de 1965, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística interpuso una demanda contra el libro y el autor en la Procuraduría General de la República “por su estilo obsceno y ofensivo para la moral pública” y se le calificó de “antimexicano y subversivo”. Se exigió que se retirara la edición y que se procediera penalmente contra el autor.

Conocí al autor, Óscar Lewis, en 1970, de cuerpo menudo y cabello escaso, su español impecable, con dejo mexicano, hacía difícil pensar que fuera norteamericano. Acababa de interrumpir, a pesar suyo, una empresa aún más ambiciosa que la llevada a cabo en las zonas marginales mexicanas: trasladar a la de Fidel Castro el estudio de lo que llamó “antropología de la ”.

Cuando alabé su manejo del idioma español, respondió sonriendo que conocer lenguas diferentes le venía de familia. Ahora sé que se refería especialmente a su padre Chaim Leb Lefkowitz, nacido en Sopotskin (Grodno, Bielorrusia) y que, habiendo huido de esas inclementes regiones, era rabino en Nueva York. Su hijo, el ahora Óscar Lewis, se llamaba realmente Yehezquiel Lefkowitz y había pasado su niñez en ambientes no muy lejanos de los que en su madurez pretendía explorar.

Su aventura mexicana le enseñó a ignorar las críticas, que también surgían de sus colegas luego de su éxito. Su carrera académica no pudo ser más brillante: del The City College of New York a Columbia University.

El debate en torno a “Los hijos de Sánchez” pasó largamente los límites de la controversia académica. Arnaldo Orfila, director de la editorial Fondo de Cultura Económica, fue obligado a renunciar a fines de 1965 y situaciones como esta despertaron el interés de los intelectuales mexicanos, que protestaron contra las arbitrariedades. El reclamo de cordura se extendió lo suficiente como para que se abandonaran las medidas represivas.

Óscar Lewis viajó a Cuba en 1968, y logró entrevistarse con Fidel Casto, lector entusiasta de “Los hijos de Sánchez”, y finalmente se llegó al acuerdo de llevar adelante una investigación similar en el territorio de la isla.

Las condiciones se pactaron con sumo detalle, pero el trabajo de campo no duró mucho, en poco tiempo el proyecto fue detenido y parte del material recogido se quedó en Cuba mientras Lewis y su equipo fueron obligados a regresar a EE.UU. Aun así, no poco fue previamente trasladado a Estados Unidos y pudo ser trabajado por su esposa y Susan M. Rigdon, y tomó forma de libro. La versión en español salió en 1980 con el título “Cuatro hombres: Viviendo la revolución. Una historia oral de Cuba contemporánea”.

Ruth Lewis nos dice en el libro que el entusiasmo inicial cubano por la investigación de su esposo se enfrió con “el fracaso de alcanzar la meta de los diez millones de toneladas de azúcar y el efecto negativo que este esfuerzo nacional concentrado tuvo sobre el resto de la economía. Esto lo explicó con gran detalle Fidel Castro en su informe sobre la economía cubana el 26 de julio de 1970. El informe era descorazonador y significaba un gran golpe a los líderes y al pueblo cubano”.

En todo caso a Óscar Lewis lo acusaron desde de ser espía de la CIA hasta de usar familias contrarrevolucionarias como informantes.

No creo que sea posible esperar alabanzas de los gobiernos en ninguno de los países latinoamericanos, si se emplea como método interrogar a las personas en la extrema pobreza.

Tampoco se escucharon halagos a la situación económica del país, a partir de 1991, cuando cesó el apoyo de la Unión Soviética. Una situación que se sumó al embargo comercial, económico y financiero de Estados Unidos contra Cuba, impuesto en 1960 y ratificado en 1966 y 1999, lo que generó necesidades y frustraciones en la población cubana.

Leonardo Padura, al escribir sobre su generación, comentando la caída del Muro de Berlín, escribió: “El futuro dejó en ese instante de ser un sueño tangible para convertirse en una nebulosa donde todos los perfiles se difuminaban, en la que no se entreveía siquiera un horizonte, una luz”. Como pertenezco a la generación que vivió cercana a esa ilusión de los sesenta, sentimos como nuestro el desencanto del escritor cubano.

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