Los ciudadanos necesitamos ver que al frente de los poderes del Estado hay gente capaz de resolver problemas en una cultura de diálogo
Los ciudadanos necesitamos ver que al frente de los poderes del Estado hay gente capaz de resolver problemas en una cultura de diálogo
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

¿Es posible tener en el Perú una pospartidos funcional? Y de ser así, ¿cuáles deberían ser los rasgos esenciales de esa democracia y en torno a qué sería viable construir la legitimidad de ese sistema?

Estas son preguntas esenciales que van al meollo de las grandes convulsiones políticas de las últimas tres décadas. Desde que empezó la embestida de los ‘outsiders’, hemos pasado de una fase de decadencia partidaria a una pospartidos. Ausentes las lealtades partidarias y los compromisos programáticos, nuestras precarias instituciones han quedado solo a merced de su performance. En ese contexto, para grandes sectores del país, un gobierno democrático solo es mejor que uno de mano dura en la medida que pueda dar respuestas materiales a los problemas de la gente. La obsesión por la popularidad de nuestros políticos tiene que ver con el hecho –a la vista de todos– de que una caída de aprobación significa la pérdida de lo único que da sustento a las instituciones.

Ante esta realidad se abren tres caminos posibles. El primero es mantener la ilusión de que en nuestra tradición presidencialista –y caudillista– aún es posible construir partidos programáticos –y mejor aún, de masas– como en las mejores épocas del siglo XX. Este es el ideal de muchos ‘reformólogos’, pero lamentablemente se choca con la realidad. En el fondo, el Perú nunca ha tenido un sistema de partidos de ese tipo y no se ve un escenario en que eso pueda darse en el futuro.

La segunda opción es aceptar que si vamos a tener un sistema sin , entonces es mejor abrazar el modelo sin complejos, y entregar todo el poder a un presidente que, en el caso más inocuo, seguiría el camino de la democracia delegativa –del tipo descrito por Guillermo O’Donnell– y en su versión más perniciosa podría llevarnos a un autoritarismo competitivo a lo Levitsky. Esto está implícito entre quienes piden distritos uninominales para la elección del . Estos llevarían, casi con seguridad, a mayorías de un solo partido. Es muy difícil imaginar que en un país institucionalmente tan débil una democracia mayoritaria no desemboque en autoritarismo. Es además el escenario más arriesgado. Nunca puedes saber con seguridad si el autócrata de turno va a ser uno de los tuyos.

El tercer camino es el más realista. Consiste en aceptar la psicología del ciudadano pospartidos y reconocer que si este va a evaluar al sistema en su conjunto en base a su eficacia y no a lealtades partidarias más profundas o a la idea de la democracia como un bien en sí mismo, entonces tenemos que construir un sistema que pueda generar condiciones para cumplir esas expectativas. En este escenario, el hecho de que la democracia no sea percibida como un fin en sí mismo no significa que estemos dispuestos a sacrificar los elementos centrales de ese modelo. Por el contrario, la premisa es que se pueden alcanzar soluciones mejores y más legítimas desde los pactos inherentes a una democracia de consensos.

¿Cuáles serían los grandes trazos de una democracia de consensos eficaz? El punto de partida sería institucionalizar el consenso. A inicios de cada quinquenio presidencial, el , el Congreso y los gobiernos regionales estarían obligados a sentarse a la mesa para definir un conjunto de grandes prioridades legislativas para el período, que tendrían precedencia en el trabajo legislativo. Algunos temas fundamentales podrían ser la competitividad del país en un entorno de cambio tecnológico, el combate a las desigualdades socioeconómicas desde la educación, o la protección a la primera infancia. El jefe de Gabinete iría al Congreso a obtener el voto de confianza a esa agenda previamente acordada.

El segundo paso sería reformar el Parlamento para que pueda hacer frente a los grandes desafíos de la nación. El problema central de nuestro Congreso es que la baja calidad de los legisladores hace que el nivel de sus iniciativas sea muy pobre. En un Congreso bicameral, la mitad del Senado podría ser elegida de manera indirecta en base a los temas planteados en la agenda consensuada. Estos senadores serían personalidades destacadas de la sociedad, capaces de plantear iniciativas creativas en sus áreas de conocimiento. Un camino sería que el Ejecutivo nomine a estas personalidades en base a las recomendaciones de una comisión consultiva en la que participen la academia, la Defensoría del Pueblo y otras instituciones centrales, y sea el Congreso quien apruebe esas nominaciones.

Un Congreso en que parte de sus miembros sean elegidos de manera indirecta podría despertar suspicacias sobre su legitimidad democrática. La respuesta sería que no sería el primer Parlamento en el mundo en que parte de sus miembros sean elegidos de manera indirecta –entre otros, es ese el caso de la Cámara Alta alemana, y partes de los senados español y francés–. A diferencia del Parlamento actual, este Congreso tendría en el Senado personalidades con las credenciales para hacer frente a problemáticas que, por su complejidad, requieren de una especialización cada vez mayor.

El Perú es un país que, por sus enormes complejidades y por su precariedad institucional, no debería ser gobernado bajo un esquema mayoritario –si sostener la democracia es una prioridad–. Si los partidos no van a ser la piedra angular del , tenemos que buscar la legitimidad en otro lado. Los ciudadanos necesitamos ver que al frente de los poderes del hay gente capaz de resolver problemas en una cultura de diálogo. Si nos va bien, que nos vaya bien a todos.