Un día de furia en el Metropolitano, por Pedro Ortiz Bisso
Un día de furia en el Metropolitano, por Pedro Ortiz Bisso
Redacción EC

Un año después de que se besuqueara con Sharon Stone en “Bajos instintos”, Michael Douglas se convirtió en un ciudadano de mangas cortas, corbata y lentes de marco oscuro, abrumado por el estrés, que recorre Los Ángeles encarando a todo aquel que se le ponga a su paso en situaciones propias de la vida cotidiana. “Un día de furia” es un estupendo retrato del hombre común y corriente abrumado por diversas situaciones de la vida, que un día explota y decide llevarse el mundo por encima con una retrocarga en la mano.

Por suerte muy pocos usan retrocargas en Lima. No hace falta ser muy imaginativo para suponer lo que sucedería con el conductor de combi que casi nos choca por querer ganar un pasajero, el dueño de la 4x4 que nos ganó el estacionamiento, el taxista que “no va”, la cajera del supermercado que se equivocó al darnos el vuelto, el burócrata que luego de una cola de media hora dice que hemos hecho la fila equivocada, la policía que detiene el tránsito a pesar de que el semáforo está en verde o el niño que por un error nos dio un empujón en el ómnibus.

No hay retrocargas, pero sí amenazas, escupitajos, insultos y golpes como los que recibió la semana pasada un chofer del Metropolitano, quien cometió el mayúsculo error de querer cumplir con el procedimiento, luego de que una pasajera sufriera una lesión.

Casos como este no son propios de un sector social. Y han dejado de ser inusuales hasta formar parte del paisaje cotidiano. La diferencia es que no tienen exposición masiva. ¿El sujeto que agredió al chofer hubiese ofrecido disculpas si el hecho no hubiera salido a la luz?

Hay una permanente situación de tensión que nos tiene al límite. Pero también una serie de valores trastocados que han convertido a la autoridad y todo lo que representa en un  obstáculo para alcanzar ciertos fines. Las reglas básicas de convivencia social se han difuminado. Si un conductor dice que debe volver a su estación porque así lo manda el manual, los pasajeros le caen encima. Se le pide ser práctico, se le increpa y agrede hasta hacerle entender que la hora avanza y necesitamos llegar a tiempo. ¿O acaso no hay pasajeros que se molestan cuando el conductor de la combi se moviliza a una velocidad prudente y respeta los paraderos?

Y en esta mescolanza, la propia autoridad hace poco para defender a los suyos. Los policías que se dejan golpear por conductores borrachos en la calle o en las comisarías tienen miedo de cumplir con su deber –reducir al infractor y esposarlo– porque saben que estos luego pueden demandarlos o hacer que los castiguen y ninguno de sus superiores saldrá a defenderlos.

Ha hecho bien el agresor del chofer del Metropolitano en dar disculpas y someterse a lo que señale la ley. Ojalá todos hiciéramos lo mismo cuando nos toque. Por lo pronto, deberían hacerlo aquellos que insultaron al conductor. ¿O no es esa también una forma de agresión?