El día que muera Fidel, por Enzo Defilippi
El día que muera Fidel, por Enzo Defilippi
Enzo Defilippi

Profesor de la Universidad del Pacífico

Dice un amigo que esta frase era un mito del que los cubanos en el exilio hablaban mucho. Había chistes, sketches, historias y hasta discos enteros de un famoso comediante. Ese día llegó, mucho más tarde de lo que esperaban, el viernes pasado.

Verónika Mendoza dice que Fidel le devolvió la dignidad a su pueblo, que hizo patria de lo que era una colonia. Entiendo por qué un líder de izquierda puede pensar eso de quien derrocó a un sátrapa como Fulgencio Batista y quien resistió los múltiples intentos de Estados Unidos por derrocarlo a él, pero a una figura histórica no se le puede juzgar considerando solo una parte de su legado.

Otros admiradores de Fidel rescatan los avances en salud y educación que trajo la revolución. Y sí, como puede comprobar cualquier observador desapasionado, existe razonable evidencia de que los niños cubanos alcanzan un excelente desempeño en lectura y matemáticas, y que la población de la isla recibe mejores servicios de salud que la mayoría de países de América Latina. 

Pero lo que callan los seguidores del líder que le devolvió la dignidad a su pueblo es que este no tuvo reparos en obligarlo a rendir vasallaje a la Unión Soviética. En  que sus fuerzas de seguridad hagan el mismo trabajo sucio que la URSS obligaba a cumplir a Checoslovaquia, Bulgaria o Polonia. En mandar, por órdenes de Leonid Brezhnev, a cientos de jóvenes cubanos a morir en las junglas de Angola.

Obviamente, no lo hizo gratis. De acuerdo con Javier Corrales, de la Universidad de Amherst, la Unión Soviética otorgó a Cuba más de US$62 mil millones en subsidios hasta 1990, año en el que ya se había convertido en uno de los países más pobres del continente, luego de ser uno de los más ricos antes de la revolución. Mientras que el PBI per cápita de la región se duplicó entre 1958 y 2010, el de Cuba solo creció 5%.

Pero el peor castigo que le propinó a su pueblo el líder que hizo patria de lo que era una colonia, fue obligarlo a vivir en un estado policial sin parangón en América Latina. Como dice Martín Caparrós, la discusión sobre Fidel arderá en todo el mundo salvo en Cuba, donde cualquier disenso puede costar caro.

Fidel hizo que sea prácticamente imposible vivir en Cuba sin ser espiado por el Estado y, al no permitir el funcionamiento de ninguna ONG o institución privada, también hizo que sea imposible ganarse la vida a quien estuviese en desacuerdo con la revolución. 

Las cifras ilustran la magnitud de la represión. Según Jorge Domínguez, de la Universidad de Harvard, a inicio de la revolución los presos políticos ya sumaban entre 40.000 y 60.000 (muchos de ellos por el delito de ser homosexual), cuando al final del gobierno de Batista la población carcelaria total no pasaba de 1.600. El número de asesinatos durante el liderazgo de Fidel se estima entre 6.000 y 17.000. 

En mi opinión, el hombre que le devolvió la dignidad al pueblo cubano murió dejando un legado tan grande de dolor, injusticia y opresión, que, si es digno de algo, solo es de ser olvidado.