“Pisaq se tiene que llenar nuevamente de colores y sus habitantes, sentir que la vida vuelve a latir en cada una de sus calles. Pero esta es la oportunidad para hacerlo de forma correcta”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“Pisaq se tiene que llenar nuevamente de colores y sus habitantes, sentir que la vida vuelve a latir en cada una de sus calles. Pero esta es la oportunidad para hacerlo de forma correcta”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Patricia del Río

Periodista

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El pueblo de luce vacío. Lo que se fue convirtiendo con el paso de los años en una ciudad-mercado hoy vuelve a ser un espacio en el que se distingue la iglesia, los árboles cobran vida y una explanada, típica de las plazas serranas, domina el lugar. Hay cierta melancolía en esta recuperación arquitectónica que permite que Pisaq se luzca en toda su belleza. Sin embargo, hay también mucha desolación. Las calles, otrora bulliciosas y plagadas de colores, lucen fantasmales. Las puertas de los negocios están cerradas a piedra y lodo. Los pocos artesanos que aún venden sus productos están dispuestos a bajar sus precios hasta la mitad con tal de que les compren algo.

Para los que nunca la visitaron antes del , en Pisaq era imposible reconocer las calles. Una culebra de puestos de artesanía se ramificaba por todo el lugar. Originalmente se trató de un simple mercado dominguero que se formaba espontáneamente después de la misa en quechua y en el que los miembros de las comunidades altas ‘truequeaban’ sus productos. Había muchas verduras que se intercambiaban por carne o chullos. La forma más antigua de comercio del mundo se fue convirtiendo en un atractivo turístico al que cada vez llegaban más visitantes. Como era de esperarse, la compraventa occidental fue reemplazando al trueque tradicional y la explosión de venta de artesanías no tardó en llegar.

El final del terrorismo y de la crisis económica de los 90 marcó un punto de quiebre. El artesano pobre pudo abrir cuatro puestos de venta y comprarse un auto para ofrecerles movilidad a los visitantes. Hubo un Perú que se encaramó como pudo en el crecimiento económico y, en medio de la informalidad, consiguió salir adelante solo. Esa gran revolución fue caótica gracias a que un Estado débil y desmantelado renunció a organizarla. Era más rentable dejar que los artesanos de Pisaq se juntaran como pudieran y se buscaran sus propias formas de vida antes que invertir para convertir la ciudad en un centro turístico con una oferta del primer mundo. El “no te pido nada, pero no te doy nada” se convirtió en la consigna implícita de todos los gobiernos de Fujimori hacia adelante. Habíamos sobrevivido a más de diez años de guerra y, cuando esta terminó, salimos de ella a trompicones.

El coronavirus no es una guerra, pero ha colocado a la sociedad peruana en el mismo ‘stand-by’ en el que se encontraba en la época del terrorismo. Toda esta desgracia va a pasar, pero el sufrimiento habrá sido inútil si esta vez no nos proponemos convertirnos en una sociedad distinta. Por primera vez en décadas los informales han entendido que la formalidad es necesaria. Que ya es hora de pagar impuestos, para que el Estado te ofrezca la protección e incentivos que necesitas cuando el mundo se vaya al traste.

Podríamos ponernos románticos y considerar que el mercado inca de Pisaq, símbolo del despiadado consumismo, merecía desaparecer. Podríamos aplaudir la recuperación del espacio arquitectónico y reclamar que los puestos de venta sean reubicados en otros terrenos. Podríamos pedir que se instaure el desaparecido mercado dominguero de trueque. Pero eso significaría rechazar, paternalistamente, un desarrollo que se forjó por la necesidad y el empuje de la propia gente. Un emprendimiento que se fue apoderando de la ciudad una vez que Sendero fue derrotado y regresó el turismo.

Pisaq se tiene que llenar nuevamente de colores y sus habitantes, sentir que la vida vuelve a latir en cada una de sus calles. Pero esta es la oportunidad para hacerlo de forma correcta. Este es el momento en el que debemos proponernos que el regreso no será caótico, no será salvaje.

Todos piensan que el mundo poscoronavirus será sombrío, triste. Particularmente, pienso que simplemente será distinto, pero que de ninguna manera podemos renunciar a que ese “distinto” signifique mejor.