Ilustración: Giovanni Tazza
Ilustración: Giovanni Tazza

Tremendo debate se ha armado en estos pagos en torno al tema de la ideologa de gnero que el nuevo currculo escolar incorporara en la formacin de los estudiantes. Numerosos padres de familia y organizaciones eclesisticas entienden que el Estado puede encargarse de la enseanza de las matemticas o la historia, pero que un tema como el de los roles de cada gnero y el funcionamiento de la familia corresponde, sobre todo, a los propios padres y a la Iglesia en cuya organizacin han confiado su orientacin espiritual. En buena parte se trata, pues, de un conflicto entre el Estado y la Iglesia, o entre la poblacin experta, moderna e ilustrada, que controla al primero, y la catlica tradicional, ms apegada a la segunda. No es un enfrentamiento nuevo. Desde que Jesucristo dijo aquello de Dad al Csar lo que es del Csar, y a Dios lo que es de Dios en tiempos del Imperio Romano, la tensin entre estos dos poderes que son simultneamente dos organizaciones complejas y estructuradas, ha sido grande y turbulenta, hasta desembocar en guerras y violencias de lo ms cruentas. Recordemos sino las matanzas de San Bartolom en Francia en el siglo XVI, la rebelin de Canudos en Brasil a finales del siglo XIX o las guerras contra los cristeros de la revolucin mexicana de inicios del siglo XX. Y es que, aunque aquello de dar al Csar lo que le toca, y a Dios lo suyo, suena como una razonable y salomnica solucin prctica, nadie ha establecido qu es lo que a cada uno le corresponde y quin lo determina. Desde la venerable revolucin francesa, la criatura triunfante ha sido el gobierno nacional, o el partido del Csar, para expresarlo en lenguaje bblico. El Estado nacional ha avanzado arrollador, expropiando a los seores feudales, a los cabildos municipales, a las organizaciones de la aristocracia y a las comunidades de la plebe y, por supuesto, a la Iglesia, sus prerrogativas, sus bienes y sus competencias. Hace menos de dos siglos en este pas que pisamos, por ejemplo, era la Iglesia ms que las Fuerzas Armadas nacionales la que custodiaba las fronteras, montaba los hospitales donde encontraban alivio (probablemente ms espiritual que corporal) los moribundos, mantena escuelas de primeras letras en los pueblos (y seminarios para estudios ms avanzados en las ciudades), registraba nacimientos, matrimonios y muertes de las personas, y dispona de una gran cantidad de tierras rurales y urbanas que la provean de rentas y poder. Tambin tena sus propios ingresos tributarios para financiar su obra pa. El gobierno nacional no poda dejar de sentir celos por tanto poder a su costado. Desde que el rey Carlos III expuls a los jesuitas de su imperio, hace exactamente 250 aos, el Estado en el Per inici una lenta y sistemtica labor de zapa de esta poderosa entidad rival, a quien, mientras poda, procuraba tener de aliada, pero con la que inevitablemente surgan reas de interferencia. Hitos de este avance fueron la expulsin de sacerdotes realistas y el cierre de conventos despus de la Independencia, la abolicin de los diezmos y primicias, la desamortizacin de los censos y tierras de la Iglesia, la implantacin del registro civil de nacimientos, matrimonios y defunciones (optativo al inicio, pero obligatorio despus), la proclamacin de la libertad de cultos y el establecimiento del divorcio. No todo fueron victorias. Tambin hubo retrocesos y concesiones, como el Concordato de 1980 suscrito con el Vaticano por el gobierno de Francisco Morales-Bermdez, que garantiz la autonoma y personera jurdica de las organizaciones eclesiales catlicas, la colaboracin econmica del Estado y las exoneraciones tributarias que las beneficiaban. El gran aliado del avance del Estado nacional fue su carcter secularizado, racionalista y liberal. Esto quiere decir que toleraba todas las creencias, que en adelante pasaban a ser un asunto individual, de la consciencia de cada persona, territorio de Dios y no del Csar; que responda a argumentos de razn y no de fe, y que dejaba a la poblacin en libertad para sus actividades econmicas y asociaciones civiles y polticas, con la nica restriccin de no afectar el derecho de los dems. Esa triloga puso a los intelectuales de su lado. El Estado nacional se fue volviendo una organizacin de expertos: abogados, mdicos, ingenieros, economistas, que fundaban la bondad de su quehacer en su carcter cientfico. A diferencia de la Iglesia, sus dirigentes procedan, adems, de un sistema de eleccin popular que garantizaba la rotacin en el mando y el recojo de las demandas de la poblacin. En el Per, sin embargo, el Estado no alcanz el liderazgo, legitimidad y prestigio que en otros lares. Todava hay muchas regiones y estamentos en los que la Iglesia goza de mayor confianza de la poblacin que las autoridades del Estado. Hace apenas 100 aos, cuando el gobierno nacional daba los primeros pasos hacia la creacin de un sistema educativo nacional obligatorio, menos de la mitad de los nios acuda a las escuelas, por la desconfianza de los padres de familia, sobre todo del campo, de qu pasara con sus hijos y principalmente sus hijas durante las largas horas en las que estaran bajo la autoridad de los maestros. A los padres les preocupaba si lo que les iban a ensear ira en contra de sus ideas y creencias, si sera til para su vida diaria y si la escuela no significara mayores gastos para su precaria economa. Tom gran parte del siglo XX vencer esa desconfianza y temor. No cabe esperar que ahora vaya a ser distinto. El Estado tiene que saber ganarse la confianza de la gente y no estigmatizar al que desconfa como a un brbaro. Debe comprender humildemente que detrs del resquemor hay una larga historia en la que los hombres del Estado peruano no siempre estuvieron a la altura de las tareas que asumieron o se les encomend.

TAGS RELACIONADOS