"Descubrimos nuestra dimensión psicológica especialmente cuando ya no podemos escapar de nosotros mismos a través de tantas actividades y nos toca confrontarnos con los que convivimos". (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
"Descubrimos nuestra dimensión psicológica especialmente cuando ya no podemos escapar de nosotros mismos a través de tantas actividades y nos toca confrontarnos con los que convivimos". (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Hace un tiempo vi un grafiti en un muro en el que se leía: “Yo tampoco sé vivir, también estoy improvisando”. La conciencia de un sentimiento así creo que nos define dulcemente en un momento como este donde nos tocó vivir un episodio bastante apasionante de la historia humana. A diferencia de las medievales, nosotros conocemos las características del virus que nos convoca y estamos cada vez mejor preparados. Estamos mejor intercomunicados y generamos respuestas mucho más eficientes. Creo que una respuesta muy humana ha sido tomar conciencia de una serie de aspectos que la vida cotidiana nos hace olvidar.

Un virus invisible a nuestros ojos, con nombre latino que mutó al otro lado del planeta, nos ha recordado que, pese a ser la especie dominante, seguimos siendo entidades biológicas no distintas a las plantas ni a las aves. Pero este virus que tiene forma de pelota llena de puntas también nos ha recordado que somos seres sociales de manada y que el impacto que tiene en nuestro cuerpo también lo tendrá en nuestras costumbres hasta dar con la economía global y los sistemas de producción. Como si fuera poco, este pequeño ser nos ha recordado que no solo somos una realidad biológica y social, sino un mar de, y como hemos descubierto mejor en la cuarentena, hay un universo en cada uno de nosotros.

Los humanos somos, pues, una unidad biopsicosocial. Nuestro aspecto biológico nos ha recordado que nuestro bienestar físico está en tensión constante con el equilibrio que podamos tener con el medio ambiente. Una genial caricatura de Carlín nos hace ver que el renacer de la fauna próxima a las costas de Lima evidencia que como especie éramos una suerte de epidemia para la naturaleza. La deforestación y urbanización de áreas naturales han hecho posibles, en muchos casos, las mutaciones de virus que se trasladan entre diferentes especies hacia los humanos, generando así nuevas enfermedades y epidemias, pero sobre todo revelando un quiebre en un equilibrio demasiado delicado desbordado por el homo sapiens.

Descubrimos nuestra dimensión psicológica especialmente cuando ya no podemos escapar de nosotros mismos a través de tantas actividades y nos toca confrontarnos con los que convivimos. O mejor aun cuando compartimos la angustia con los demás. Tal vez es momento de descubrir que hemos vivido evadiendo nuestros propios demonios y rechazando ayuda efectiva; y debemos reconocer que no somos los únicos con guerras internas realmente épicas que no siempre vamos ganando.

Y finalmente, somos seres sociales en paradoja. Por un lado, nos hemos aislado; y por otro, hemos hecho nítida nuestra dependencia social con todos los servicios que nos rodean. Conforme ha avanzado la modernidad, cada uno de nosotros ha asumido un rol muy específico y cada vez hay menos de personas que puedan dedicarse ellas solas a la agricultura, la ganadería, el arte, el trueque, el culto religioso. Esto nos lleva a valorar mucho más a quienes están trabajando ahora en todos los servicios que permiten que el país no haya parado y se mantenga viable. Desde quienes cultivan la tierra hasta quienes transportan, limpian, atienden, vigilan, curan, cuidan, apoyan, enseñan, cumplen y dirigen. Tantas gracias para todos.

Si bien el virus es democrático (aun habiendo llegado por avión) y no ha discriminado, sí ha evidenciado las diferencias sociales que se hacen dramáticas al momento de la atención y la cuarentena. También, el rol de la mujer ha sido doblemente exigido en el cuidado y el trabajo desde el hogar en muchos casos en esta particular situación. Es nuestra oportunidad para reconstruirnos como una sociedad igualitaria.

Este virus nos ha hecho recordar que seguimos siendo tribales. La concepción de que el ser humano sea de manada, y que desde su nacimiento sea tan dependiente y requiera de la sociedad hace que hayamos desarrollado una serie de rituales que, como todo ritual, reafirman la condición de grupo, es decir, darnos la mano, abrazarnos, compartir un beso. Si bien estos rituales han tomado una necesaria pausa, es imposible que el ser humano no desarrolle nuevos. Estamos siendo testigos y protagonistas de nuevas formas de rito, como lo son los aplausos desde ventanas, las discusiones ciberespaciales, los memes religiosamente compartidos y la reunión frente al mensaje presidencial.

Soy optimista porque lo estamos haciendo bien y con una sonrisa, y estamos siendo conscientes de que somos una nación con desafíos. Sentimos que nos lavamos nuestras manos en casa, pero que no nos lavamos las manos de los problemas de los demás. Vemos que nuestras autoridades han puesto por delante a las personas y nos dan la cara con lenguaje claro. Somos parte de un grupo donde estamos buscando maneras creativas y felices de seguir enseñando, ayudando y protegiendo aun a distancia.

Casi a la mitad de la Biblia, en un libro llamado el Eclesiastés, escrito por un misterioso predicador que se hace las mismas preguntas sobre Dios que nos hacemos ahora, hay un hermoso momento donde afirma que todo tiene su tiempo. Pienso que estos momentos, que parecen de incertidumbre, en realidad nos permitirán pensarnos desde la tribu más inmediata hasta el grupo más grande como una sola aldea, y redescubrirnos como gran familia creativa y colaboradora. Llegó nuestro tiempo de amar.

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