FOTO: Yael Rojas
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Gonzalo  Zegarra Mulanovich

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Arranca la carrera electoral peruana en un escenario de desinstitucionalización política y económica causada por la pandemia y el populismo legislativo. En el mundo, algunos analistas interpretan que se cierra el periodo de ilusión liberal surgido tras la caída del Muro de Berlín. La historia se viene escribiendo a cada instante, y su borrador es el periodismo.

Un desafío descomunal para esta noble disciplina, que hoy atraviesa una de sus peores crisis tanto en lo económico –por la gratuidad de los contenidos digitales– como en lo moral, por causa de la llamada “posverdad”. En ella, la realidad externa se adecua a un propósito, pues ciertos “valores” (o intereses) prevalecen sobre los hechos.

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Las redes sociales son la mejor expresión de lo que el sociólogo polaco Zygmunt Baumann llamó la “sociedad líquida” –nada es sólido, permanente– y yo he calificado como “el mundo instantáneo” –todo sucede abruptamente–. Cuando los dilemas sociales se ventilan así, prevalecen las emociones sobre las razones, y el debate público es protagonizado por nuestras glándulas –el impulso irreflexivo—, no por nuestros cerebros. Así, casi toda discrepancia resulta ofensiva porque contraviene un sentido común maximalista y pseudo moral que no tolera cuestionamientos. Una preferencia contingente se convierte en “derecho” indiscutible (muchas veces sin sustento jurídico ni filosófico); la representación –que en democracia debe ser política– se confunde con la identidad; las adhesiones exigen absoluta sujeción; los rivales devienen enemigos. Los adjetivos dejan de predicar algo relevante sobre el objeto que califican para desnudar los estados de ánimo de quienes los usan.

Es muy difícil hacer buen periodismo así. Cualquier trabajo intelectual bien hecho supone entender que los fenómenos tienen múltiples y complejas causas y efectos, y no todos están completamente descritos, estudiados ni entendidos aún. La modernidad, y dentro de ella el debate democrático, son en esencia cerebrales, buscan racionalmente la verdad. Por ello la democracia debe ser reflexiva, no emotiva y estar abierta a todas las posibilidades. En tiempos tan convulsos y polarizados, muchos culpan al periodismo de todos los males, como la inestabilidad social y política reciente y, antes de eso, la extendidísima corrupción. Así como hay un rechazo generalizado hacia el ‘establishment’ político, parece haberlo también hacia lo mediático.

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental. La política busca el poder; el periodismo, la verdad. La política se desvía cuando predomina el bien particular sobre el bien común, pero el poder es siempre su medio; el periodismo se desnaturaliza cuando busca el poder antes que la verdad. Siguiendo lo que entendió Adam Smith hace más de 200 años, un medio se debe fundamentalmente a su audiencia, como cualquier otro servicio a sus usuarios. Insistir en hechos y datos antes que en intereses inmediatos o subalternos es la esencia de la credibilidad, que a su vez atrae lectores, indispensables para obtener ingresos.

Si esa tarea funcional se mantiene, no solo el modelo de negocio, también los formatos y plataformas que lo contienen podrán adaptarse a la evolución tecnológica. En el primer mundo ya varios medios florecen económicamente con paywalls que, al devolver su escasez relativa a los contenidos periodísticos, ponen fin al inventario digital infinito y gratuito que los fungibilizó, restituyendo así su valor en el mercado.

Así, en el largo plazo tiende a haber una feliz conjunción entre la sostenibilidad empresarial de un medio y su línea ética. Una vez que eso se entiende y se vive, lo demás cae por su propio peso: la opinión no se camufla de información; la rectificación funciona como derecho del lector (a quien se ha inducido a error) antes que como desagravio al honor; el deber de informar no degenera en licencia para la arrogancia, la arbitrariedad ni la descortesía; los rumores son debidamente contrastados; los conflictos de interés, reconocidos y neutralizados; la línea editorial no incide sobre la informativa (pero sí viceversa); los artículos de opinión rebaten el mejor argumento de la posición contraria, no el más débil; etc.

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