“Tenemos que protegernos, tenemos que tener miedo, y tenemos que acostumbrarnos a tener miedo y a protegernos. Es lo de siempre, solo que más”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Tenemos que protegernos, tenemos que tener miedo, y tenemos que acostumbrarnos a tener miedo y a protegernos. Es lo de siempre, solo que más”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

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¿Podemos vivir en estado de alerta? La resignación, esa gran definición de lo peruano, es una virtud o un defecto según se mire. En tiempos de pandemia, es una necesidad. Podemos resignarnos a convivir con el miedo, la incertidumbre, el alcohol en las manos, la mascarilla en la nariz y en la boca, estacionada en algún lugar cerca de la puerta de la casa, en el bolsillo, junto al timón del auto. Podemos escuchar hasta el delirio a otros tomar sus propias precauciones, aconsejarnos, darnos informes, ‘en ese laboratorio toman un examen’, ‘es más barato’, ‘¿por qué no vamos juntos?’. Podemos imaginar que mientras llegan las vacunas, , la mascarilla es nuestro tesoro más importante y que nada tiene sentido –ni el paseo, ni el viaje a la farmacia, al banco o al mercado– sin ella. Un inocente trapo con unas amarras ha resultado un talismán, un tesoro, una señal de confianza hacia al otro, un uniforme y el más notorio vínculo social. Antiguo disfraz de los forajidos, ahora es una señal de inocencia. El rostro desnudo, en cambio, es una expresión del delito.

La mayoría podemos acostumbrarnos, aunque algunos no puedan. En países desarrollados, en Estados Unidos o en España, por ejemplo, hay grupos que dicen que la obligación de usar mascarilla va en contra de las libertades. Aquí sabemos que nuestros derechos siempre han sido y son limitados, y que reclamar es un lujo y, en este caso, un absurdo. Tenemos que protegernos, tenemos que tener miedo, y tenemos que acostumbrarnos a tener miedo y a protegernos. Es lo de siempre, solo que más.

Pero cansa tener miedo. Cansa saber que tanta gente ha tenido que enfermarse y que morirse. Cansa ser tan cauteloso, vivir en la incertidumbre, imaginar plazos, porcentajes de inmunidad y conducta de rebaños. Cansa pasar por el parque Domodossola de Miraflores y ver el Colegio Médico con los nombres y fotos de todos los héroes muertos en acción en esta guerra. Cansa saber que murió , director de Sanidad de la Policía Nacional, que ha dejado un ejemplo de su lucha y la de su institución. Cansa recordar a amigos muertos del virus como Luis Repetto, Juan Ochoa López, Marcial Uzuriaga y otros. Son siempre tantos.

Así como nos cansamos, también a ratos nos acostumbramos. Vivimos en la casa. Aquí cerca, algunos de nosotros vemos los objetos que han dejado de tener funciones: los maletines están tirados porque no vamos a clases ni a reuniones como antes. Lo mismo puede decirse de las corbatas y de otros objetos de futuro sospechoso, como los zapatos de taco alto, los estantes y la ropa elegante que posiblemente nadie vuelva a ponerse. La pandemia amenaza con ofrecer nuevos objetos al museo. Ya no nos vestiremos para reunirnos, hasta nuevo aviso. Vamos a vivir más fragmentados.

Aunque el miedo cansa, también reconforta ver algunas respuestas. Las enfermeras y los médicos siguen arriesgando sus vidas. El hace una pedagogía en los medios de comunicación y llama la atención sobre los protocolos. La se ha ganado la confianza por ser una autoridad que dice la verdad; algo inusual entre nosotros.

Hacer el trabajo de cada uno lo mejor posible es un acto de patriotismo siempre y, sobre todo, ahora. Desde la maestra que prepara sus clases hasta el jardinero que cuida un parque, casi siempre a cambio de sueldos miserables, una gran cantidad de peruanos ha seguido en lo suyo. Allí está la recompensa de que podemos estar haciendo algo lo mejor posible. Todo esto cansa, pero también enseña.