"Si algo tenemos en común los habitantes de los cinco continentes es el temor a la enfermedad. Es una reedición del miedo más antiguo de todos, el miedo a lo desconocido". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Si algo tenemos en común los habitantes de los cinco continentes es el temor a la enfermedad. Es una reedición del miedo más antiguo de todos, el miedo a lo desconocido". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alonso Cueto

Escritor

Es verdad que el virus amenaza la globalización. Se han interrumpido los vuelos internacionales. Se han trabado las exportaciones. Nos hemos vuelto más distantes los unos de los otros. Sin embargo, el mismo virus también ha acercado a todos los miembros de la especie. Las noticias de la son a la vez nacionales e internacionales. Un mismo tema ocupa los noticieros y la mayor parte de los diarios. Vemos las noticias de la pandemia en otros países y pensamos en el nuestro. La amenaza del virus también nos ha globalizado.

Las guerras mundiales del siglo pasado decidieron el futuro del mundo, pero se pelearon esencialmente en Europa y Asia, con la participación de Norteamérica. El Perú apoyó a los aliados pero no tuvo participación directa en la guerra. Hoy, en cambio, la epidemia del coronavirus –una guerra moderna– cruza todas las fronteras. Si algo tenemos en común los habitantes de los cinco continentes es el temor a la enfermedad. Es una reedición del miedo más antiguo de todos, el miedo a lo desconocido.

A estas alturas, a pesar del cierre de las fronteras, una organización mundial, la Organización Mundial de la Salud, se convierte en un centro de referencia. El saldo es que vamos perdiendo la guerra hasta hoy. Se ha intentado de todo. En muchos países del Asia donde aplicaron controles estrictos, el virus pareció ceder pero luego volvió. En Suecia, donde no hubo restricciones, el número de contagios y muertos superó largamente al de países cercanos como Dinamarca y Noruega, que aplicaron medidas más estrictas. En Chile, donde la situación parecía controlada, ha habido una nueva ola de infectados, con una situación agravada por las protestas callejeras de esta semana. El Perú tomó las medidas necesarias en un inicio pero, al igual que todos los otros países, no ha podido detener el virus, debido en gran parte a problemas del sistema que arrastramos desde siempre. De cualquier modo, está demostrado que el confinamiento y el aislamiento son, desde hace siglos, el único modo de enfrentar el contagio. Nos queda hacer lo que podamos en nuestro ámbito y, de paso, confiar en el viejo instinto de la esperanza.

Recuerdo un pasaje de “La peste” de Camus, referido a los líderes de la ciudad de Orán. Todos son expertos en sus áreas. “Pero en lo concerniente a las plagas, su competencia era prácticamente nula”, dice el narrador de la novela. Hoy también escuchamos opiniones contundentes sobre la pandemia de personas que no tienen una formación profesional en el tema. Los técnicos en salud y en economía no son infalibles, pero tienen más posibilidades de acertar que los demás. No hace falta mucho para comprender que profesionales como la doctora Pilar Mazzetti y la ministra de Economía María Antonieta Alva han mostrado conocimientos en los temas más urgentes de hoy en día. Son dos nombres entre muchos otros.

Algunas otras personas que nos rodeaban también sabían de lo que estaban hablando. En medio de estos tiempos tan difíciles, nos llega la desaparición de una persona tan querida y admirada como . En sus libros, Alegría propuso integrar la noción tradicional de la reciprocidad en la vida peruana moderna. El sentido de la reciprocidad es un camino hacia la integración social. El profesor Alegría siempre mostró un sentido de la reciprocidad y su requisito, la generosidad, en su trabajo en la Universidad Católica, una institución con la que se identificó de un modo natural. Sus libros, en especial su maravilloso “Adagios” (premio Cope) del año pasado, nos vuelven a dar esperanza en estos tiempos oscuros.

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