"Como muestra la experiencia de la década de 1930, es muy difícil que los gobernantes en ejercicio puedan perpetuarse en el poder en países con instituciones frágiles". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Como muestra la experiencia de la década de 1930, es muy difícil que los gobernantes en ejercicio puedan perpetuarse en el poder en países con instituciones frágiles". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Fernando Rospigliosi

Analista político

Todo indica que los efectos económicos de la crisis del serán parecidos a los del crack de 1929, que a su vez provocó enormes conmociones políticas en muchos países. En el Perú, acabó con la dictadura de Augusto B. Leguía, que fue derrocado en 1930, después de once años en el poder. Luego de disturbios y alzamientos que duraron poco más de un año, el comandante Luis M. Sánchez Cerro ganó las elecciones y se convirtió en presidente hasta su asesinato a manos de un militante aprista en 1933.

En Argentina el presidente Hipólito Yrigoyen fue derrocado en 1930 por el general José Uriburu, que rompió una tradición de gobiernos constitucionales de 70 años e inició una de golpes militares.

En Brasil, el presidente Washington Luís Pereira de Souza fue derrocado en 1930 por un golpe militar que impidió que un nuevo mandatario electo asumiera el cargo. Getúlio Vargas se hizo con el poder por los siguientes 15 años.

En el muy institucionalizado Chile, Carlos Ibáñez del Campo fue derrocado en 1931 y sucedido por una decena de presidentes provisionales en el siguiente año y medio.

Muchas cosas han cambiado desde entonces y no necesariamente se reproducirán situaciones como las descritas. Una de las novedades más importantes es que los golpes militares, usuales en América Latina hasta la década de 1970, fueron prohibidos por los Estados Unidos y la comunidad internacional, y alejaron a las Fuerzas Armadas del rol de predominancia política que desempeñaron desde la independencia (salvo en dictaduras como Cuba o Venezuela).

Otra transformación sustancial es que la preponderancia norteamericana en Latinoamérica ha decaído muchísimo, tanto por el debilitamiento de los EE.UU. como superpotencia hegemónica, como por su relativo desinterés en la región al involucrarse en muchos conflictos y disputas en otros lugares. En la década de 1930 era impensable un gobierno comunista o socialista, y la amenaza del bolchevismo fue el pretexto para perpetrar golpes e instaurar dictaduras. Ahora, paradójicamente después del derrumbe del comunismo en el mundo, aparecieron caudillos izquierdistas como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa que, con un discurso antiimperialista, pudieron imponerse electoralmente.

¿Cómo se manifestará la crisis política que sobrevendrá a la y a los previsibles desórdenes sociales? Es muy difícil predecirlo, pero no cabe duda de que eso tendremos en el futuro inmediato.

Una de las consecuencias de la actual pandemia que augura el periodista y politólogo Fareed Zakaria es la “explosión de los países en desarrollo”, que “puede precipitarles fácilmente a sus propias versiones de la Gran Depresión” (“El Confidencial”, 6/4/20).

Michael Albertus, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago advierte el peligro para Latinoamérica por las oportunidades que esta crisis abre a los líderes populistas y “a las crecientes filas de autócratas en ciernes en la región” para cercenar las libertades democráticas (“El coronavirus causará nuevas crisis en América Latina”, “Foreign Policy”, 6/4/20).

Eurasia Group previene que “la política antisistema creada por la desigualdad en los últimos años se intensificará”. Las consecuencias de esa , propiciada por “la ira pública hacia las élites políticas tradicionales”, son los movimientos y caudillos populistas que han cobrado enorme fuerza y conquistado posiciones de poder en muchos lugares (“Signal, The Gzero newsletter”, 10/4/20).

Como muestra la experiencia de la década de 1930, es muy difícil que los gobernantes en ejercicio puedan perpetuarse en el poder en países con instituciones frágiles. Lo más probable es que el vendaval de la crisis se los lleve de encuentro. Por eso, los augurios de que el presidente Martín Vizcarra acabaría atornillándose en el gobierno difícilmente se cumplirán, aunque quizá, como sostienen los malpensados, podría intentarlo.

Quienes sí están tratando de quedarse más de lo debido son algunos –o muchos– congresistas, pero es muy probable que sus intentos fracasen también.

Caben pocas dudas acerca de que el virus populista infectará la política. Esa sí es una amenaza inminente. Lo era antes de la crisis y ahora su peligrosidad ha aumentado exponencialmente. Millones de peruanos quedarán sin empleo o con empleos precarios, millones que habían escalado rápidamente a una incipiente clase media caerán nuevamente a la pobreza, los extremos –ricos y pobres– serán más distantes, y esa distancia aumentará la irritación y el descontento a escalas monumentales.

En ese contexto, los discursos populistas y demagógicos, cargados de odio y falsedades, tendrán un amplísimo auditorio. Si se imponen, la crisis que se avecina sería solo el preludio de tribulaciones todavía mayores. Ese es el peligro que hay que prevenir y tratar de evitar.


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