(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

Conforme a los criterios de

Trust Project
Saber más

El post mortem de las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos tardará unos días, si no semanas, en escribirse. Sin embargo, una cosa está clara: si los sectores progresistas de la sociedad estadounidense pensaban –amparados en algunas predicciones electorales– que una victoria aplastante era posible, los resultados del martes los han traído de vuelta a la realidad. Donald Trump y su forma de gobernar y ejercer el poder no han sido repudiados de manera clara en las urnas. Si bien la sociedad se ha movilizado en masa en medio de una pandemia rampante, ello no ha sido para emitir un veredicto condenatorio de la figura más divisiva de la política estadounidense moderna, sino para expresar, una vez más, la polarización que fractura al país.

Al cierre de esta edición, aún no estaba claro quién sería el próximo presidente. Lo que sí estaba claro es que los pronósticos electorales de medios reputados como “The Economist” o FiveThirtyEight fallaron de manera categórica. Y estuvieron errados en buena medida porque, como en el 2016, las encuestas subestimaron de manera importante el voto para Trump en Estados clave como Florida, Ohio, Nevada y el cordón industrial del norte del país (Pensilvania, Michigan y Wisconsin), que fueron claves para el triunfo del actual presidente hace cuatro años. No son pocos los que piensan por estas horas que simplemente deberíamos dejar de darle importancia a esos pronósticos.

Un mejor resultado de lo esperado ha envalentonado a Trump que, en la noche de la elección, declaró que un fraude demócrata estaba en marcha y que la Corte Suprema debía intervenir para parar el conteo. El presidente ha dejado claro que está dispuesto a hacer todo lo que esté a su alcance para ganar la elección, incluso si eso significa recurrir a artimañas legales para revertir un resultado adverso. En ese sentido, el resultado de la elección está haciendo realidad las peores pesadillas de quienes temían que se materialice el asalto de Trump al sistema electoral, para el que venía allanando el camino. A estas alturas, no se descartan episodios de violencia por parte de partidarios de Trump si los resultados les son adversos.

El hecho de que el trumpismo no haya sido repudiado de manera decisiva en las urnas tendrá efectos importantes en la política del país durante los próximos años. En primer lugar, incluso si Biden termina ganando la presidencia, se tendrá que enfrentar casi con seguridad a un Senado opositor. A medida que avanza el conteo, la expectativa que tenían los demócratas de recuperar el Senado se ve cada vez más lejana. Esto implica que buena parte de la agenda demócrata, incluida la posibilidad –discutida durante la campaña– de ampliar el número de jueces de la Corte Suprema (actualmente de mayoría conservadora), sería bloqueada por los republicanos en la Cámara Alta. Muchos se preguntan si en un contexto de polarización extrema, el sistema político estadounidense podrá volver a generar mayorías claras de gobierno.

En segundo lugar, al no haber sido rechazado de manera categórica, Trump buscará –y muy probablemente logre– mantener una ascendencia importante sobre el Partido Republicano, cuya base electoral de hombres blancos sin educación universitaria lo sigue venerando. Algunos de los senadores que fueron reelectos, como David Perdue (Georgia) y Lindsey Graham (Carolina del Sur), ganaron aupados por Trump y su agenda. Es más, si Trump no resulta victorioso podría volver a tentar la presidencia en el 2024, ya que la Constitución permite que un presidente sea elegido dos veces, aunque esto no ocurra de manera consecutiva. El trumpismo seguirá siendo, casi con seguridad, el culto no oficial del Partido Republicano durante al menos cuatro años más.

De manera más general, la elección ha terminado de hacer evidente que el sistema electoral –por el que el ganador de cada Estado se lleva todos los votos del colegio electoral– es anacrónico y contribuye a enraizar el gobierno de una minoría sobre la mayoría, como ha señalado recientemente Steven Levitsky en “The New York Times”. Incluyendo la elección de este martes, los demócratas han ganado el voto popular en siete de las ocho elecciones presidenciales desde 1992. Sin embargo, si Trump logra nuevamente alcanzar los 270 votos necesarios en el colegio electoral, el Partido Demócrata habría perdido tres de esas elecciones (2000, 2016 y 2020) pese a haber sido el partido más votado a nivel nacional. La composición demográfica del país ha hecho que este sistema se vuelva insostenible.

En las próximas semanas, la democracia más admirada del último siglo pasará su mayor prueba de fuego. La pregunta es si las instituciones resistirán el embate de Trump y de sus operadores políticos, que buscarán judicializar la elección confiando en que los nombramientos de jueces de los últimos cuatro años, incluidos los de la Corte Suprema, les den el empujón final. Y si bien también hay razones para ser optimistas con respecto a la fortaleza de esas instituciones, no deja de ser un ominoso signo de nuestros tiempos que una de las democracias más veneradas durante tantas décadas sea tan vulnerable a los arrebatos de un presidente que pone tan claramente sus propios intereses por delante del “America first”.