"Que haya nombrado a gente como Bellido y Maraví no es sorpresa, de hecho, es sumamente consecuente. Para él es normal, pero no lo es" (Foto: Captura de pantalla/Punto Final).
"Que haya nombrado a gente como Bellido y Maraví no es sorpresa, de hecho, es sumamente consecuente. Para él es normal, pero no lo es" (Foto: Captura de pantalla/Punto Final).
Gonzalo Ramírez de la Torre

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No es normal tener como presidente del Consejo de Ministros a una persona que homenajea en sus redes sociales a Edith Lagos, promueve el uso de la violencia como herramienta política, “suscribe” frases de Abimael Guzmán, posa con impudicia junto a imágenes de senderistas y registra reuniones con miembros del (brazo político de ) en Palacio de Gobierno. Tampoco lo es tener un ministro de Trabajo que, años atrás, era señalado por la policía (en varios atestados) como participante en diversos atentados terroristas, que ha sido reconocido por algunos de los adeptos del ‘presidente Gonzalo’ como mando y cómplice de Sendero, y que tiene claros vínculos con el Movadef.

No es normal, pero el presidente parece empeñado en normalizarlo. No solo porque él colocó a ambos personajes en la cima del sector público –a sabiendas, sin duda, de sus antecedentes–, sino también porque con el silencio que ha guardado, ante la justificada incomodidad de la ciudadanía, deja clarísimo que el asunto no le parece lo suficientemente grave como para enmendar el camino u ofrecer una explicación (aunque no hay explicación que valga). Su estrategia es quedarse callado y solo la ha roto (el lunes) para leer un mensaje a la nación que, al escamotear tópicos medulares, como el de los ‘fanboys’ de Sendero en el Ejecutivo, fue una meridiana tomadura de pelo.

Desde esta columna, consideramos que el ‘terruqueo’ –entendido como el acto de acusar de terrorista o de simpatizante de terroristas a alguien con poco sustento o solo por ser de izquierda– es un vicio del que la derecha debe deshacerse. Levantar el dedo acusador con ligereza ha llevado a que los señalamientos se confundan con gritos de lobo y a que se deprecie la fuerza de un adjetivo (terrorista) que no debería perder su potencia, pues describe a los criminales más sanguinarios que el país ha conocido. Pero el recato tampoco puede llevarnos a anestesiar la realidad: para Pedro Castillo y su Gobierno los vínculos con Sendero Luminoso o las simpatías con su delirante doctrina de violencia y muerte son tolerables. Y es que los casos de e acumulan demasiados episodios para ser meras coincidencias. Y aunque solo el Poder Judicial podría absolverlos o condenarlos de cualquier crimen que pueda imputárseles, políticamente es imposible negar a ritmo de qué ideas palpitan sus corazones.

Con la gestión de Castillo se ha instaurado un incomprensible recelo para hablar de Sendero Luminoso y para decir con claridad que este grupo y quienes lo apañan son parásitos para la democracia y bacterias para un país que aún extraña a los aproximadamente 30 mil peruanos que mataron. “Ese no poder decir que Sendero fue un movimiento que causó mucha destrucción, mucha muerte, que no se esté dispuesto a condenar, eso es una novedad que crea muchas dudas”, ha dicho el antropólogo estadounidense Orin Starn a El Comercio, y tiene razón. Buena parte de la responsabilidad la tiene la izquierda “moderada” que, comprometida con confeccionar coartadas para el Ejecutivo, minimiza, sin interés de ser crítica, lo que deberían condenar con energía.

Pero el culpable es Castillo. Su anuencia con el libreto senderista ni siquiera es nueva, como se sabe desde la huelga docente del 2017. Él lideró el Fenate, un grupo sindical que tiene entre sus filas a dirigentes y simpatizantes del Movadef. Que haya nombrado a gente como Bellido y Maraví no es sorpresa, de hecho, es sumamente consecuente. Para él es normal, pero no lo es.

Lástima que lleguemos así al aniversario 29 del arresto de Abimael Guzmán, que se celebra el domingo.