"Mientras tanto, el patio rodeando al buen molle que ha echado raíces y su rotonda sigue esperando la presencia de los alumnos, los profesores, el genial personal administrativo, el de los prolijos encargados del cuidado y mantenimiento de los espacios y a los queridos vigilantes". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Mientras tanto, el patio rodeando al buen molle que ha echado raíces y su rotonda sigue esperando la presencia de los alumnos, los profesores, el genial personal administrativo, el de los prolijos encargados del cuidado y mantenimiento de los espacios y a los queridos vigilantes". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

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En el cielo debe haber un lugar donde, en un patio rodeando un viejo árbol, se encuentre nuestro maestro conversando con sus alumnos, enseñándoles cómo el pensamiento crea al lenguaje y a su vez el lenguaje ayuda a crear al pensamiento. Por eso él gustaba que estudiemos lógica y que ordenemos nuestro ajedrez interno para poder expresarnos. A su vez, al maestro le gustaba que nos fascinemos con aprender de historia, de arqueología, de gramática, de literatura y de geografía, pues todo formaba parte de una estructura y para entenderla debíamos ser curiosos y disciplinados.

En ese patio, con un árbol central, debe caminar imponente mientras en su pensamiento la historia se vuelve una exposición fascinante, donde el Perú de antes de los incas cobra vida en nuestro entorno y conversa con nosotros, integrándonos como protagonistas. El profesor Del Busto era un formidable narrador, para quien la historia se nutría de los “hechos como fueron y no como hubiéramos querido que fueran”, dejando en nosotros la memoria de un maestro extremadamente exigente y extremadamente querido.

Habrá un salón para que el profesor José de la Puente nos haga dejar de lado la historia del Perú desde una perspectiva netamente militar y nos comparta cartas donde la población era protagonista de la independencia y nos dibujará una perspectiva humana y cercana de las personas que ahora son parte de los monumentos. Su forma serena y cálida nos convencía de que muchas veces la versión de los textos escolares robaba la importancia de la vida cotidiana en los cambios históricos.

En estos tiempos de incertidumbre, vuelve la dulce memoria de los maestros y maestras que nos enseñaron a pensar, en nuestros primeros años en la Universidad Católica. Ese hermoso árbol encerrado en una rotonda que creció inclinado debe tener su hermano en el cielo, en torno al cual se sigan reuniendo los alumnos y alumnas, reencontrándose cada mañana con el temor y el desafío de cursos exigentes, de noches sin dormir, de saltar rápidamente de aula en aula para alcanzar a tiempo el comienzo de las clases, de llevar todas las materias posibles y en el camino descubrir su propia vocación y a compañeros para toda la vida.

Los Estudios Generales Letras de la cumplen cincuenta años. Era una tenaz apuesta de Luis Jaime Cisneros para lograr un espacio de conocimiento donde se “aprendiera a aprender” y se diera la oportunidad de acceder a una formación previa en humanidades y espíritu crítico. Hoy en día las circunstancias nos han llevado a un mundo de intenso pragmatismo, relegando el amor por las humanidades. Por otro lado, la irrupción agresiva de la tecnología comunicacional, nos ha hecho más conectados, pero menos comunicados y al mismo tiempo más proclives a intercambios fugaces, negados para el debate. Es por ello que el espíritu del maestro nos recuerda que, si negamos las humanidades de nuestras vidas, perdemos la oportunidad de aprender a pensar por nosotros mismos y no seguir solo tendencias del ciberespacio o la notablemente fuerte presión del grupo.

El viejo árbol sigue en el centro del patio ahora vacío. La pandemia anuló la posibilidad de clases presenciales, pero como el alma vive en las personas, las clases van por Zoom. Ya hay dos promociones que no conocen el campus universitario todavía, pero el espíritu está presente más fuerte que nunca. Se vuelve a concentrar la familia, esta vez ante la pantalla, las alumnas y los alumnos vuelven a correr de una clase a otra, intervienen y comentan, se organizan y participan. Las profesoras y los profesores hacemos malabares porque el trabajo se multiplica, aprendemos sobre la marcha a usar la nueva tecnología, intentándolo, cometiendo aún más errores que los que se pueden cometer y los y las estudiantes nos ayudan en el proceso de adaptación. Al final, todo se ordena y los ciclos académicos fluyen y el ideal de la academia griega encuentra, dos mil quinientos años después, una nueva plataforma para revivir el mundo de las ideas.

Como lo sostiene el filósofo, poeta y profesor, Julio del Valle, actual decano de Estudios Generales Letras, la educación debe promover una mirada integral, pues todo conocimiento humano está interrelacionado y es un camino de libertad para que los jóvenes elijan su propio rumbo. El rumbo siempre estará orientado al servicio de la sociedad y a promover que todos, absolutamente todos en nuestro país, tengan acceso a una educación de calidad y a la libertad a la que aprender a pensar nos lleva.

Mientras tanto, el patio rodeando al buen molle que ha echado raíces y su rotonda sigue esperando la presencia de los alumnos, los profesores, el genial personal administrativo, el de los prolijos encargados del cuidado y mantenimiento de los espacios y a los queridos vigilantes. Quien recorra el patio que rodea al árbol encontrará una placa en homenaje a la audaz barra deportiva de la facultad donde se resume un sentir compartido: “Aquí nació el primer amor”.