Preñado de enormes desigualdades, el Perú no ha sido un escenario sencillo para las relaciones económicas, al punto de que muchas de estas han resultado de coacciones políticas antes que de un arreglo de voluntades. Por eso, nuestra historia económica no puede omitir el contexto social y político en el que se dieron la producción y el a lo largo de los años.

Así se entiende el cuestionamiento surgido alrededor de la exportación de durante la época del virreinato, a raíz de la publicación de mi libro “Historia económica del Perú”. Colegas como Heraclio Bonilla y Guillermo Rochabrún han objetado que el flujo de la plata hacia España pueda ser calificado de comercio, como yo lo hago. ¿No se trató en verdad de un expolio, como preguntó Bonilla?

El término ‘comercio’ subraya la naturaleza voluntaria y recíproca de un intercambio, mientras que el de ‘expolio’ alude al despojo de una víctima por un victimario o, en el menos grave de los casos, de un intercambio impuesto o no voluntario, al que podríamos llamar ‘comercio forzado’. Durante el lapso de los casi tres siglos que corrieron entre 1532 y 1821, salieron del Perú hacia España un promedio de 100 toneladas de plata por año. ¿Fue comercio o expolio?

Los primeros embarques, en los que se trasladó el tesoro del rescate de Atahualpa o los objetos de oro y plata tomados de los santuarios del Cuzco y Pachacamac, fueron un expolio. Pero terminado en pocos años este período, que el historiador argentino Carlos Assadourian llamó gráficamente como “desatesorización”, la plata que se condujo a España, y que dio origen a la exclamación “¡vale un Perú!” para referirse a algo de gran estima, debió ser producida.

En las minas de Potosí, Castrovirreyna u Oruro, los colonos no encontraban barras de plata listas para ser llevadas al puerto, sino minerales que contenían plata. Estos debían ser desprendidos de los cerros y, mediante un proceso metalúrgico complicado, conseguía extraerse de ellos el metal argénteo. Los minerales arrancados de los socavones con combas y barretas eran clasificados, chancados y molidos en ingenios de piedra impulsados por fuerza hidráulica o animal, hasta convertir el mineral en polvo. Tras ser lavado y, en ocasiones, tostado, era mezclado con mercurio, sal, agua y otras sustancias, a fin de que el mercurio absorbiese la plata. Conseguida la amalgama de mercurio y plata, esta era introducida dentro de un horno que sublimaba el mercurio, dejando la plata depurada.

La plata no era, así, un producto al que simplemente hubiese que recoger (como, por ejemplo, fue el caso del guano en la era republicana), sino que para conseguirla había que invertir en socavones, ingenios, represas hidráulicas, patios o tinas de amalgamación y hornos; abastecerse de insumos como barretas, mulas, llamas, velas, capachos, mercurio, sal, etc.; reclutar trabajadores y supervisar todo el proceso.

Durante el primer siglo de la era colonial, los trabajadores fueron, en la mitad de los casos, indígenas forzados a concurrir a las minas un año de cada siete (los conocidos “mitayos”), pero hubo también trabajadores libres o voluntarios. Se dio incluso el caso de mineros indígenas que explotaban los escoriales y producían plata de forma clandestina o, como diríamos hoy, informal. Aunque forzados a ir a las minas por las autoridades, los mitayos recibían un salario, que les servía para el pago de su tributo. Los empresarios eran españoles o criollos que, al no haber podido conseguir una encomienda o una hacienda bien ubicada, se adentraban en la cordillera con el sueño de hacer fortuna.

La plata debía ser registrada en la oficina estatal, donde era fundida en barras y se apartaba la quinta parte para el Estado. El resto era del minero, que podía venderlo a los comerciantes dedicados al comercio ultramarino o llevarlo a la Casa de Moneda para su amonedación. Las épocas en las que se redujeron los envíos a España no fueron tanto porque disminuyese la producción de plata, sino porque el juego de precios hacía que los mineros prefiriesen amonedarla y destinarla al mercado local.

¿Fue aquello expolio o comercio? Algunos hechos podrían inclinarnos hacia lo primero: la minería de gran escala no existía anteriormente, sino que fue una iniciativa de los españoles; los trabajadores fueron, al menos parcialmente, movilizados a la fuerza; y los comerciantes no tenían otro mercado posible fuera del virreinato que no fuera España, debido al monopolio impuesto por la metrópolis en materia de comercio ultramarino. Sin embargo, exceptuando el caso de los mitayos, toda la actividad económica desplegada para producir la plata era voluntaria y pagada.

Llameros, criadores de mulas, arrieros, canteros que tallaban las ruedas de los ingenios, maestros amalgamadores, horneros, ademadores y ensayadores engrosaban la población que vivía de la minería y que, a su vez, hacía posible otras actividades: las mulas demandaban forraje y herraduras y las velas que alumbraban los socavones más profundos debían ser producidas por artesanos. Una vez en España, la plata era trocada por herramientas de hierro, ropas, libros, papel y objetos de arte que viajaban de retorno y surtían el consumo local.

¿No era aquello comercio? Dejo al lector la respuesta.

Carlos Contreras Carranza es historiador y profesor de la PUCP

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