“Biológicamente las familias responden a un accidente genético, pero culturalmente las hemos reinventado como un antídoto contra el caos y las amenazas del mundo de afuera”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Biológicamente las familias responden a un accidente genético, pero culturalmente las hemos reinventado como un antídoto contra el caos y las amenazas del mundo de afuera”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

La familia, o su ausencia, ha sido una gran protagonista de la pandemia. Seguir las reglas, es decir “quedarse en casa”, ha significado, para muchos, “quedarse en familia” o quedarse solo. Si en vez de familia teníamos compañeros de piso al declararse la , quisimos convertirlos en algo así como una familia sustituta. Compartir la sala, el comedor, el Internet y otros espacios domésticos ha supuesto una prueba de fuego para la convivencia familiar. La cuarentena ha descubierto lo unidas y fuertes que eran algunas familias y lo precarias que eran otras. No hay mejor examen para saber quiénes somos que estar encerrados juntos por un tiempo.

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Biológicamente las familias responden a un accidente genético, pero culturalmente las hemos reinventado como un antídoto contra el caos y las amenazas del mundo de afuera. Una frase de Alberto Moravia afirma que las familias son una conspiración que hemos inventado contra la marcha de la sociedad. No es extraño que las mafias sicilianas se hicieran llamar “familia” durante sus conspiraciones narradas en . El deseo de extender la familia hace que los peruanos también se llamen, como una prueba de afecto verdadero, “hermano”, “cuñado”, o “hijo” (cuidado con decir “hermanito”, palabra hoy caída en desgracia por los sospechosos comunes).

Sin embargo, nadie puede librarse de la familia para bien ni para mal. La historia del cristianismo se inaugura con una familia desterrada, la de Adán y Eva, y con su secuela trágica, la de Caín y Abel. La fundación de la vida peruana cuenta dos historias. Una es de una familia feliz protagonizada por . La otra es de una familia conflictiva, la de . Hoy vemos a los herederos de ambas familias en todas partes.

En estas semanas he sabido de hijos que hacen las compras de sus padres en el mercado y las dejan en sus puertas, de abuelos que cuentan cuentos a sus nietos de modo virtual, y de hermanas que se ayudan con subsistencias comunes. Sin embargo, como es natural, han desaparecido las reuniones familiares de antes. Las imágenes en la pantalla nos ofrecen un paliativo pero no podemos abrazar a nuestros parientes sin el trámite de una prueba molecular.

Educados en la visión familiar del mundo, despojados de las familias por una serie de motivos (el abandono del padre es una constante en distintas capas sociales), los peruanos buscamos siempre sustitutos. Si hemos perdido a un padre, allí puede estar el abuelo, el maestro, y, evidentemente, el candidato político. Muchos de nuestros políticos han hecho de padres sustitutos y su éxito ha estado basado en la imagen de cercanía y a la vez de autoridad que proyectaban en una población que se sentía desde siempre huérfana. La familia electoral es el gran objetivo de un candidato o de un líder. Lo mismo puede decirse de una empresa, cuyos directivos a veces llaman con el nombre de “familia” a todos los que la componen. Es un modo de asegurar su solidaridad.

A lo largo de nuestra vida, la mayor parte de nosotros tiene el sueño de una familia propia. Alguna vez un amigo querido, Juan Fernando Vega, me dijo que un familiar puede ser definido como alguien en quien podemos confiar. Los miembros de una familia unida pertenecen a una religión y todos sus miembros adoran el bien común. Si profesan esta fe, se vigilan unos a otros. En la vigilia en la que estamos, aguardando alguna noticia esperanzadora sobre el mal que azota a todos pero sobre todo a los más pobres, seguimos aferrados a los nuestros.