¿Flor de un día?, por Pedro Suárez-Vértiz
¿Flor de un día?, por Pedro Suárez-Vértiz

Hay monstruosidades en el mundo de los negocios que no caben en mi cabeza. Hoy, cualquier cosa que quiera hacerse conocida necesita capitales enormes. Los presupuestos y alianzas comerciales actuales, para productos que aspiran a ser de consumo mundial, alcanzan inversiones de escala militar. Millones, billones, trillones –y demás nomenclaturas que ni en el colegio escuché– de dólares son el resorte propulsor de proyectos como Pokémon Go.

El juego es fruto de la unión de Nintendo, The Pokémon Company, Niantics, Google y Google Maps. Creo que con semejantes plataformas hasta nuestra tómbola con cuy se haría universalmente famosa. Pero fuera de bromas, esta lúdica y revolucionaria aplicación resultó harto entretenida. El juego está basado en la serie animada Pokémon y su realidad está llena de esta especie de animales con poderes.

Consiste en que el jugador es un entrenador Pokémon que camina libremente por el  mundo y, como el app tiene convenio con Google Maps, utiliza su ubicación en vivo. El personaje del juego se desplaza por el mapa conforme tú lo haces en el mundo real. Este contexto mixto se conoce como realidad aumentada (añadirle datos informáticos al mundo real a través de una pantalla que mezcla realidad y virtualidad).

Este juego fue un boom porque rompió el estereotipo de que los videojuegos hacen que te quedes en casa. Con Pokémon Go la gente se ve obligada a salir para jugar. Se frecuentan más los parques, las plazas, los monumentos, etc. porque son considerados ‘poképaradas’. Se cree que muchos sitios públicos pagan para poder convertirse en lugares donde encuentras más pokémones. Para algunos negocios, ser una ‘poképarada’ es una gran ventaja, porque atrae a muchos jugadores dispuestos a pasar el tiempo consumiendo. Aunque también pasa todo lo contrario con las casas que están cerca. Los residentes de las zonas han tenido que cercar cuadras o poner horarios de juego. Ningún lugar donde aparecen los pokémones ha negociado con los creadores del juego.

El origen real de las ‘poképaradas’ no fue buscar pagos, fue otro. Ingress era un juego que usaba la información de los mapas de las ciudades del mundo para retar a los jugadores a que formen equipos y combatan para conquistar todas las regiones posibles. También podías crear ‘portales’, lugares especiales que los jugadores tenían la posibilidad de elegir. Para crearlos enviabas un correo a la empresa mostrando las coordenadas y la imagen del lugar. En total, fueron casi 15 millones de correos los que recibió la compañía Niantic, creadora del juego. Años después, Pokémon Go usó toda esa base de datos del juego Ingress para crear su propia base de ‘poképaradas’ y gimnasios.

Es impresionante ver cómo las generaciones de hoy, tan acostumbradas a la tecnología, tienen acceso a la información de todo lo que necesiten. Y la libertad de elegir y acceder a lo que les plazca. Eso no lo tuve yo. La juventud actual es tan resoluta y demandante que el juego Pokémon Go ha perdido el mes pasado decenas de millones de jugadores porque no hay nada nuevo lanzado recientemente. Con tanta información disponible para todos los usuarios de móviles, mantener un público cautivo es el reto más difícil para estas grandes compañías.

Definitivamente, Pokémon Go debe desarrollar algo novedoso, un app que pegue, porque si no va a desaparecer tal como apareció. Hace algunos meses se veía Larcomar lleno de cazadores de pokémones a todas horas. Ahora aún los hay, pero la cantidad ha bajado drásticamente. Este juego es el que mayor boom sincronizado a nivel mundial ha causado. Pero si no hace algún cambio novedoso y atractivo de inmediato, terminará –como los cómics, la música metal o los patines– siendo un producto puramente para fans.

Esta columna fue publicada el 1 de octubre del 2016 en la revista Somos.