(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Carmen McEvoy

Historiadora

“Ser un buen ser humano”, señala la filósofa Martha Nussbaum, “es tener una especial apertura al mundo”, lo que te lleva a “confiar en cosas inciertas más allá de tu propio control”. Profesora en la Universidad de Chicago y difusora de los clásicos para una audiencia no académica, Nussbaum opina que la condición humana de la vida ética se basa, no solo en la confianza en medio de la incertidumbre, sino en la voluntad de exponerse a todos los vaivenes de la existencia. Su interés por la filosofía política la ha llevado a plantear una serie de temas, incluida la filosofía de las emociones, la importancia ética de la pluralidad, la vulnerabilidad de la vida humana ante la fortuna y la naturaleza de la amistad. No es una casualidad, entonces, que Nussbaum –quien alguna vez opinó que la mejor cita de Séneca era “pronto respiraremos por última vez” así que “cultivemos nuestra humanidad”– sea uno de los referentes teóricos para uno de los libros más relevantes presentados este mes en la Feria del Libro.

“Ni amar ni odiar con firmeza. Cultura y emociones en el Perú posbélico”, editado por Francesca Denegri y publicado por el Fondo Editorial de la PUCP, aparece en el momento en el que caminamos con los ojos vendados por el desfiladero. A través de esa vieja trocha –rodeada de mil peligros– que constituye el tropo simbólico de nuestra desventurada ruta bicentenaria. Ciertamente, la “crisis presente” proviene de la sumatoria de todo el lastre de incompetencia y robo armado de décadas, por no decir lustros y centurias. El cual, ad portas de nuestros doscientos años de independencia, se expresa en una corrupción de todas las sangres y de todos los espectros políticos. En ese contexto, la “cultura de la guerra” que nos ha definido desde nuestro complicado nacimiento como república, se entrelaza con la virtualidad política que ella misma posibilitó. La apuesta por el ilusionismo –un sabio taxista me lo describió como el acto cotidiano de nuestros políticos de sacar conejos multicolores de la chistera– va acompañada por la costumbre, también bicentenaria, de destruir al otro sin otorgarle un ápice de razón. Si a esto le añadimos la pervivencia del ‘crony capitalism’ (sobre cuya plataforma Jorge Barata reinó cual virrey dieciochesco) y a un Estado plagado de fallas estructurales, estamos ante una tormenta perfecta.

La fascinante historia narrada en diferentes claves por dieciséis autores, con la edición y prólogo de Denegri, nos introduce a otro mundo tormentoso. A aquellos años escasamente estudiados que suceden al desastre económico, político y moral que la Guerra del Pacífico ocasionó a lo largo y ancho del Perú. En una coyuntura de colapso estatal y desmoralización generalizada un grupo de peruanos, entre ellos las famosas ilustradas decimonónicas, imaginaron propuestas concretas para recuperar el amor propio triturado por la maquinaria ideológica chilena. “La fragilidad del bien”, extraordinaria frase acuñada por Nussbaum para uno de sus libros, se manifestará en los diversos intentos por reconstruir, luego de la guerra, los lazos sociales y la memoria colectiva de una sociedad conmocionada por la derrota. El común denominador fue la reflexión abierta sobre lo que estaba ocurriendo en “la patria doliente” pero también el empeño de curar un mundo emocional y simbólico seriamente dañado. Las estrategias, explicadas en detalle por cada uno de los autores de “Ni amar ni odiar con firmeza”, fueron desde el rescate de la dignidad nacional mediante la forja y celebración de los héroes hasta la desmitificación del poder (en especial el militarismo), pasando por discusiones sobre la condición del indio y la violencia interna, un tema que fue soslayado en los años previos a la Guerra del Pacífico. La creación de nuevos sujetos sociales como el indio armado, la mujeres de letras y los provincianos migrantes, complejizaron una riquísima discusión que nuevamente aflora.

Mientras que el encono político y la corrupción pandémica nos deprimen, existe otro Perú que se abre paso en medio de nuestra interminable ordalía. En un escenario en el que el ritmo de acuchillamientos, combazos, desfiguramientos y balazos a mujeres es escalofriante, el medallero peruano crece tal como el loto en medio del pantano. Lo más conmovedor de todo son las historias del esfuerzo sobrehumano de los peruanos que se las van ganando a pulso. Y es aquí que cabe subrayar nuevamente “la fragilidad del bien”, que solo busca crecer y multiplicarse pero que, desafortunadamente, no siempre encuentra las instituciones que lo auxilien. Hablando de ello, hace poco estuve en Prolima, vanguardia de la recuperación de nuestra ciudad capital, y me encontré con las manos curadoras de Jackelin Verizueta, una sanmarquina que me explicó entusiasmada cómo ella, junto con el equipo del Archivo y Centro de Documentación de Prolima, está embarcada en la recuperación de una serie de mapas de la Junta Deliberante (1963) que encontraron entre la basura. Me emocioné mucho porque corroboré lo que he expresado tantas veces: son los actos, muchas veces anónimos, de millones de peruanos los que permiten que este país extraordinario siga adelante a pesar del daño inmenso que sistemáticamente se le causa.