"Si el jefe de Estado interrumpe sus arduas tareas de gobierno, asiste a una celebración gravitante en la cultura nacional y toma la palabra, uno tiene que suponer que será para decir algo importante" (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
"Si el jefe de Estado interrumpe sus arduas tareas de gobierno, asiste a una celebración gravitante en la cultura nacional y toma la palabra, uno tiene que suponer que será para decir algo importante" (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Mario Ghibellini

Periodista

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Que el presidente no es el más eficaz de los comunicadores es un dato de la realidad que pocos se animarían a discutir. Desde aquella vez en la que trató de explicarle al país cuáles serían las restricciones que habría que respetar durante la segunda ola de la pandemia y la gente aporreó sus televisores creyendo que algún desperfecto en ellos había sido el responsable de que no entendieran si tenían que ponerse dos mascarillas o aguantar la respiración dos días, su fama de cultor de los trabalenguas no ha hecho sino expandirse.

Hasta ahora, por ejemplo, no sabemos si la excanciller Elizabeth Astete le informó anticipadamente de la vacunación con el lote “extra” de Sinopharm que la arrastró a la renuncia, tal como ella misma declaró en el Congreso. ¿Y por qué no lo sabemos? Pues porque ante esa inmensa interrogante, Sagasti apretó los labios y dejó que la Secretaría de Comunicación de la Presidencia –que solo podía ser tan clara como él le ordenase– afirmara: “es falso que el señor presidente […] haya autorizado o dado su consentimiento para la vacunación de la exministra”. Una aseveración de la que, en principio, no habría por qué dudar. Pero lo cierto es que estar informado de algo y autorizarlo son dos cosas distintas. Y cuando se pregunta por lo primero, en el despacho presidencial, por lo que parece, no se hacen problemas con responder sobre lo segundo.

–Teléfono malogrado–

Otro caso en el que Sagasti ha evocado las alegrías del juego infantil que antaño se conocía bajo el nombre de “teléfono malogrado” ha sido el de su llamada a Mario Vargas Llosa. ¿Qué fue exactamente lo que el presidente le pidió al escritor? ¿Quiénes fueron las otras personas con las que, según ha dicho, se puso también en comunicación para “hacer que el país mantenga la serenidad y la calma en momentos difíciles y complejos”? Si usted quiere saberlo, le recomendamos consultar el I Ching, porque del jefe de Estado solo obtendrá brotes de floro inconducente.

Pues bien, con ese récord de medias frases y misterios sin resolver a cuestas, el mandatario viajó esta semana al Cusco para participar de las celebraciones del, y cuando le tocó el turno en el karaoke de los discursos oficiales, chapó el micro con denuedo para pronunciar unos oráculos inquietantes.

“No levantemos el puño contra nuestras hermanas y hermanos”, exclamó al iniciar un discurso que, al parecer, se debatiría entre la homilía y la catilinaria contra la violencia doméstica. Pero pronto su verbo aventurero zarpó hacia aguas desconocidas y visitó desde “el narcisismo de nuestras pequeñas diferencias” (que supuestamente nos sirve de escudo para descalificar a los otros) hasta la invocación a no dejar espacio en nuestra vida política “para la intolerancia y el extremismo”. Una exhortación a la reconciliación y el diálogo abierto y sincero entre peruanos que, curiosamente, coronó llamando a algunos compatriotas “los podridos, los congelados, los incendiados”, so pretexto de citar a Basadre.

¿Quiénes componen esas tres bandas de indeseables que sí merecen ser descalificados? ¿Serán acaso los que tratan de presionar a las autoridades electorales con plantones frente a sus casas, o más bien los que agitan machetes por las calles anunciando una próxima cosecha roja? ¿Se trata de los abogados que presentan recursos que prolongan la revisión de las actas electorales con pedidos de nulidad, o de los candidatos vicepresidenciales o congresistas electos que le exigen al JNE una proclamación que ignore los procedimientos que la ley contempla? ¿Estaremos ante una alusión condenatoria a los que marchan de aquí para allá o a los que desfilan de allá para aquí?

Pues usted escoja, porque la verdad es que la inescrutable soflama presidencial da para todo.

Si el jefe de Estado interrumpe sus arduas tareas de gobierno, asiste a una celebración gravitante en la cultura nacional y toma la palabra, uno tiene que suponer que será para decir algo importante. Pero a despecho de las connotaciones solares de la festividad en cuestión, el mandatario se presentó esta semana en el Cusco caracterizado otra vez como el Conde de Niebla y repartió acertijos sin rubor.

Una lectura benevolente del episodio sugeriría que simplemente nos ha hecho perder el tiempo, pero en esta pequeña columna pensamos que el daño infligido por su cháchara ambigua va un poco más allá de eso. Al blandir dedos acusadores en todas las direcciones y no detenerlos sobre nadie, efectivamente, lo que el presidente consigue no es la reconciliación y la superación de la intolerancia que dice buscar, sino el surgimiento de una suspicacia generalizada que rápidamente puede transformarse en un incremento de la hostilidad que hoy nos envuelve.

–La bufanda y la banda–

Lo que queremos decir en resumidas cuentas es que, entre los requerimientos de la bufanda y los de la banda, le toca al presidente optar por los segundos. Si tiene identificada a una serie de individuos congelados o incendiados que, según él, son los responsables de embates que ponen en peligro la estabilidad política del país no puede estar haciéndose el interesante y aludir a ellos solo a través de referencias oblicuas: su obligación es nombrarlos.

Para jugar a las adivinanzas ya tendrá tiempo después del 28 de julio.