Genes y genios, por Pedro Suárez-Vértiz
Genes y genios, por Pedro Suárez-Vértiz

Muchos saben que mi gran amigo de la infancia Edward Málaga es un prestigioso científico de categoría mundial. De los mejores que ha exportado el Perú. Pero pocos saben que siempre fue un tremendo músico. Recuerdo que lo vi por primera vez en nuestro colegio, María Reina, haciendo los pasitos de Mick Jagger a la hora del recreo. Ese fue el comienzo de una extraordinaria amistad marcada por nuestro fanatismo por los Rolling Stones. Ya a los 11 años nos enseñábamos mutuamente a tocar la guitarra y pasábamos largas horas sacando de oído las canciones de Jagger y Richards al pie de un tocadiscos. Hoy solo hace falta entrar a Youtube para ello, pero en aquel entonces se requería de un talento innato para adivinar las notas. Y vaya que Edward lo tenía.

Era increíble su habilidad para descifrar cualquier solo de guitarra; todos le salían igualitos a los originales. Cuando a los 14 años formamos Paranoia, estaba claro que él tocaría la primera guitarra. Al llegar a cuarto de secundaria formamos nuestras propias bandas: Arena Hash y Duende. Su grupo fue muy talentoso y formó parte de la movida musical que remeció las noches de Miraflores y Barranco a finales de los años 80. Tocaban una fusión única de rock, blues y reggae. No solo eran buenos músicos, también eran nuestros amigos. Cuando un inconveniente le impidió a Christian Meier ser parte de la primera gira de Arena Hash, Edward nos sacó del apuro aprendiéndose nuestras canciones en una noche para tocarlas perfectamente en los conciertos pendientes. No creo equivocarme si digo que su pasión por la ciencia privó al rock peruano de un gran músico. Recuerdo en quinto de primaria habernos prometido mutuamente ser médicos los dos. Amábamos la ciencia. Hasta hoy conversamos mucho de física y genética, temas favoritos míos.

Cuando Edward terminó sus estudios de Biología se fue a construir una exitosa carrera científi ca en EE.UU. y Alemania. Durante sus frecuentes visitas al Perú tuve la suerte de aprender detalles fascinantes sobre su trabajo. Un día tuvo la novedosa idea de utilizar embriones de peces para investigar por qué las neuronas se mueren en enfermedades tan terribles como el mal de Alzheimer. Fue el primero en el mundo en hacerlo y hoy sus descubrimientos son importantes aportes que nos acercan a la ansiada cura para estos males.

A pesar de ello, Edward nunca perdió su espíritu rockero y puedo imaginar fácilmente que ello lo ayudó a sobresalir en una profesión tan difícil y sacrifi cada. A lo largo de más de 20 años vi a mi amigo convertirse en una mezcla de renombrado científico y respetado músico de rock. Con su melena paseaba su saber y su guitarra por el mundo dando conferencias. En la bella ciudad alemana de Constanza, su casa siempre estuvo abierta a las tertulias y los bailes. Era como su propia embajada del Perú y Latinoamérica. No son pocos sus discípulos alemanes que triunfan en el extranjero y llevan consigo el recuerdo de un buen pisco sour y un ají de gallina que él preparaba.

Hace dos años, Edward lo dejó todo para retornar al Perú a hacer ciencia, a formar nuevos talentos. Para muchos, un suicidio profesional y una decisión equivocada. Él no dudó. Soy testigo de sus enormes esfuerzos por sacar adelante este sueño de poner al Perú en el mapa mundial de la neurobiología. Los seres humanos debemos mucho de lo que somos a nuestro cerebro. Por eso los países desarrollados invierten grandes recursos en comprender su funcionamiento y las enfermedades que lo afectan. El pasado martes Edward inauguró su moderno laboratorio en la Universidad Cayetano Heredia, el primero de su tipo en Latinoamérica y uno de pocos en el mundo. Un aporte a la humanidad hecho en Perú. Esperemos que nuestro país sepa apreciarlo y retenerlo. ¡Gracias, amigo mío!

Esta columna fue publicada el 14 de enero del 2017 en la revista Somos.