(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Javier Díaz-Albertini

Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Escuché con atención el discurso de la reina Isabel II con motivo de la pandemia. Instó a sus súbditos a volver a demostrar la “resolución” con la cual habían enfrentado enormes retos en el pasado. Incluso, rememoró su alocución a la nación en 1940 –cuando tenía 14 años– que buscaba consolar y dar esperanza a los miles de niños y niñas que fueron evacuados y separados de sus familias como medida de protección contra los bombardeos alemanes. En su reciente comunicación, se refirió varias veces a la “autodisciplina”, la “determinación”, la “resolución bienhumorada” y al “compañerismo” de su pueblo.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero nos ayudan a entender cómo están construidas las diferentes sociedades y cómo varían en momentos críticos. En el discurso de la reina no hay mención de estar inmersos en una “guerra”, ni de enfrentar “enemigos” visibles o invisibles. En cambio, en el caso de nuestro Estado –como han comentado muchos analistas– una parte esencial del discurso es de un tono abiertamente belicista. Las mismas imágenes que abundan en los medios son de tanquetas patrullando con soldados y marinos fuertemente armados, especialmente en zonas populares.

Nos da a entender, como señalaba Carla Granados hace pocos días, que el enemigo no es solo el virus, sino los compatriotas que –por una razón u otra– no respetan la cuarentena. “Infiltran” al contrincante en el hogar y el barrio. Inclusive una exministra los ha tildado de “traidores”. Al parecer, no es suficiente apelar a la ciudadanía, sino más bien necesitamos de la analogía soldadesca y el llamado a la disciplina militar.

Siguiendo con la comparación, también es importante señalar que la monarca apeló al pasado para espolear a los británicos del presente: “Aquellos que vengan después de nosotros dirán que los británicos de esta generación eran tan fuertes como todos los demás”. Pero la estrategia británica también busca salvaguardar las instituciones del día a día, aquellas que tocan al grueso de los británicos y que tienen sentido aun para aquellos que no tienen razón alguna para identificarse con un martirologio de tipo churchilliano. El principal lema utilizado para movilizar a la población a favor del distanciamiento social es: “Protect the NHS” (“Proteja al sistema nacional de salud”). En una sociedad altamente jerárquica, desigual y clasista como la del Reino Unido (a propósito, véase la película “Yo, Daniel Blake” de Ken Loach, 2016, Palma de Oro en Cannes), la defensa del estado de bienestar se convierte en una bandera compartida de respeto a la cuarentena.

Nosotros, en cambio, enfrentamos aprietos si intentamos recurrir al pasado como fuente de unidad. Al mirar hacia atrás lo más probable es que nos topemos con fisuras y desencuentros. Igualmente, nos es difícil identificarnos con instituciones a tal punto que estemos dispuestos a sacrificar nuestro bienestar e ingresos inmediatos por ellas. No me imagino al presidente Vizcarra dando un discurso bajo una banderola que diga “proteja el SIS”.

Como hemos escrito en innumerables ocasiones, confiamos poco en nuestras instituciones. Y justo, en las dos en las cuales más confiamos, la Iglesia (60% de confianza) y las Fuerzas Armadas (46%), ambas son autoritarias. Si en el pasado durante una epidemia acudíamos al templo o la procesión para librarnos del mal, ahora dependemos de las Fuerzas Armadas para quedarnos en casa. No hay autodisciplina sino represión.

¿Existe un camino alternativo? ¿O seguiremos aplaudiendo a capitanes que cachetean a jóvenes infractores? Siendo simplista hay dos sendas que nos llevan al respeto de la norma y autoridad: el miedo o la libre voluntad. Para lograr al segundo, necesitamos que la norma formal y oficial cobre sentido en la vida de la mayoría de nuestros compatriotas. Si a corto plazo no podemos apelar a la historia o la institucionalidad, entonces se debe mostrar al grueso de la ciudadanía de que la norma tiene un efecto directo en el bienestar de los grupos sociales que tienen más sentido en sus vidas (sea afectivo, seguridad, o ingresos). Sobre esta base, quizás sea posible ir fortaleciendo una identidad macrosocial que eventualmente nos lleve hasta la nacional.

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