Grandeza peruana, por Carmen McEvoy
Grandeza peruana, por Carmen McEvoy
Carmen McEvoy

Historiadora

en su primer mensaje informal a la nación, el virtual presidente, Pedro Pablo Kuczynski Godard, nos recordó que el Perú posee un alma y un corazón grandes. Ciertamente, “el país primogénito de América del Sur”, como lo llamó José de la Riva Agüero, exhibe una grandeza cultural que no deja de sorprender a propios y extraños. 

En la milenaria ciudad sagrada de Caral; en el dios Pachacámac, cuyo leve movimiento de cabeza hacía temblar el universo; en las páginas de los “Comentarios Reales” o en las del “Mercurio Peruano”; en Miguel Grau y la tripulación del Huáscar entregando sus vidas en Angamos; en la resistencia serrana y en la espectacular reconstrucción económica que sucedió a la Guerra del Pacífico; en los miles de comuneros construyendo escuelas y caminos a lo largo del siglo XX y en las multitudinarias marchas por la democracia perdida y recuperada reside la grandeza de una nación en busca de su destino. 

Marcado por el conflicto permanente pero también por una creatividad solo comparable a su fortaleza frente a la adversidad, el Perú es camino inescrutable más que llegada a un lugar predeterminado. Por décadas nos hemos querido poco, olvidando lo grandes que somos y el enorme potencial que poseemos. De cara a un siglo XXI, donde nuestra diversidad será el pasaporte al progreso –entendido como una vida digna para todos–, es necesario levantar un catastro del capital acumulado a lo largo de los siglos.

Entre los grandes logros que debemos celebrar está la consolidación del sistema democrático después de una nefasta dictadura de la cual no vale la pena hablar. De lo que sí es importante hablar es sobre el papel que ha jugado la ciudadanía a lo largo de nuestra historia republicana. 

Para los que critican el rol de las coaliciones y de los medios en el reciente proceso electoral, debo recordarles que la caída del Protectorado (1821-1822) y su proyecto monárquico –una vuelta al pasado– surgió en las calles de Lima liderada por hombres de letras, entre ellos José Faustino Sánchez Carrión. “Seríamos excelentes vasallos pero nunca ciudadanos”, fueron sus palabras ante el peligro de que una dinastía se apropiara de la joven república cuya independencia vio jurar en su Huamachuco natal.

“Firme y feliz por la unión” es el lema del Perú que aparece por primera vez en la moneda de oro de ocho escudos en 1826. Junto con este concepto, que la guerra civil se encargaría de desvirtuar, surge la noción que el bien común deberá prevalecer sobre los intereses de partido o facción. 

Para los padres fundadores, miembros de una mesocracia ilustrada formada por el chacahapoyino Toribio Rodríguez de Mendoza, la República estaba por encima de los individuos que la conformaban. Por ello, debía ser protegida contra ambiciones, odios y apetitos personales que podían desgarrarla y conducirla a la anarquía.
Fiel al espíritu republicano, saludo las buenas maneras mostradas por los contrincantes luego de finalizada la lid electoral. La lucha ha terminado y ahora la nación observará el comportamiento de sus representantes, los que fueron elegidos para servirla y velar por su bienestar. 

Quedé sorprendida por las palabras de la ex candidata Keiko Fujimori aceptando su derrota. Lo único que le recomendaría, como historiadora, es que al usar una bandera peruana mantenga su escudo original. Porque camino al Bicentenario, que afortunadamente celebraremos en democracia, es necesario tener presente que fue un matemático quien, a través del diseño de los tres reinos, plasmó nuestra grandeza material y conceptual. Su visión optimista de lo que el Perú podría alcanzar en armonía y unidad.