"Por fin entro al banco. Me miden la temperatura, me echan gel, ingreso al paraíso, en forma de unas máquinas y ventanillas". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Por fin entro al banco. Me miden la temperatura, me echan gel, ingreso al paraíso, en forma de unas máquinas y ventanillas". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Alonso Cueto

Escritor

Al comienzo eran más largas, hechas de rostros más apretados y compungidos. Ahora son más distendidas y en algunos casos guardan la distancia social. En ellas, los pies lucen disciplinados y obedientes, sometidos a las esferas blancas en la acera.

La palabra ‘cola’ viene del latín y una de sus acepciones originales es “cultivar” o “habitar”, algo que se corresponde con lo que hacen quienes forman línea frente a un banco. Es la prolongación de una tradición entre nosotros. Las colas son una institución de la cultura moderna y se han visto a lo largo de décadas de la vida peruana. Pero hoy las colas son parte esencial del paisaje urbano. Hay colas no solo de gente esperando fuera de un banco, sino también frente a farmacias y mercados. Es una institución de la disciplina social que todos conocemos de cerca, y sabemos que tiene algunas reglas. Una de ellas es la de darnos alguna esperanza contando cuánta gente está delante. Estamos más solos mientras más personas haya en la cola y esa soledad pone a prueba la resistencia de la que debemos estar hechos.

PARA SUSCRIPTORES: La antorcha de Luis Repetto (1953 – 2020 ), por Jaime Bedoya

Sin embargo, la noción de que estamos todos solos en una cola nos hace buscar una complicidad pasajera con los que nos acompañan. En estos días, mientras hago cola (a veces corta, debido al dudoso privilegio de la tercera edad), me encuentro con conversaciones liberadoras. En la de hoy, una señora a mi lado nos informa de un modo colérico que esta pandemia va a durar muchos años y que es obra del Gobierno Chino, en su intento por dominar el mundo. Otro señor le dice que no tiene pruebas de eso. Por otro lado, alguien pide calma. El guardia del banco, que es el jefe a cargo de este grupo de prisioneros de la espera, nos mira con severidad. Felizmente, los intercambios sobre la China se convierten en conversaciones sobre la situación en algunas provincias. Un señor de Loreto nos cuenta que todo va mejor por su tierra. Agrega que un pescado amazónico, la doncella, es bueno contra el virus.

El banco usa los postes eléctricos para poner carteles donde se indica el lugar de las colas que van a plataforma, a ventanilla, al cajero y el de la tercera edad. Cada categoría tiene una línea de círculos y todos sabemos quiénes somos. Un tipo distraído quiere entrar al banco salteando las escalas de los círculos. El guardia le dice al infractor que vaya a “hacer su colita”. El hombre obedece, pidiendo disculpas. Mientras tanto me distraigo con el teléfono celular donde en el Facebook un grupo de admiradores de Borges ha reproducido un texto suyo: “Que soy, digamos, insignificante, es decir, indigno de dos cosas; el cielo y el infierno me quedan muy grandes”.

Pienso que la cola nos recuerda especialmente que somos seres insignificantes, indignos, que no estamos a la altura del cielo ni del infierno y que esta espera representa el purgatorio, antes de entrar a algún paraíso de metal. Me distraigo por un momento con las frases de Borges y pienso que si mi querido amigo Luis Repetto estuviera aquí, estaríamos conversando entre risas, con la alegría que él siempre traía a cada situación. Lo mismo puedo decir de Eloy Jáuregui, que felizmente sigue con nosotros.

Por fin entro al banco. Me miden la temperatura, me echan gel, ingreso al paraíso, en forma de unas máquinas y ventanillas. La cola por hoy ha terminado, pero nos esperan nuevas líneas y círculos a lo largo del tiempo que queda. Se trata de saber hacer algo mientras esperamos.