"Ya tengo hijos adultos", por Pedro Suárez-Vértiz
"Ya tengo hijos adultos", por Pedro Suárez-Vértiz

Tragándome mi orgullo anticursilerías y desnudando mi corazón, clamo hoy la frase más trillada de la historia: qué rápido crecen los hijos. Es increíble cómo llegan a la adultez de golpe. Ya tengo dos de 22 y 18 años. Tienen su propio ajuar, pero él usa mi ropa si algo le gusta, y ella, la de mi esposa. Es que no nos diferencian muchos años. No puedo creer lo veloz que ha pasado el tiempo. Recuerdo perfectamente cuando yo estaba en el plan de enamorado como lo están ahora ellos. Uno como padre sabe que ese momento va a llegar. Pero, ¿por qué tan pronto? Esta es la prueba de que el tiempo es solo una ilusión. Como decía Cerati: “Siempre es hoy”. Uno como padre no termina de aprender todo lo que viven en esta romántica y divertida etapa. Parece historia repetida, pero no lo es. Cada generación trae su plus de evolución. Mi hija ya tiene más de cinco años con su enamorado. Lo conoce desde que estaban en secundaria. Ahorran, son multifacéticos y tienen amigos hasta en Camboya. Él ya terminó su carrera y trabaja. Ella está por terminar Comunicaciones, coincidentemente lo que yo seguí también en la universidad. Pero, ¿cómo? Si ayer la cargaba en brazos.

Andrés –su enamorado– es parte de nuestra familia. Compartimos con ellos todo lo que podemos. Los apoyamos y entendemos. Sabemos que tienen metas claras y prioridades laborales. Se toman las cosas con calma y responsabilidad, sin dejar de disfrutar todo lo que la juventud les presenta. Más bien mi esposa y yo quedamos como los locos, pues a la edad de ellos ya teníamos dos hijos y correteábamos para buscar plata.

No ahorrábamos ni un mango y el Internet no proliferaba. Qué cierto es cuando dicen que con la hija emparejada ganas un hijo. Pues, así como mi hijo hombre para mucho más tiempo en la casa de la enamorada que en la mía, la pareja de mi hija comparte mucho en la nuestra. Tiene estacionamiento en nuestro edificio, posee el control remoto del portón del garaje y mis gatos lo aman más que a mí. Pero los padres somos felices cuando nuestros hijos lo son. Mi segundo hijo también tiene enamorada y él, con brevete recién sacado, no pierde la oportunidad de visitarla en mi carrito de toda la vida. Salen todo el tiempo. Los dos estudian en sus respectivas universidades (también Comunicaciones).

Creo que mis hijos 
tienen mis genes creativos y han elegido la carrera que yo estudié al ver cómo esta me ha ayudado a reinventarme día a día. En el amor tienen los genes tempraneros de la familia de mi esposa. Todas ellas, porque no hay hombres en su familia, se casaron alrededor de los 20 años –por no decir antes. La gemela de mi esposa está con su esposo ¡desde los 13 años! Yo estoy con la mía desde que ella tiene 16 años y ya tenemos 25 juntos. Quizás mis hijos piensan entonces que las relaciones son tempranas y largas. En fin. Ya con ellos en edad adulta se dejan ver menos. Los planes no terminan y las salidas son constantes. Obviamente, viviendo en Miraflores van a mil sitios. Verlos crecer tan rápido es asombroso. Es verdad que no te das cuenta –sobre todo cuando la mitad de mis amigos de mi edad todavía no son padres– y deseas que sigan durmiendo en tu cama. Ellos ya vuelan y solo nos queda ser los mejores copilotos que podamos. Aún nos queda la compañía del más pequeño, de 11 años. Tiene miles de amigos y amigas y es un placer tenerlo merodeando por la casa. Creo que no hay mejor espectáculo en esta vida que ver crecer a tus hijos. Ah, y ningún amigo de ellos me dice tío o señor. Me llaman Pedro.

Esta columna fue publicada en la revista Somos 23/04/2016.

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