La hora de la verdad, por Carmen McEvoy
La hora de la verdad, por Carmen McEvoy
Carmen McEvoy

Historiadora

Se “acerca ya la hora” en que “la nación pronuncie la última palabra sobre su futuro destino”. Así, Manuel Pardo se dirigió a los fideicomisarios de la República. A ellos les aseguró que nadie tenía el derecho de influir en sus conciencias al momento de emitir sus votos.

En las postrimerías de una campaña electoral marcada por el fraude y la violencia, el candidato Pardo enarboló el ideal primigenio de la República. En ese contexto, el futuro presidente subrayó que del cumplimiento del deber de cada ciudadano dependía “la genuina y legítima expresión del pensamiento y la voluntad nacional”. 

La intensa campaña electoral, que llevó a Pardo a la presidencia del Perú (1872-1876), culminó con el asesinato del coronel José Balta: el último de una saga de mandatarios militares encumbrados a golpe de espada y guano de las islas. Al magnicidio, ocurrido en medio de un proceso electoral plagado de irregularidades, le sucedió la ejecución popular de los responsables del hecho: el ministro de Guerra, Tomás Gutiérrez, y dos de sus hermanos. 

Los coroneles Gutiérrez formaban la guardia pretoriana de un sistema prebendario y corrupto que se negaba a desaparecer. Esto explica la polarización de unas elecciones sembradas de trampas legales y en las que los recursos del Estado estuvieron al servicio de dos candidaturas: la del general José Rufino Echenique primero y la del abogado Antonio Arenas después.

Pese a todos los ataques a su persona y a sus partidarios –algunos encarcelados y azotados por los prefectos baltistas–, Pardo recordó que existía un momento supremo al final de toda campaña electoral. Se refería al acto silencioso en el que un individuo, a solas con su conciencia, decidía su “futuro destino” por encima del laberinto de pasiones que acompaña a toda lucha por el poder. 

La legitimidad residía, en consecuencia, en ese acto final mediante el cual un abstracto llamado nación expresaba su mandato a través de un cúmulo de voluntades individuales y dispersas. En esa suerte de alquimia política, miles de voluntades convergían en una capaz de elegir a la representación nacional.

En estos días de tachas dominicales, periodistas sicarios, curas decimonónicos, flores que no llegan y chicharrones que se rechazan, he vuelto a leer los discursos de Pardo. Pronunciados en la campaña electoral más disputada del siglo XIX, sus palabras sabias son una brújula capaz de guiarlo a través de la densa niebla que cubrió su senda a la Casa de Pizarro (quien –como él– cayó asesinado por sus adversarios). Porque conseguir el poder en el Perú no es tarea fácil, y mucho menos mantenerlo con decencia y dignidad. 

Por ello, mi reflexión en torno a las elecciones que se avecinan tiene que ver con un peruano o una peruana capaz de ayudarnos a transitar el camino minado de la posguerra. Alguien que dignifique la Presidencia de la República, nos devuelva la ilusión y la esperanza, no gobierne para sus parciales y tenga la altura de miras para iniciar un proceso de reconciliación nacional, tal como lo hizo Ramón Castilla tras una década de guerra civil. 

Porque más allá del crecimiento económico, la inclusión social, la lucha contra la corrupción y la delincuencia, lo que nos hace falta es un proyecto nacional para llegar unidos al bicentenario de ese momento entrañable en el cual el Perú se convirtió en una República libre y soberana.