"Dicho todo esto, sin embargo, tenemos que hacer una confesión. Por increíble que parezca, muchos votantes vemos con secreta envidia la situación que viven estos aspirantes al poder, pues por lo menos para uno de los cuatro el domingo pascual traerá una buena noticia". (Ilustración: Santiago Ortiz)
"Dicho todo esto, sin embargo, tenemos que hacer una confesión. Por increíble que parezca, muchos votantes vemos con secreta envidia la situación que viven estos aspirantes al poder, pues por lo menos para uno de los cuatro el domingo pascual traerá una buena noticia". (Ilustración: Santiago Ortiz)
Mario Ghibellini

Periodista

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El simulacro de votación que conoceremos mañana no será definitivo, pero dejará a varios postulantes presidenciales en un trance muy difícil. No nos referimos, por cierto, a los Santos o los Alcántaras, que siempre supieron que esta aventura era para ellos el sueño de una siesta de verano, sino más bien a aquellos que en algún momento creyeron que la hacían. ¿Cómo va a hacer, por ejemplo, para explicar por qué bruscamente se le corta la risa? ¿A qué mano negra responsabilizará esta vez de su infortunio? ¿Qué tautología ensayará ahora para justificar lo mal que luce su futuro electoral inmediato?

Un trago desagradable, sin duda, es el que los espera a todos ellos… pero hay otros a los que les va a ir peor. En el fondo, los aspirantes presidenciales a los que acabamos de aludir saben hace semanas que el tren de las auténticas chances de colarse en la segunda vuelta partió sin ellos hace rato. Y saben asimismo que nosotros también lo sabemos. La dosis de vergüenza que tendrán que encajar, en consecuencia, es moderada.

Los que sí tendrán que chupar limón mañana, y rancio, son en cambio aquellos candidatos que hasta hoy están que se empujan entre sí alimentando la fantasía de que ya están en la segunda ronda, y pronto recibirán la notificación de que quizás hayan estado exagerando un poco en las notas épicas de su discurso triunfal.

—Ni pascua, ni resurrección—

Nos referimos, desde luego, al cuarteto tempestad que conforman , , y . Con matices y medicaciones distintas, ellos se han insinuado, en efecto, como seguros participantes del segundo tiempo del partido que empezará a disputarse el próximo domingo en las ánforas.

El pase de a la siguiente etapa de la competencia, por lo que parece, lo asumen ya como una calamidad inexorable. Pero en lo que concierne a la identidad del contendor que él tendría que enfrentar en ese nuevo escenario, se presentan convencidos de que ellos mismos serán. Sobre todo, cuando uno los escucha perorar: si los sondeos divulgados por los medios no los favorecen, tienen otros a la mano que los catapultan a una distancia del puntero que se confunde con el margen de error, o han conocido en la calle un respaldo que esas encuestas no registran. Si hasta hace poco la pérfida prensa los ignoraba para perjudicarlos, su impecable performance en el debate de la semana que termina los ha convertido en los héroes indiscutidos de jóvenes y desposeídos. Y si los programas de gobierno son el argumento llamado a definir quién constituye la mejor oferta para la ciudadanía, pues el suyo ya fue reconocido por alguna instancia de autoridad venerable como un documento iluminado.

La verdad, sin embargo, es que el reporte de mañana no puede traerles buenas noticias a todos. En el caso de uno, o quizás dos, el simulacro de Ipsos permitirá alentar todavía la esperanza de un rincón en el podio que aparentemente dominará el representante de Acción Popular. Pero los otros, nos tememos, tendrán un domingo que no será de pascua ni de resurrección. Saldrán de seguro a buscar sus huevos de chocolate como hacían de niños, pero si los encuentran, descubrirán que el chocolate con el que han sido elaborados es amargo y que la sorpresa, si la hay, habría sido mejor evitarla.

Una intención de voto estancada o repentinamente encogida sería para López Aliaga, por ejemplo, una flagelación de la que su alma difícilmente saldría fortalecida. Y un nuevo desbande de potenciales electores hacia los predios de Pedro Castillo (que vive en el bosque) sería para Verónika Mendoza una circunstancia que la obligaría a echarle una segunda miradita a ese espejo embrujado que solía decirle que ella era la soberana de la izquierda.

A Hernando de Soto, mientras tanto, la perspectiva de estarse enrumbando hacia un destino peor que el de Vargas Llosa en las urnas tiene que hacérsele más agobiante que el reto de atinar con la concordancia correcta en una oración castellana. Y a Keiko Fujimori, finalmente, la imposibilidad de siquiera llegar por tercera vez segunda en estos comicios presidenciales le anunciaría el retiro definitivo de la política.

Habrá notado seguramente el observador acucioso de la realidad nacional que, a pesar de que conserva todavía una posición expectante en las encuestas, no hemos incluido en esta lista de los potenciales desengañados de mañana a George Forsyth, por lo que debemos apresurarnos a aclarar que ello no obedece a un descuido. Lo que ocurre es que, a juicio de esta pequeña columna, él solo caería en la cuenta de las eventuales consecuencias negativas de una cifra desalentadora pasado mañana.

—Vía crucis extendido —

Dicho todo esto, sin embargo, tenemos que hacer una confesión. Por increíble que parezca, muchos votantes vemos con secreta envidia la situación que viven estos aspirantes al poder, pues por lo menos para uno de los cuatro el domingo pascual traerá una buena noticia. Para nosotros, en cambio, la constatación de que alguno de ellos pasará a la segunda vuelta con Yohny Lescano –Eloi, Eloi, ¿por qué nos has abandonado?– no será sino una extensión del vía crucis.