Tampoco, tampoco (I), por Carlos Meléndez
Tampoco, tampoco (I), por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

Peruanos por el Kambio es un partido ‘express’, altamente personalista y de frágil penetración territorial. La geografía de su voto (2011 y 2016) refleja la idiosincrasia de sus gestores: limeño, pituco, defensor del statu quo, analfabeto político para hablarle a las provincias. Cuando cruza las fronteras de la capital reproduce la división de vecinos versus pobladores (como proyecta el mapa electoral de Lima y Arequipa). Su voto azuza los más hondos desencuentros del país: los ganadores del modelo contra los ‘left overs’. 

Al ppkausa le fascina la gobernabilidad; esa palabra mágica que indica no tocar el piloto automático. No le interesa –o no sabe cómo– representar a las mayorías. (Su visión de la sociedad es digna de los manuales de autoayuda social de Arellano). Asume intereses y valores del ‘establishment’ de puertas giratorias que se ha erigido en medio de la desigualdad. Tiene a los mejores tecnócratas y consultores, quienes no arriesgarán más allá del credo-MEF para tranquilizar las conciencias de los cafés de “Lima moderna” (sic). Es continuidad: su gobierno sería un ‘update’ de García 2006-2011 (del “Perú avanza” y el “perro del hortelano”). Es, como diría Alberto Vergara, “alternancia sin alternativa”. Más de la misma insolencia.

Por eso sorprende la invención de Kuczynski como “reformista” (Vergara dixit) de “profundas convicciones democráticas” (Vargas Llosa dixit). No creo que PPK tenga las credenciales para personificar el antiautoritarismo, menos al antifujimorista. Su endose a Keiko Fujimori en el 2011 lo descalifica, lo desnuda como pragmático, indiferente en términos políticos. Es preferible para la ppkausa no hurgar en la memoria: no le inventemos ministerios ni protagonismos. Mejor no preguntemos a PPK dónde estuvo el 5 de abril de 1992 ni cómo reaccionó cuando defenestraron a los magistrados del TC en 1997.

Vencer al fujimorismo no pasa por travestir a PPK de adalid de la democracia, sino por potenciar los probados cuadros democráticos de su partido para que, de paso, tome sustancia (¿y lo sobreviva?). ¿Acaso Juan Sheput no promovió el Foro Democrático? ¿Hemos olvidado que Carlos Bruce encabezó la Marcha de los Cuatro Suyos?, ¿que varios de sus voceros –Fernando Rospigliosi, Gino Costa– construyeron trincheras contra el autoritarismo clientelar de los noventa? En estos nombres recae la esperanza de reforma institucional que PPK seguramente ignora. 

Los antifujimoristas –principistas por naturaleza– se traicionan cuando caen en el mesianismo que critican en la acera de enfrente, regalando elogios inmerecidos y elevando a “estadista” a un candidato ubicado en el balotaje por carambola. Es totalmente legítimo que el antifujimorismo pretenda evitar un eventual triunfo de Keiko Fujimori, pero deben ser más honestos y menos aprensivos. Deben asumir la responsabilidad política –trascender los pronunciamientos públicos ególatras– de apostar por un “mal menor” que legitimaría el triunfo repetitivo de los ‘integrados’ y derrotaría al primer partido de masas del siglo XXI peruano. 

Advierto: la causa electoral del antifujimorismo es loable moralmente y costosa políticamente, porque dejaría sin representación a la primera mayoría nacional (40% de votos). Para endosarla sin perder autenticidad, no es necesario adulterar liderazgos hasta volverlos artificiales. Tampoco, tampoco.