"Algunas instituciones están trabadas o descompuestas, pero otras tienen capacidad de generar su propia reforma y contribuir a la reforma de otras" (Ilustración: Giovanni Tazza).
"Algunas instituciones están trabadas o descompuestas, pero otras tienen capacidad de generar su propia reforma y contribuir a la reforma de otras" (Ilustración: Giovanni Tazza).
Fernando Vivas

Columnista, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

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Si me piden ejemplos de lo que funciona mal o nunca, no acabo. El ejercicio del pesimismo es parte de mi vida profesional. Y es el grueso de los noticieros, lo que está muy mal, porque hay mucha noticia que dar sobre lo que funciona bien. Por ejemplo, veamos el proceso de que, junto a las elecciones, es el principal evento público de los últimos tiempos: se poncha la cola larga y el vacunatorio clausurado, pero no se destaca al equipo humano que funciona más rápido. (Bueno, se poncha también a la primera ministra Violeta Bermúdez y al ministro Óscar Ugarte bailando “Ojalá que te mueras” en la ‘vacunatón’, pero eso es noticioso en cualquier parte, y solo queda reírse. No nos vamos a rasgar las vestiduras por eso).

¿Qué funciona? Algunas instituciones lo hacen bien. El , con todas sus vulnerabilidades y contra todas las maniobras para dejarlo sin quórum, funciona a toda vela para acabar con el proceso electoral. Funciona la , que nos costó pasar por el suplicio del escándalo de los ‘Cuellos Blancos’ para desaparecer el viejo CNM y reemplazarlo por ella. El y el funcionan mejor que antes, pero aún es mucho lo que falta para hacerlos más ágiles, justos y libres de corrupción. Son más independientes que nunca, eso sí.

El funciona más transversal (es uno de los efectos de la pandemia) y el gabinete se ha convertido en una suerte de entorno político inmediato de los débiles presidentes (efecto, eso sí, de partidos descompuestos). Y funciona cada vez con más transparencia y ‘accountability’. Pero junto a esas virtudes hay una abrumadora carga de trabas y actitudes defensivas de sus funcionarios, que limitan seriamente la ejecución del presupuesto.

El es quizá la gran institución que peor funciona, la que peores sustos y disgustos ha provocado en los últimos años, obstruyendo al Ejecutivo y produciendo escaso resultado propio. Es el perro del hortelano, parafraseando a Lope de Vega y a Alan García, lo que se ve claramente en su testarudez para elegir los nuevos miembros del , generando un miedo gratuito a la estabilidad de ese ente y provocando una insoportable tensión con el PJ, que dictó un amparo desacatado. Para colmo, ni siquiera han conseguido los votos para la elección.

Que falte confianza en las instituciones no significa que no funcionen. Me harta oír esa transferencia automática del escepticismo en que las cosas se encaminen (legítimo y comprensible) en el diagnóstico de que nada marcha (ligero y, por lo general, sin pruebas sólidas). Algunas instituciones están trabadas o descompuestas, pero otras tienen capacidad de generar su propia reforma y contribuir a la reforma de otras. Permítanme este ajuste en el pesimismo.