"Jorge Muñoz que debe conducir esta nueva y gigantesca ciudad de “todas las sangres”. (Ilustración: Jean Izquierdo)
"Jorge Muñoz que debe conducir esta nueva y gigantesca ciudad de “todas las sangres”. (Ilustración: Jean Izquierdo)
Francisco Miró Quesada Rada

Exdirector de El Comercio

una de las primeras medidas de Fernando Belaunde Terry cuando asumió la presidencia en 1963 fue convocar elecciones municipales. Yo tenía 15 años. Estaba en tercero de secundaria. Lima era una ciudad de 1’600.000 habitantes y a mí me llamaba la atención ese señor que había alcanzado la presidencia tras una larga aventura –incluido un duelo– y que nos decía “picos y palas para la revolución sin balas”. Por aquel entonces, Jorge Muñoz era un bebe de un año que estaba lejos de imaginar que llegaría a la Alcaldía de Lima con el partido de la lampa y que Lima sería una megalópolis de más de diez millones de habitantes.

Tranvías que circulaban por diversos puntos de la ciudad, como hacían los taxis y habían colectivos en la Av. Arequipa. Una ordenada red de ómnibus, integradas por buses como los Cocharcas, y los gigantescos carros estadounidenses completaban el paisaje vehicular limeño. Había, además, uno que otro automóvil europeo, pero ningún japonés. Cuando llegaron los primeros Mitsubishi, fueron basureados por la mayoría. Nadie se imaginó que Japón llegaría a inundar el mundo con sus automóviles.

Meses después de la convocatoria se realizaron las primeras elecciones municipales. En Lima fue elegido Luis Bedoya Reyes, uno de los líderes más destacados de la Democracia Cristiana, que había formado alianza con Acción Popular. Bedoya Reyes fue un fugaz ministro de Justicia en un gabinete de lujo encabezado por Óscar Trelles. Sí. En los gabinetes de antes habían intelectuales de prestigio que hoy brillan por su ausencia. Signo de que vivimos en un tiempo en el que la política se ha ‘desintelectualizado’ y en el que, para muchos, las ideologías valen un pepino.

Bedoya, próximo a cumplir 100 años, fue un alcalde eficiente. Elegido dos veces. Primero derrotó a una dama bonachona, María Delgado, esposa del otrora dictador Manuel Odría que, según escuché, regalaba panetones en las barriadas. Así se les llamaba antes a los barrios periféricos de la capital, hasta que la revolución militar encabezada por Velasco Alvarado les cambió el nombre por ‘pueblos jóvenes’, argumentando que el término ‘barriada’ era despectivo. En la segunda elección, mucho más emocionante, Bedoya venció al ingeniero Jorge Grieve, candidato del Apra, al que los apristas, con toda su maquinaria propagandística, presentaban como sabio. En el debate entre ambos candidatos, ese ‘sabio’ le increpó a Bedoya que la Municipalidad de Lima necesitaba un técnico. Bedoya entonces, con la velocidad de un rayo, le respondió: “Los técnicos se alquilan”. Una de las frases más notables en la historia de la política peruana, y que, por supuesto, contribuyó para que este continuara en el sillón de Nicolás de Ribera, el Viejo. Bedoya siguió al mando de Lima hasta 1970, cuando Velasco ya nombraba alcaldes a dedo.

Tuvo que retornar la democracia por decisión del régimen militar presidido por el general Morales Bermúdez y ganar las elecciones Fernando Belaunde en 1980 para que se restablecieran los comicios municipales. En Lima, fue elegido Eduardo Orrego Villacorta, carismático líder acciopopulista al que muchos consideraban heredero de Belaunde. Orrego convirtió al Jirón de la Unión en el pasaje peatonal que todos conocemos hoy, y que había sido asfaltada a comienzo del siglo XX por Luis Miró Quesada de la Guerra, cuando este fue elegido alcalde de una ciudad aun más pequeña que la Lima de mi juventud. Orrego construyó también el puente donde concluye la Av. Benavides y que ahora se utiliza para pasar a la Av. Salvador Allende.

Desde entonces ha corrido mucha agua a través del río Rímac. Y sería injusto desconocer la obra democrática de Belaunde con su famosa convocatoria para la contienda edilicia, que acabó con la práctica de nombrar alcaldes y concejales a dedo.

Lo más significativo de este suceso es que contribuyó a empoderar a los vecinos del Perú. Hoy, cualquier ciudadano puede postular a los cargos municipales, que han dejado de ser una “junta de notables”, como ocurría en la época del Perú aristocrático del que habla Jorge Basadre. Belaunde vio lejos no solo en este aspecto, sino en otros; como la carretera Marginal de la Selva (que con justicia lleva su nombre), las autopistas hacia el sur y el norte de Lima y los famosos conjuntos residenciales.

Creó un partido inspirado en el mensaje del Perú profundo a partir del reconocimiento de que el pueblo hace las cosas –de ahí su célebre frase: “El pueblo lo hizo”–. Un partido cuya ideología se sustenta en el humanismo situacional, donde el valor supremo es el ser humano en sí mismo antes que el poder o el dinero.

Este partido ha ganado las elecciones en Lima con la candidatura de Jorge Muñoz, que debe conducir esta nueva y gigantesca ciudad de “todas las sangres”. Una gran oportunidad para que también mire lejos. Las causas y factores del triunfo de Muñoz son diversos, como diversas, contradictorias y volátiles son las elecciones peruanas. Como una persona que ha tenido militancia orgánica y que admira la obra de Alberto Andrade, Muñoz se inscribió en el partido de la lampa y, aunque es innegable que su triunfo tiene que ver con su trayectoria como alcalde distrital, la lampa –como diría un experto en márketing político– es una buena marca (bien trabajada puede recuperar los laureles de antaño con dos presidentes, Fernando Belaunde y Valentín Paniagua, honestos, decentes y que estuvieron por encima de cualquier tentación económica que conduce a la corrupción).

Por el bien de Lima y de Acción Popular, ojalá que las virtudes del nuevo alcalde se unan con el mensaje de la lampa.