“Arguedas y Roa Bastos se conocieron en 1962, en el Primer Coloquio de Escritores Iberoamericanos y Alemanes, organizado por la revista 'Humboldt', en Berlín occidental”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Arguedas y Roa Bastos se conocieron en 1962, en el Primer Coloquio de Escritores Iberoamericanos y Alemanes, organizado por la revista 'Humboldt', en Berlín occidental”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Luis Millones

Antropólogo

Cuando salga este artículo se habrán cumplido de , un aniversario que motivó una magnífica evocación de su figura a través de un congreso dedicado al escritor en La Habana, Cuba. Esto en contraste con el silencio nacional, a pesar de los esfuerzos particulares de algunas instituciones que hicieron lo posible para darle el merecido homenaje a su vida y a su obra.

Al evocar su presencia, me resulta imposible olvidar las muchas personalidades que conocí gracias a José María. De todas ellas, quiero dedicar unas líneas a quien cumplió, para la nación hermana de Paraguay, un rol similar al de Arguedas en el Perú. Hablo del escritor , cuya inmensa labor cultural abarcó desde las letras hasta el cine, y que seguramente tendrá los honores y el recuerdo que le otorgará a su turno la nación guaraní.

Lo conocí en Buenos Aires, en 1966. Yo asistía al Congreso de Americanistas, justamente por encargo de José María. Augusto era pobre, como todo exiliado que no tiene posibilidades de regresar a su patria. En la serie de gobiernos militares que precedieron , Paraguay tuvo al general Higinio Nicolás Morínigo, cuyo ministro de Hacienda, Juan Natalicio González, detestaba a Roa Bastos. No era un tema de militancia política, me aclaró Augusto, era algo peor: don Natalicio se creía poeta y había publicado, con la audacia que le otorgaba el poder, algunas barbaridades que Roa Bastos no dudó en poner en ridículo a través de su labor periodística. La venganza fue inmediata. Lo acusaron de varios delitos y el futuro premio Cervantes se vio obligado a escapar por los techos de su casa y los de sus vecinos, refugiándose algunas noches en un tanque de agua, para finalmente lograr que la Embajada de Brasil le salvara la vida, antes de huir hacia Buenos Aires. Allí permaneció entre 1947 y 1982, con la excepción de algunos viajes cortos. De regreso a Paraguay, el propio Stroessner –que gobernó entre 1954 y 1989– no dudó en expulsarlo el mismo año de su regreso, y Augusto no pudo volver a instalarse en su patria sino hasta 1989, cuando otro golpe militar derrocó al tirano.

Arguedas y Roa Bastos se conocieron en 1962, en el Primer Coloquio de Escritores Iberoamericanos y Alemanes, organizado por la revista “Humboldt”, en Berlín occidental. La temática de dicho evento reflejó bastante bien la elección de los participantes: (i) sentido y limitaciones de la traducción, (ii) la misión del escritor en la evolución de nuestra época, y (iii) el escritor como intérprete de la sociedad actual.

No me sorprendió que naciera una instantánea amistad entre ambos, escritores bilingües con manejo de la vida, cultura e idiomas de las poblaciones indígenas. Ambos, además, fueron conscientes del compromiso que asumieron con sus adoloridas patrias, cuya independencia del siglo XIX no había llegado hacia los más necesitados.

Volviendo al Congreso de Americanistas de 1966, Arguedas se retiró de este evento apenas acabó su intervención. Me pidió entonces que le llevara unos libros a Augusto y me habló de lo apenado que estaba por no poder verlo en esa ocasión, mientras empaquetaba apuradamente “Los ríos profundos” y “El Sexto”, y garabateaba una dirección que me costó encontrar pues pertenecía a una de las zonas menos recomendables de Buenos Aires. José María partió de inmediato a Uruguay y Chile, como si huyera del congreso.

No pude ver los libros que, en retorno, le envió el escritor paraguayo a José María, pero me regaló sus dos colecciones de cuentos, que guardo como joyas: “El baldío” y “Los diez mandamientos”. A los que sumó, en hojas impresas sin empastar, “El trueno entre las hojas”, que también ocupa un lugar privilegiado en mi biblioteca. Para esa época, Roa Bastos ya había publicado su primera novela, “Hijo de hombre”, con la que iniciaba lo que él llamó la “trilogía sobre el monoteísmo del poder, uno de los ejes temáticos de mi obra narrativa”, y que completarían “Yo, el supremo” (premio Miguel de Cervantes) y “El fiscal”. No mencionaremos, por falta de espacio, su labor como poeta y guionista cinematográfico, lo que le da una dimensión especial al total de su obra.

En uno de sus libros, Roa Bastos escribió unas líneas sobre lo que él consideraba su aspiración que, al mismo tiempo, resultó ser un retrato que se aplicaba también a su amigo Arguedas: “La imagen del escritor, como la del hombre solitario volcándose íntegramente en la tarea desde lo hondo de sí, pero haciéndose solidario de los demás, proyectándose hacia lo universal, con valor, sin claudicaciones, con irreductible fe en la condición humana, en lo que ella tiene de permanente y perfectible”.