"La marea que marcha hace redoblar las cacerolas por ti, por nosotros, por todos". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"La marea que marcha hace redoblar las cacerolas por ti, por nosotros, por todos". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

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Nunca los ciudadanos habíamos renunciado a tanto. El nos agarró a principio de año, y de una manera inédita, los peruanos aceptamos mansamente que nos arrebataran nuestros derechos fundamentales: nos quedamos en casa encerrados durante tres meses, quebraron nuestros negocios. Nos pusimos mascarillas sin chistar, aprendimos a no abrazarnos, a esperar a que el gobierno dictara la próxima restricción. ¿Y ahora qué nos van a prohibir?, preguntábamos ya agotados. Y en todos estos meses, en lugar de rebelarnos, sacamos a relucir una de las características que más tristemente nos definen: la resignación. Esa que se traduce en la convicción de que ningún llanto será escuchado, ninguna queja atendida, ningún grito percibido.

Sí, nosotros agachamos la cabeza y obedecimos porque el COVID-19 no nos dejó alternativas. Pero a diferencia de millones de ciudadanos del mundo tuvimos que dejar nuestras vidas (literalmente) en manos de un Estado fallido, saboteado por décadas por una clase política alentada por el oportunismo, la ladronería, la ineficiencia y el ombliguismo.

A nosotros, y solo a nosotros, nos tocó agonizar frente a un virus letal sabiendo que todos nuestros expresidentes y buena parte de nuestros líderes políticos estaban investigados por serios actos de corrupción. A nosotros, y solo a nosotros, nos tocó esperar por balones de oxígeno y camas UCI mientras enormes hospitales estaban a medio hacer porque un gobernador regional, o un presidente, o un alcalde se repartió la torta con un empresario.

Hemos visto tres presidentes distintos y dos congresos en menos de cinco años sin que eso significara, mínimamente, una mejora para nuestras vidas. Los hemos visto jugar a la repartija, a la traición. Y la verdad ya no esperábamos mucho más. Resignados como somos, lo único que nos atrevíamos a pedir era que dejaran a Martín Vizcarra hasta 28 de julio. Que dejaran que la vida durísima que estamos viviendo no se alterara más. Que permitieran a los fiscales del caso Lava Jato hacer su trabajo, para que el ahora expresidente enfrentara los serios casos por los que se le investiga ni bien abandonara el cargo.

Pero otra vez, nuestra clase política, esta vez encabezada por el señor Manuel Merino de Lama y avalada por un Congreso vergonzante, prendieron la mecha del caos, se instalaron en el poder amparándose en la grisura de la Constitución, y quisieron endilgarle a ese ciudadano, ya harto de tanta imposición, un gobierno prepotente, que ha entrado por la puerta falsa de Palacio para convocar a un gabinete que no representa a nadie, ni siquiera a los cómplices parlamentarios que con su voto buscaron indultos, leyes populistas o beneficiar sus negocios.

¿Sorprende lo que ha hecho nuestra clase política? La verdad, no. Entre cuestiones de confianza y pedidos de vacancia en estos cuatro años hemos agujereado la Constitución como queso Gruyere, para minar nuestra democracia. Lo que está resultando inédito es la respuesta de los ciudadanos. La calle salió a decir NO. La resignación se quedó en casa y miles le pusieron mascarilla a su indignación para apoderarse del espacio público, de las plazas, de su país.

Sería iluso decir que apoyan a Vizcarra (quien se fue sin pelearla) o que su protesta está ligada a algún líder específico. La marea de gente, a la que tanto le teme Merino, no está movida por agitadores, ni por el Movadef, ni por un líder oportunista. La marea de gente, a la que no dejan avanzar hacia la Plaza Mayor para no tener que escuchar sus alaridos de protesta, quiere que le devuelvan su patria. Quiere recuperar su ciudadanía para decidir, para que no lo pisoteen, para que no lo gaseen.

La marea que marcha hace redoblar las cacerolas por ti, por nosotros, por todos. Y no le teme al ataque de un gobierno que lo agarra a perdigonazos, porque ya sobrevivió a mucho, porque ya sobrevivió a tanto.