“Estamos confinados, no por una orden externa, sino por el miedo. Miedo al contagio, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Estamos confinados, no por una orden externa, sino por el miedo. Miedo al contagio, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

Desde hace unas semanas, hemos entrado a un período de soledad nunca antes vista. Las plazas públicas, los mercados, los centros comerciales, los estadios, los coliseos, los teatros, los cines, las salas de casas familiares, todos esos lugares donde la gente se reúne, donde vamos a compartir experiencias con conocidos y desconocidos, hoy son definidos más bien como “focos de contagio”. Están vacíos o reglamentados o cerrados, por buenas razones. El otro y “lo otro” son por definición agentes portadores y no personas. Cada época decide el valor de los espacios y de los tiempos. Hoy el único lugar seguro es la casa. La frase “Yo me quedo en casa” es un anuncio en las pantallas de la televisión. También el teléfono la repite cuando hacemos una llamada, como si quisiera disuadirnos de cualquier plan para salir con alguien.

Antes de esta pandemia, reunir a una muchedumbre para un evento era un éxito. Hoy es imposible. Muchos de mis amigos dicen que, incluso si la cuarentena se relaja, no piensan salir de casa en todo el año. Otros me dicen que no han salido nunca en estos dos meses. Estamos confinados, no por una orden externa, sino por el miedo. Miedo al contagio, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte. Quisiéramos mantener un miedo sano, que nos guíe pero que no nos anule.

Pero nuestra soledad real tiene una compensación: la muchedumbre digital. Encuentros en plataformas, donde aparecen rostros de amigos o de compañeros de trabajo. No es lo mismo que vernos cara a cara, pero es lo que hay. La amistad digital, el trabajo digital, el amor digital.

En estos tiempos digitales, la solidaridad real es la única esperanza. En su presentación en el marco del Hay Festival, Fernando Savater habló de “una solidaridad egoísta”. Según Savater, nos conviene a todos ser solidarios, pues es mejor vivir en una sociedad con armonía y sin conflictos sociales y económicos. Ser solidario es hacerse un bien a uno mismo. Pero la solidaridad no debería ser un asunto de leyes, sino una vocación de la convivencia natural.

Cada época consagra palabras y nos obliga a revisar su significado. Términos como “aplanar la curva”, “la danza y el martillo” y otros han aparecido, se han popularizado y son parte de las conversaciones. Las muertes de muchas personas, cuando la vida es algo tan íntimo y precioso, se miden por estadísticas. Decimos que las cosas han mejorado cuando hay un menor “índice de letalidad”. La frialdad de las palabras es terrible y, al mismo tiempo, no veo otra forma de hacer un registro de la lucha contra el virus.

Otro término que se ha popularizado es “actividades esenciales”. Se consideran “esenciales” ir al banco, a la farmacia, al mercado y poco más. En otros lugares, se han considerado esenciales locales como las librerías. En Berlín y en Washington, por ejemplo, siempre estuvieron abiertas. Las crónicas de los diarios alemanes hablan de gente que fue a comprar novelas largas que pudieran resistir al tiempo libre. La semana pasada se abrieron las librerías en las ciudades europeas y en algunas latinoamericanas, con más afluencia de público que la esperada. En Lima no hay señales de que se abran las librerías. La idea de lo esencial se aplica al delivery de pollos a la brasa, como ocurrió esta semana, pero no a la lectura, que es inseparable de la educación. Educación para entender, para conocer, para tener proyectos y esperanzas, para empezar de nuevo, para llegar a ser todo lo que podríamos ser. Sin más educación, no salimos de esta ni de ninguna.

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