“Las reglas ortodoxas no permitían vaticinar el extraordinario crecimiento de 9% anual que lograría China en lo que va de siglo”. (Foto: EFE/EPA/Alex Plavevski).
“Las reglas ortodoxas no permitían vaticinar el extraordinario crecimiento de 9% anual que lograría China en lo que va de siglo”. (Foto: EFE/EPA/Alex Plavevski).
Richard Webb

Director del Instituto del Perú de la USMP

La película del siglo XXI se está rodando, pero el director parece haber perdido el guion y estar improvisando la historia. Con tanta confusión, se entiende que algunos despropósitos de la economía pasen desapercibidos.

Para fines del siglo XX, por ejemplo, se había llegado a un amplio consenso profesional en cuanto a los mandamientos para el crecimiento económico, un consenso que fue reflejado en las reglas para la membresía en el club de los países ricos (la OCDE) y en las recomendaciones del Foro Económico de Davos. Además, esa fórmula ha servido para hacerle un seguimiento anual a cada país, midiendo así sus avances o retrocesos en cuanto a las condiciones para el éxito económico. Sin embargo, los resultados económicos en lo que va de este nuevo siglo parecen haber olvidado las reglas establecidas.

Un primer caso es la lista de las diez economías más exitosas de los últimos 20 años; lista que incluye a países con deficiencias tan severas que sus posibilidades de desarrollo parecían casi nulas hace dos décadas. Así, las reglas ortodoxas no permitían vaticinar el extraordinario crecimiento de 9% anual que lograría China en lo que va de siglo. Y menos aun, que Etiopía casi igualaría ese despegue con una tasa de 8,9%, volviéndose la segunda economía más dinámica del mundo durante el siglo a pesar de transgredir severamente las reglas recomendadas. Así, Etiopía registra un alto nivel de corrupción, es poco democrática y registra bajos puntajes en cuanto a niveles de educación, salud, infraestructura e instituciones básicas. El tercer país más dinámico fue Camboya, cuya economía creció 7,7% al año a pesar de sus severas limitaciones institucionales, de infraestructura y de educación, y de tener una de las tasas más altas de corrupción.

Los otros “campeones” del crecimiento del nuevo siglo han sido Uganda, Tanzania, Bangladesh y Vietnam, todos con más de 6% de crecimiento anual durante 20 años. Entrando al nuevo siglo, lo que tenían en común esos países era una pésima institucionalidad, poca democracia, bajos niveles de educación y de salud, alta corrupción, y grandes deficiencias de infraestructura. Según los índices del Foro Económico Mundial (FMI) de años anteriores, ninguno de esos países tenía posibilidades de desarrollo sin antes realizar profundas reformas políticas e institucionales. Pero, a pesar del poco esfuerzo reformista, todos superaron cómodamente el crecimiento de la mayoría de los países de la OCDE.

Mirando la evolución económica de distintos grupos en el Perú desde el inicio del nuevo siglo, descubrimos un contraste similar entre el crecimiento esperado según los cánones de la economía, y el crecimiento que realmente se dio desde inicios de siglo. Si existiera un índice de potencial económico para las grandes áreas y regiones del Perú, por ejemplo, el potencial más alto probablemente sería el de Lima, y el más bajo el de la economía rural de la sierra. Las posibilidades productivas de la sierra rural se encontraban limitadas por un conjunto de deficiencias educativas, de salud, de infraestructura, de gobernanza y de informalidad. Pero, a pesar de esas limitaciones, el ingreso personal promedio en las áreas de sierra rural aumentó en 2,6% al año entre el 2007 y el 2019, mientras que en Lima el aumento fue de apenas 0,6% al año. De igual manera, si dividimos a la población activa de Lima y la sierra entre formales e informales, el aumento en el ingreso real de cada grupo entre el 2007 y el 2019 resultó ser de cero en el caso de los formales en Lima, y de 2,6% al año en el de los informales de la sierra. Como decía al principio, vivimos años de confusión, y que no se limitan al COVID-19.