Patricia del Río

Me pasaba horas debajo de la cama o encerrada en algún mueble con un en la mano. La estrechez del espacio, la semioscuridad y el silencio del improvisado escondite siempre crearon esa cápsula necesaria para ayudarme a desaparecer. Para abstraerme del mundo. Ese olor de la cera del piso recién lustrado o el polvo de la alfombra están fundidos en mi memoria con el de las páginas de un cuento o novela que leía lejos de mis primos que me buscaban por toda la casa para obligarme a completar el equipo de policías y ladrones o el de la chapada.

Desde entonces, ese olor a página recién pasada, a polvo mal desempolvado es el olor de la libertad. Empezar a leer una historia significa elegir el mundo en que decides vivir los próximos meses, días, horas o lo que demore terminar la obra elegida. Significa conocer sujetos nuevos, enfrentar razonamientos ajenos, predecir los comportamientos de otros, juzgar sus acciones, repudiar o abrazar sus emociones.

Mientras leemos, ocurre un mundo que nos fascina o nos repudia, pero que nunca nos daña. En “El malvado” de Charles Bukowski un depravado viola a una niña pequeña. La mira, la acecha, la ultraja. Lo ves acercándose a su víctima y el terror y las arcadas te invaden. Quieres gritar para detenerlo, pero es inútil. Sigues leyendo, aunque tienes ganas de arrojar el libro. Finalmente eres testigo de la violación que no existe, pero acabas de meterte en la cabeza inmunda de un ser abominable y ese conocimiento, esa experiencia, en cierto sentido inocua, es reveladora: te sabes miembro de una especie dueña de impulsos repugnantes. Odias al malvado, pero te preguntas cuánta maldad reprimida hay en ti.

Cuando Albert Camus en “La peste” o José Saramago en “Ensayo sobre la ceguera” nos sumergen en mundos donde los seres humanos pierden toda bondad, empatía y rasgos mínimos de civilización al verse atacados por epidemias incontrolables, experimentamos el terror de lo que implica que los lazos sociales se vayan resquebrajando ante el temor a que el otro contagie. Miramos de frente los ojos ciegos de un hombre otrora probo que aprovecha el laberinto para esclavizar mujeres, sin asco ni remordimiento. Lloramos con un sacerdote que duda de la existencia de dios cuando escucha a un niño, de voz hermosa, gritar durante los últimos segundos de vida que le ofrece su cuerpo dañado por la peste.

De Sancho Panza nos reímos a carcajadas cuando intenta gobernar una isla con la torpeza y majadería de un inútil y Ricardo III de Shakespeare nos vuelve cómplices de su propia perversidad y de la vileza del poder.

Pero a nosotros no nos pasa nada. O sí. Disfrutamos, aprendemos, nos conmovemos o enfurecemos. Una buena te cambia o remece de algún modo, pero ese aprendizaje redunda, casi siempre, en convertirnos en mejores personas. Tal vez más cultas, o más tolerantes, o más sensatas, siempre más libres.

Con la realidad no tenemos esa suerte. La historia que escribimos todos los seres humanos todos los días, no nos libera, nos condena. Una violación a una niña de tres años es un hecho apabullante que nos daña para siempre, del que no podemos sacar una mísera lección. Las pestes nos envilecen, las guerras nos degradan, los malos gobernantes, idiotas o perversos, hacen nuestras vidas insoportables. Abrir un libro es un tránsito hacia la liberación, abrir un periódico un viaje al horror del que somos agentes, protagonistas, víctimas o testigos pasivos.

Cuando cierren el diario de hoy, busquen un libro. Permítanse por unos días vivir en otro lugar, disfrutar otras experiencias, hacer nuevos amigos. Cuando cierren el diario hoy ejerzan su derecho a la libertad, esa que ningún político mamarrachento, dictador sanguinario o abusador de menores les puede arrebatar.

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