La lógica del corrupto, por Francisco Miró Quesada Rada
La lógica del corrupto, por Francisco Miró Quesada Rada
Francisco Miró Quesada Rada

Exdirector de El Comercio

Corrían los inicios del primer gobierno de , más o menos 1986, y le escuché decir al entonces presidente en uno de sus acostumbrados balconazos ante la multitud que lo oía absorta: “Si yo me hundo, ustedes se hunden conmigo”. Y nos hundimos y nos fundimos. No solo por la crisis económica que se produjo, sino porque en ese lustro se inició la desinstitucionalización de la débil democracia que nos costó recuperar a partir de 1980 y porque se crearon los cimientos para que aumente la que luego se convirtió en un sistema durante el gobierno de (pero que continuó en este siglo a pasos agigantados, sobre todo con lo revelado por el ).

El día en que Alan García pronunció ese discurso –que la verdad me impactó, primero porque asoció su fracaso al de todos los peruanos y luego porque, sin duda, tuvo razón–, fui invitado a un almuerzo en una casa de playa al sur de Lima. En esa reunión nos encontramos dos políticos ya conocidos en esa época y que todavía continúan en la fangosa arena política actual, el dueño de un medio de comunicación televisivo y yo. 

Cuando en el transcurso de la conversación, ante la pregunta de uno de los políticos sobre lo mucho que este ‘manager’ televisivo le había pagado a un destacado periodista, el dueño del medio respondió que todos “tienen un precio”. Ante tamaña y repugnante respuesta, le respondí “Ah, ¿sí?, dime cuál es el tuyo”. Él, mucho mayor que yo, trató de atarantarme y levantando la voz me respondió: “¿Cómo te atreves a decirme esto?”. Yo dije: “Ya ves, no todos tienen un precio. Unos no miden la vida en dinero, porque no ven el mundo a través de criterios como el de costo-beneficio y porque tienen dignidad”.

Claro, como entre el dicho y el hecho hay mucho trecho, en los años noventa el dueño de este medio estuvo bien sentadito en el despacho de Montesinos recibiendo un buen fajo de billetes verdes. Los dueños de son de esa calaña, por eso crearon una oficina organizada para corromper. Su lógica es: si todos tienen un precio, basta darles el dinero que piden para que nos favorezcan en una licitación.

Pero hay otra lógica, la del corrupto que cree que todos son como él y que se generaliza así: todos los peruanos son corruptos. Hilarión es peruano, entonces es corrupto.

Nos meten a todos en un mismo saco y lo peor es que muchos se lo creen seriamente. Así el corrupto justifica su corrupción, al quedar generalizada.

Como ha señalado Javier Díaz-Albertini en un artículo publicado el 21 de febrero, “la corrupción cotidiana surge cuando relativizamos y personalizamos las normas”. Hay entonces dos lógicas: una que afirma que todos tenemos un precio y otra que podríamos llamar “el enunciado de la corrupción generalizada”.

Esta lógica también interviene entre los políticos corruptos (y hago aquí la precisión de que no todos los políticos son corruptos). En este caso, cuando un político es acusado de corrupción, y por evidencias convincentes la fiscalía le abre un proceso de investigación, él y sus allegados dicen que es “víctima de una persecución política”. Eso se puede creer si el gobierno es dictatorial, pero no en una sociedad democrática y abierta donde hay libertad de opinión y está garantizada la legítima defensa. 

Entonces, la mejor forma para despejar cualquier duda es que el político acusado se someta a la ley y pruebe ante esta y la opinión pública que no es corrupto. El argumento de la persecución es un pretexto para evadir a la justicia, lo usó Fujimori. Por eso el señor , por respeto a los que creyeron en él, debe venir al Perú a declarar y someterse a ley. Porque mientras esté fuera seguirán las dudas de que recibió dinero de la .

Finalmente, como prueban los hechos, los países en donde hay menos corrupción tienen una política transparente y en el Perú, lamentablemente, predomina la política del secretismo.