Carmen McEvoy

Historiadora

A quienes opinan que los ideales republicanos son una suerte de ficción inútil los invito a revisar el discurso pronunciado por , a raíz del inicio del proceso investigatorio que podría culminar en la destitución del presidente estadounidense . Cuando la portavoz de la Cámara de los Representantes y veterana de un sinfín de batallas congresales finalmente se atrevió a confrontar constitucionalmente a Trump lo hizo invocando el espíritu de aquellos que forjaron la república norteamericana. En los momentos más oscuros de la revolución norteamericana, recordó Pelosi, a quien Trump acusó de golpista, Thomas Paine escribió una de sus frases más memorables: “Los tiempos nos han encontrado”. Y tal como “los tiempos” encontraron al autor del “Common Sense” para dar la batalla por una democracia, que imaginó igualitaria, los tiempos han encontrado “ahora”, subrayó Pelosi, a los estadounidenses. ¿Para qué? Para “preservar la república”, su Constitución y sus instituciones de los enemigos externos e internos.

Faustino Sánchez Carrión publicó en “La abeja republicana” extractos del “Common Sense”, la obra fundamental de Paine que –cabe anotar– fue traducida al español por un peruano. Paine, al igual que Sánchez Carrión, forjó el lenguaje político (republicanismo) de una nación que se definió en el territorio de las letras. Ciudadano del mundo, aunque de orígenes provincianos, Paine es un inmigrante británico que se enrola en el Ejército Continental liderado por George Washington. Desde su aprendizaje en el taller artesanal de su padre en Thetford hasta su diputación girondina en la Convención Francesa, pasando por su periodismo combativo en Filadelfia, su vida condensa la reinvención creativa del exilio dieciochesco. De ahí el juicio vertido por el futuro presidente John Adams sobre su aporte a la revolución americana: “Sin la pluma [de Paine] la espada de Washington se hubiera levantado en vano”.

Eric Foner señala que existe una tensión entre el republicanismo de Paine –igualitario y armónico– y el surgimiento del orden capitalista que apuntaba en dirección opuesta. Sin embargo, para el hombre que abraza una serie de contradicciones, entre ellas un nacionalismo combativo junto a un inocultable espíritu cosmopolita, era posible trascender los dilemas de la modernidad. ¿Cómo? Mediante el uso de la razón, el comercio, la innovación tecnológica y una esmerada educación. Su fe en el hombre y su visión de que este podía desprenderse del peso del pasado para rehacer instituciones y promover oportunidades inspiró a muchos patriotas sudamericanos, como Sánchez Carrión. El abogado huamachuquino no solo fue difusor de Paine sino hizo suya una de sus ideas fundamentales: en una república “el mundo podía crearse de nuevo”. Por otro lado, el anticlericalismo del autor de los “Derechos del hombre”, junto a su antiesclavismo, su apuesta por un radicalismo artesanal (defensor de salarios justos) que corre paralelo a su ataque a la concentración de la propiedad y el poder le ganaron el rechazo de los grupos de interés que fueron posicionándose en la naciente república norteamericana. Paine muere pobre y olvidado en Nueva York y resulta una verdadera ironía que Nancy Pelosi lo invoque cuando los ideales democráticos –que forjaron a la república del norte– están siendo amenazados por los poderosísimos grupos de interés que antaño lo desplazaron. Un proceso de consolidación que ha sido analizado por el senador Sheldon Whitehouse en su libro “Captured: The Corporate Infiltration of American democracy”.

¿Cuál fue la influencia de Paine entre la primera generación de republicanos peruanos? El autor del “Common Sense” es el referente teórico en la disputa entre monarquistas y republicanos, que ocurre en las páginas de la prensa en 1822. Pero la vertiente radical del republicanismo peruano, incluso su vena anticlerical, aparece con fuerza entre 1854 y 1855. En efecto, la revolución liberal con su avanzadísima Constitución abolió la esclavitud y la servidumbre indígena, propiciando incluso el derecho al voto del indio. Los liberales, muchos de ellos provincianos, le otorgaron plenos poderes a un caudillo para erradicar a los grupos de interés que vampirizaban al débil Estado Peruano. La traición del general Ramón Castilla a sus aliados en “la revolución de la honradez” es probablemente uno de los capítulos más amargos de la historia decimonónica. Guardando las enormes distancias del caso, la hora actual expresada en la titánica lucha contra la corrupción y por la reforma del Estado repite ciertas características de esos “tiempos” paineanos que las ansias de poder de Castilla tiraron por la borda.

En vísperas de nuestro bicentenario, ¿los tiempos finalmente nos han encontrado para reimaginar una república honrada y de oportunidades para todos? El presidente tiene una tarea inmensa y un mandato excepcional que –aunque cuestionado por algunos– lo obliga a cumplir inevitablemente lo que viene prometiendo: un Estado reformado capaz de curarse de la corrupción y una soberanía nacional en manos peruanas y no en las de grupos de interés extranjeros. Pero no nos engañemos, solo una ciudadanía vigilante y comprometida con el Perú podrá evitar que una vez más perdamos el tren de la historia.