Machu Picchu: las tareas pendientes, por Luis Millones
Machu Picchu: las tareas pendientes, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

En 1960, junto con el recordado historiador Antonio del Busto, visitamos por primera vez . Con mucha más audacia que dinero, nos aventuramos en un viaje que sonaba ya mítico a mis 20 años. Llegamos y conocimos todo lo que pudimos en dos semanas, gracias al cariño y desprendimiento con que nos ayudaron muchas personas.

Para empezar, nuestro arribo al Cusco pudo realizarse por un gesto de compañerismo que no podría dejar al olvido. En la estación de trenes de Arequipa nos encontramos con la promoción de quinto año de secundaria del colegio León Pinelo. Un par de los jóvenes descubrió de inmediato que queríamos viajar y no podíamos comprar los pasajes. Rápidamente nos invitaron a sumarnos a ellos, que tenían dos o tres vagones a su disposición, y así pudimos llegar a la Capital Arqueológica de América sin costo alguno.

El Cusco nos recibió con una enorme generosidad. Los docentes de la Universidad de San Antonio Abad nos abrieron las aulas y sus hogares para ofrecernos una mirada cercana de sus investigaciones, que iluminaron lo poco que habíamos aprendido en Lima. Recuerdo con especial respeto a Manuel Chávez Ballón, Luis A. Pardo, Horacio Villanueva Urteaga, Óscar Núñez del Prado y a Demetrio Roca Wallparrimachi.

El doctor Villanueva Urteaga tuvo la gentileza de sumar nuestra ignorancia a su seminario de antropología e historia, y pudimos alternar con sus alumnos y conocer otra mirada sobre la nación en que vivimos. Ya asomaban entre los jóvenes de nuestra edad los ahora notables intelectuales Jorge Flores Ochoa y Manuel Jesús Aparicio Vega. La dirigencia estudiantil de aquella época no vaciló en llevarnos a la radio y hacernos entrevistas, algo que estaba largamente fuera de mi experiencia.

No podíamos dejar de visitar Machu Picchu. Caminamos sobre el espacio ceremonial, sin que en ese tiempo existiera alguna forma de control. Tampoco eran muchos los visitantes. En la bibliografía, apuradamente revisada antes de viajar, ya circulaban las afirmaciones del historiador de la Universidad de Berkeley John H. Rowe, quien proponía como hipótesis que este espacio ceremonial había sido construido por Pachacútec Inca Yupanqui, el noveno de los gobernantes del Tahuantinsuyo, y que constituía un lugar de reposo para la nobleza imperial y de adoración a los dioses andinos.

Rowe también propuso que el contorno del Cusco tenía la forma de un puma, siguiendo las propuestas de alguno de los cronistas del siglo XVI, que después trataría de rebatir Tom Zuidema. No sabría decir si me convencieron sus argumentos, pero una vez llegado a Machu Picchu, me maravilló observar el conjunto que, visto desde alguna elevación cercana, creaba la impresión de que los edificios flotaban sobre los aires.

En aquel primer viaje no recuerdo haber tropezado con Aguas Calientes, que ahora es el inevitable prólogo si se quiere visitar los monumentos. Pero en los muchos recorridos posteriores, en razón de mis investigaciones, o guiando a colegas de la especialidad de ciencias sociales, no pude menos que preocuparme por la forma que ha tomado ese conjunto habitacional que hoy se llama Machu Picchu Pueblo, cuya desordenada comercialización y algarabía necesita replantear su administración. Es urgente una mirada realista a lo que debe ser un área urbana y se necesita una inversión sólida para crear un espacio digno de los monumentos que precede.

No se trata únicamente de reordenar Machu Picchu Pueblo. He tenido la suerte de revisar el proyecto de Michelle Llona –a quien no tengo el placer de conocer– y concuerdo con el texto en la necesidad de crear un modelo de turismo integral que sea el eje de un sistema patrimonial que incluya los edificios de la montaña y, con el tiempo, los otros dos espacios históricos de Vilcabamba y . Si no se piensa en tareas de esa magnitud –agrego yo–, otras “aguas calientes” surgirán al amparo del turismo desorbitado que ahora existe. La cifra de 2.500 visitantes solo nos engaña a nosotros mismos. La cifra real por lo menos duplica ese número.

Para empezar, hay que integrar de manera orgánica a los habitantes del pueblo con los monumentos arqueológicos, haciéndolos responsables de su fuente de ingresos, en lugar de restar belleza al espacio total y ser indiferentes a la necesidad de defender el patrimonio cultural de la nación.

Si volvemos la mirada a las modificaciones que cabría atender, como es la sugerencia de otros especialistas comprometidos, suena muy sensata la idea de construir un complejo de edificios (tres dice el texto) que cumpla las funciones de acogida a los turistas y sea importante para los propios pobladores de Aguas Calientes. Es necesario un museo que prepare a los visitantes para entender la maravilla que tendrán la suerte de visitar. Y un recorrido que les permita conocer el ambiente que rodea a las ruinas y finalmente los lleve al centro ceremonial.

No creo que sea tarea fácil: hay que analizar el terreno a ser utilizado para levantar los edificios, estudiar los caprichos del río y el ritmo de lluvias y crecidas del cauce, y pensar en un tipo de arquitectura que establezca una identidad visual con los monumentos precolombinos.

Hay que replantear el sistema de visitas. En mi último recorrido, muy poco tiempo atrás, una doble fila de personas galopaba al ritmo de los esforzados guías oficiales, que lideraban grupos de personas como quienes entraban y salían del centro ceremonial, lo que hacía imposible que las pisadas y movimientos de los cuerpos evitasen rebasar la demarcación de los espacios reservados a los monumentos, causando ese desgaste que finalmente será la destrucción de Machu Picchu, si no se toman medidas de protección indispensables.

Ya sé que en el recuento de cada visitante, una vez de regreso a sus hogares, los inconvenientes sufridos desaparecen. Nadie puede olvidar la sensación de caminar sobre un espacio tan cargado de historia, que será en el futuro motivo de orgullo haberlo visitado. Pero esas mismas razones nos obligan a hacer visible nuestra preocupación por lo que no mucho más tarde podría ser el deterioro sin remedio de nuestro monumento insignia. 

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