"Jorge Kantor fue un ser excepcional que se murió este martes. Fue un gran psicoanalista, académico e investigador y una de las figuras más importantes de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Jorge Kantor fue un ser excepcional que se murió este martes. Fue un gran psicoanalista, académico e investigador y una de las figuras más importantes de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

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La alarma sonó poco antes de que te fueras. “Cita con ” anunciaba el calendario. Sabía que te estabas despidiendo de este mundo y que todos los que tuvimos la suerte de estar cerca de tu bondad y tu aguda inteligencia sufríamos tu partida.

Algunos te dejaban ir acompañados en familia, como tu esposa Livia y tus hijos, otros se sostenían entre amigos, como tus colegas de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, y otros tantos contábamos las horas en solitario: tus pacientes, esa extraña legión de personas a las que nos diste la mano para ayudarnos a transitar por la vida, sabíamos que cuando finalmente nos avisaran que te habías muerto nos tendríamos que abrazar a nosotros mismos escondiendo la cara entre las rodillas. Ahogando un grito de pena y de rabia.

“¿Cómo se va a morir tu psicoanalista?”, me preguntó una amiga a la que me atreví a contarle que estabas grave. Y sí pues, ¿cómo?, hasta ahora me sigo preguntando.

La relación analista/paciente es extraña. Si dura lo suficiente, se desarrolla una complicidad que se teje semana a semana en la soledad de un consultorio. Al inicio suele ser un intercambio frío, hasta incómodo, pero desde el momento en que percibes que estás en un espacio seguro, entonces vas descubriéndote, aceptas tus estupideces, te aferras a tus fortalezas y buscas transitar por el mundo sin que el mundo te hiera.

Todos los martes (a veces fue jueves) pasadas las seis de la tarde, durante más de ¿siete, ocho años? tuve una cita conmigo misma en la que me acompañaste con paciencia. Los últimos dos no fueron en ese consultorio en el que abrías la puerta de manera brusca, que siempre me hacía reír, sino que aparecías al otro lado de la pantalla con los pelos alborotados y la sonrisa calma. El COVID-19 había impedido las sesiones presenciales, pero el Zoom nos permitía hacer nuestro trabajo: yo hablaba, tú asentías. Yo me reía, tú te reías más. Yo te preguntaba algo y tú me decías que no estaba en una de mis entrevistas. Los llantos, con mocos y todo, siempre encontraron contención y compasión en tu sabiduría, escondida tras esa pinta de cantante de música country.

Jorge Kantor fue un ser excepcional que se murió este martes. Fue un gran psicoanalista, académico e investigador y una de las figuras más importantes de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis. Fue un hombre curioso y bien querido. Pero sobre todas las cosas fue uno de esos personajes que pasan por el mundo dejando una estela sana. En nuestro país, donde la salud mental está tan abandonada, donde según el Minsa, seis de cada 10 (61,5%) personas adultas padece de algún tipo de malestar emocional, y la mayoría no recibe ayuda, su sola existencia fue un lujo. Cada encuentro con él significaron 45 minutos de mi vida en los que tenía la certeza de que no me dejaría caer, que trabajaría durísimo conmigo no para ofrecerme certezas, sino para ayudarme a manejar mis incertidumbres. Y sobre todo, sabía que dejaría la piel en lograr que las almas quebradas de sus pacientes aprendieran a otorgarles a las cosas la proporción que merecían, para no ahogarnos en un vaso de agua, para no ignorar ese dolor que había que vomitar.

No sé quiénes son los otros huérfanos de alma que dejaste al partir. No sé qué estarán haciendo ante la impotencia de tu muerte. No los conozco. La confidencialidad que exigía tu práctica hizo que jamás nos cruzáramos. Los intuyo por ahí, un tanto desamparados. Supongo que estarán lidiando con la paz de tu recuerdo y la angustia de tu ausencia. A mí solo se me ocurre ofrecerte la búsqueda incansable de mi felicidad. Ofrendarte cada segundo en que encuentre respiro y repetirme como un mantra “ya va a pasar, Cholita. Nos vemos el martes”.

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