“El problema de fondo es el de nuestra relación con las redes sociales. Se trata de aprovecharlas y no de obedecer a sus adicciones”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“El problema de fondo es el de nuestra relación con las redes sociales. Se trata de aprovecharlas y no de obedecer a sus adicciones”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Alonso Cueto

Escritor

Estamos mirando las noticias, luego cambiamos de canal y apagamos la pantalla, porque también hay un libro cerca. Tenemos rumas de papeles, llaves, lapiceros próximos. Pero en esa abundancia doméstica de la pandemia, el celular siempre luce, triunfante, por encima de todo lo demás. Su batería de aullidos diminutos no descansa. Suenan timbres una, dos, tres veces. Son mensajes “WhatsApp” (una forma chévere de decir: “¿qué está pasando?”) que llegan de todas partes; muchos de ellos, muy divertidos y de gente amiga.

Un poco después, vemos a locutores en programas en vivo que apagan su celular apenas los enfoca la cámara y que se ponen a mirarlo apenas se anuncian comerciales.

Como ellos, nos hemos hecho adictos al pequeño timbre. Es una señal de alarma de bolsillo y, cuando salimos de casa, en el bolsillo. La vida busca continuar de algún modo. La pandemia sigue, pero los sobrevivientes se envían señales. En el sigo XIX, George Sand envió una carta de 70 páginas a un novio suyo. Hoy no hay cartas. Solo mensajes que se cuentan, no por páginas, sino por sílabas.

El ensayista francés de ascendencia boliviana Bruno Patino acaba de publicar un libro llamado “La civilización de la memoria de pez”. Su tesis central es que los seres humanos que vivimos expuestos a las redes digitales tenemos un lapso de atención que dura nueve segundos. El título se refiere a los peces rojos; es decir, a los animales que tienen una memoria limitada de ocho segundos. Según Patino, hoy tenemos un lapso de atención de solo un segundo más. A partir de los nueve segundos de recibir una señal en su pantalla, el “nativo digital” se pone a buscar otra. No puede detenerse a leer, a interpretar, mucho menos a pensar. Vive con el hambre de una nueva señal; es decir, de un nuevo presente. Es un ser condenado a negar y a volver a buscar, como un pez que se topa con una pared del acuario. “El modelo de negocio de las plataformas se basa en la publicidad y su eficacia depende del tiempo que el usuario pase en ellas. Las redes se han convertido en depredadoras de nuestro tiempo”, dice Patino en una . Nos enteramos de que Patino creció en un hogar bilingüe donde no había televisión. Tal vez eso le dio distancia para ofrecer hoy sus agudas observaciones (que mantienen alguna esperanza) sobre lo que llama el “nativo digital”.

Las redes sociales son las plazas públicas. Si antes la gente se encontraba en la calle o en el mercado o en una reunión, hoy se encuentra en la pantalla. Pero depende de nosotros que sean nuestras esclavas o nuestras amas. Si elegimos lo primero, las redes pueden ser el paraíso de la diversidad en el que uno puede elegir y no ser elegido. Las redes nos sirven como almacenes de información. Nos comunican con amigos y parientes. Podemos leer libros y ver museos de todo el mundo. Podemos ver las que se estrenan hoy en la red de El Comercio, el concierto del mandolinista Avi Avital en el aniversario de la Sociedad Filarmónica, el festival de cine de la Universidad Católica que empieza la próxima semana o las obras de teatro que dirigen Juan Carlos Fisher, Alberto Ísola y muchos otros.

El problema de fondo es el de nuestra relación con las redes sociales. Se trata de aprovecharlas y no de obedecer a sus adicciones. Es lo que nos puede hacer durar más de nueve segundos. Mientras escribo esto, me suenan nuevos timbres de gente amiga en el celular.