“Su abandono no es una traición al equipo o a la ciudad, sino una negación al provincialismo de sus directivos. Pronto aparecerá diciendo que lleva al Barcelona en el corazón”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Su abandono no es una traición al equipo o a la ciudad, sino una negación al provincialismo de sus directivos. Pronto aparecerá diciendo que lleva al Barcelona en el corazón”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

El solo hecho de ver su rostro suspendido es una invitación hacia el mundo del nunca jamás. Parece un Peter Pan perdido en un universo flotante, un pibe que nunca salió del reino lúdico de la infancia y de los marcos que definen esa necesidad de todos nosotros por las realidades paralelas. La luz en su rostro de niño herido despide un aura de soledad en un cuerpo pequeño y de pocas palabras. Solo sabemos que se casó con su novia de Rosario, que tiene tres hijos y que no soporta perder un partido. Nunca ha protagonizado escándalos ni rumores. Es un beato silencioso de su propia religión que ahora quiere cambiar de orden.

En una definición famosa, el ensayista Malcolm Gladwell define el requisito principal de un buen equipo de fútbol. Según Gladwell, el mejor equipo es aquel donde el peor jugador es muy bueno. No se trata de tener estrellas o superdotados sino de lograr integrar una cadena de habilidades y voluntades. Si el fútbol moderno se ha inclinado en esa dirección lo que importa son los equipos que funcionan a la perfección (el último , digamos) y no la cantidad de superdotados que alinea. En ese sentido, la idea de que alguien sea “el mejor jugador del mundo” puede empezar a ser obsoleta y es el último en ostentarla. Aun en los tiempos del individualismo, lo que importa en los equipos es la calidad de las relaciones colectivas, como ocurre en una empresa, una institución o una sociedad. Sin embargo, los aficionados sabemos que en un partido cerrado solo el genio individual puede decidir el destino colectivo en un instante inesperado.

Si el fanatismo de los hinchas se parece al de los religiosos y milicianos, los jugadores se convierten en santos y en guerreros. Cuando desaparece una figura sagrada, la vida de todos parece estar en juego. Hasta hace un tiempo, el valor de los generales se medía por la cantidad de batallas ganadas y de territorios conquistados. Hoy se mide por los goles y las asistencias, pero también por el hechizo de alguna jugada que no corresponde a los registros contables.

Hoy el fútbol ocupa la televisión, pero todavía no ha colonizado a Messi. El rosarino siempre estuvo en algún lugar distante. Fue diagnosticado de niño con un déficit de la hormona del crecimiento (a los once años medía solo 1,32 metros). También tuvo síntomas del Síndrome de Asperger, una de las afecciones ligadas al autismo.

Ante tantas amenazas de la realidad, decidió que iba a derrotarla desde la ficción. Abrazó el juego. Debía buscar el manejo de sus propios tiempos y espacios. Pero lo hizo a su estilo, muy distinto al de sus antecesores. Maradona (que gritó “hijos de puta” al público antes de la final con Alemania en el Mundial de Italia 90) buscaba desafiar al mundo. Messi no desafía el mundo. Solo quiere hacerlo más hermoso.

Su partida del se parece a la de un general que cambia de ejército. Pero su abandono no es una traición al equipo o a la ciudad, sino una negación al provincialismo de sus directivos. Pronto aparecerá diciendo que lleva al Barcelona en el corazón. Su historia puede compararse con la de algunos famosos campeadores. En el verso veinte del “Poema del Mio Cid” se dice del héroe castellano: “Qué buen vasallo. Si ovviesse buen señor”. El Cid se quedó defendiendo el ejército de la corona a pesar del rey. Messi se va por culpa del presidente del club. Los tiempos han cambiado en algo desde el siglo XII.