Mi nueva aventura filantrópica, por Pedro Suárez-Vértiz
Mi nueva aventura filantrópica, por Pedro Suárez-Vértiz

El tema de la ayuda social para mí no es nadita ajeno, a pesar de que nunca planeé practicarla. Es más, de niño nunca pude vender los talonarios de Fe y Alegría y eso me generó una enraizada timidez con el asunto de las colectas. Pero desde los 90 Robelo Calderón –mi mánager– me introdujo en estos menesteres. Yo pensaba que la filantropía era pura pose en el caso de muchos famosos. Pero estaba equivocado. Aunque sí hay pose en un puñado de celebridades. Hoy, sin embargo, puedo decir que no hay nada más gratificante que ayudar al prójimo aprovechando tu popularidad. Es como sacarle la vuelta a la banalidad del espectáculo teledirigiendo el seguimiento que la gente te tiene hacia nobles metas humanitarias.

En el año 2000 participé en la elaboración de los estatutos del Educational Entertainment Event en Holanda, por invitación de la Universidad John Hopkins y la Unesco. Me fleché con la experiencia, pues miles de medios del mundo están ceñidos a las reglas del entretenimiento educativo¡ pactadas en esa cumbre de comunicadores internacionales. Hasta salgo en los textos universitarios como gestor de esos estatutos. Por primera vez sentí el peso de mis estudios de Comunicación en mi destino artístico.

A partir de ahí empecé a entender que ser figura pública hace menos aburridos los contenidos informativos de ayuda. Es decir, jalas el ojo de la gente hacia proyectos valiosos para los necesitados. Fui luego portavoz de United Way Perú y del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) y activista hasta hoy de Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF), ONG española con quienes institucionalizamos en el Perú el Día Mundial del Agua. Por esta última razón, en el 2010 fui premiado en el Hilton Performing Arts Center de Washington con el galardón Save the Planet en reconocimiento a mi labor benéfica con el medio ambiente. Como verán, una cosa jala la otra y el bichito de ayudar –innato en toda persona que se considere buena– se vuelve un hábito insaciable.

Recientemente, y dadas mis nuevas condiciones físicas, me he unido a una ONG –con sede en Carolina del Norte, EE.UU.– llamada Stop Hunger Now. Esta organización internacional se dedica a la lucha contra el hambre y la desnutrición en el mundo. Ellos tienen una experiencia de casi 20 años manufacturando alimentos con el apoyo voluntario de estudiantes. Las herramientas informativas han cambiado mucho con el boom de las redes sociales, lo cual me ha convenido mucho. Estos alimentos supernutritivos van para los más necesitados. 1 sol = 1 niño = 1 ración. Yo quiero pasar la meta de un millón de raciones. Eso son aproximadamente 3.500 niños comiendo de lunes a viernes, todo el año. Estamos apuntando a las regiones rurales de Lima, Huancavelica y Cajamarca. Los productos están basados en arroz, lenteja, alverja y un sachet de nutrientes para ser cocinados en las escuelas. Los ingredientes son comprados

en cada país donde se realizan estas campañas, por lo que generan trabajo y contribuyen a mejorar su economía. Hoy no puedo viajar como antes ni entretener alejadas comunas con mi guitarra ni surcar caudalosos ríos llevando plantas potabilizadoras a poblados en la selva. Pero manejo las comunicaciones más que nunca, por lo que trataré de ser el mejor puente que pueda para conectarlos con las mejores campañas de ayuda.

Sé que suena pesado hablarles de la niñez como semilla del futuro. No emociona a nadie que le digan “tu ayuda se verá en 20 años”, pero por apurados preferimos no mover un dedo y por eso hay tanta gente olvidada y estamos tan mal en el deporte y la educación. Pensemos desarrolladamente y actuemos de una vez. El futuro del Perú es hoy.

Esta columna fue publicada el 17 de setiembre del 2016 en la revista Somos.