Mi profesor de quechua, por Luis Millones
Mi profesor de quechua, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

Llegué apenas unos minutos tarde al entonces local de la Sociedad Peruana de Historia que usaban algunos profesores de la Universidad de San Marcos. Teodoro Meneses ya estaba allí, esperándome. Listo para dictar la clase que me dedicaba, como único alumno, atento a mi deseo de aprender quechua ayacuchano.

Esta vez, en lugar de iniciar la lección con su habitual resumen sobre lo tratado días atrás, me preguntó –a sabiendas de que era cierto–: ¿todavía entrenando los miércoles? Naturalmente, tenía razón. Yo venía desde el campo deportivo de La Libertad de Barranco en el que practicaba con la pelota apenas podía escaparme de clases. Entrenaba para mis partidos de los fines de semana, allí o en la ‘Cancha de los Muertos’ (llamada así por que se había levantado apisonando un cementerio chorrillano).

Aunque ya había perdido las esperanzas de ser futbolista profesional, aún seguía aprovechando toda oportunidad de jugar en un campo deportivo, sobre césped o tierra, con chimpunes y pelota de cuero (¡nada de fulbito, cemento o zapatillas!). Alterné en varios equipos, pero mi favorito fue el club –o más bien grupo de amigos–, reunido bajo el nombre de Deportivo Peñarol de Lince, ubicado realmente en Santa Beatriz, que en ese tiempo era una localidad que todavía no decidía los límites precisos de su jurisdicción. 

Nuestra camiseta tenía los colores del equipo uruguayo donde jugó Juan Joya Cordero, delantero centro de Alianza Lima y de la selección peruana, que en Montevideo formaba como alero, acompañando al goleador ecuatoriano Alberto Spencer, en la década del cincuenta. Cada partido, el verdulero de la esquina, cuyo hijo era nuestro arquero suplente, nos llevaba en su camioneta (habitualmente cargada de sus compras en el mercado de La Parada) y nos entregaba las camisetas.

No era un mal lateral derecho, algo más agresivo de lo necesario, pero tenía que estar a tono con el ambiente y los colegas. Se jugaba entonces con tres defensas, dos mediocampistas y cinco delanteros. 

Los fines de semana concurrían también algunos jóvenes que, vestidos de negro, hacían de árbitros. Esto daba seriedad al partido pero no disminuía la rudeza, que el réferi solo castigaba en situaciones extremas. Si Cristiano Ronaldo hubiese jugado en esas canchas, se hubiese cansado de tirar al suelo o de hacer morisquetas. 

Don Teodoro conocía mis aventuras futboleras y, aunque le parecían un desperdicio de tiempo, no solía opinar sobre ello. Esta vez fue diferente. En su estilo siempre afectuoso y de especial consideración, exigió un momento para hablar sobre mi futuro: “No serás jugador de fútbol”, me dijo. “Lo haces por la nostalgia de algo que creíste que pudo ser. Pero ahora te sirve solo para descargar una frustración que no entiendo. Te lo digo por lo que rindes en la universidad. Tus energías deben estar enfocadas en lo que puedas hacer de tus estudios”

No le hice caso. Ese fin de semana había invitado a quien más tarde sería uno de los escritores del “El Caballo Rojo” a jugar con nosotros y tenía que estar allí para presentarlo y darle, al menos, unos minutos en la cancha.

Mi amigo llegó, para sorpresa de todos, con una ropa de baño de colores y zapatillas en lugar de chimpunes. Le di la camiseta, ante la mirada desaprobatoria de la mayoría de mis compañeros y entró al campo de juego. Creo recordar que uno de los mediocampistas, bastante mayor que los demás, fue quien sugirió, con una maldad nada oculta, que mi amigo jugase de centro delantero.  

Duró cinco minutos. Debió ser retirado del juego, muy golpeado, cojeando de una pierna, y seguido de toda clase de insultos procaces. 

Esa noche pensé en las palabras de Teodoro. Me encantaba el ambiente de jugadores en declive o jóvenes esperanzados en que me sumergía los fines de semana. De manera descubierta se pagaba a algunos, que incluso siendo profesionales, redondeaban sus sueldos con algunos soles más. No siempre era una decisión afortunada. La ‘Cancha de los Muertos’, decían, había sido el trágico fin de la carrera de ese extraordinario delantero aliancista que fue Carlos Gómez Sánchez, quien llegó a ser titular en Boca Juniors.

Jugué solo un par de domingos más. Meneses, aunque nunca se lo dije, tenía razón.