Noam López

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¿Por qué las reformas policiales no son exitosas? Entre las respuestas que se ensayan a esta pregunta, se encuentra la que nos sugiere que la coalición de ideas y fuerzas para cambiar la organización y las funciones policiales proviene principalmente desde fuera de la institución policial, y no tienen resonancia en el interno. Como no se apuesta por la democracia deliberativa y los reformistas son efímeros, las reformas se quedan en el papel o son inconclusas. Esta lección, que podría ser un principio básico para reformar cualquier institución estatal, reviste mayor importancia en la policía por los roles que esta cumple en la sociedad, pero que, a veces, políticos, académicos y gestores olvidan y pasan por alto.

Entonces, si bien las reformas policiales necesitan de financiamiento y equipos especializados, para que duren en el tiempo deben de partir de consensos políticos y técnicos que distintos actores puedan custodiar. Es decir, la propuesta de cambios no solo debe conocerse en el sector Interior, sino que otras instituciones que articulan esfuerzos con la institución policial deben de conocerla. Sin esta custodia, la legitimidad de inicio de un gobierno o las coyunturas críticas, si bien son importantes para el arranque, no sostienen la gestión del cambio. Para ello, se necesita que luego de que los precursores se marchen, debido a los vaivenes constantes de la política peruana, los que vengan puedan garantizar la culminación de las tareas pendientes.

Es en este último aspecto en donde más se falla, porque los nuevos no quieren continuar lo que la generación anterior empezó, ni siquiera se preocupan por entender lo que se hacía. Muchas veces los recién llegados buscan inventar la pólvora y asocian su imagen con productos efectistas. En otras palabras, no hay institucionalidad. Fallan también porque el día a día les gana. La noticia de la hora y la presión agresiva en medios de comunicación y redes sociales hace que la mayor parte del tiempo se dediquen a apagar incendios. La agenda de la reforma se pierde o se transforma en un listado modificado de resultados inmediatos. Se falla, además, porque no se sabe distribuir el trabajo. Sus políticas no recaen en los órganos de línea, sino en altas direcciones y gabinetes de asesores. Trabajan incansablemente, todo proceso recae en ellos, solo por no perder poder.

Lamentablemente estas lecciones no se aprenden, no solo en el caso peruano, sino en América Latina. Hace dos semanas, el profesor Hung-En Sung, en una clase en la PUCP a coroneles de la Policía Nacional, comentaba que las reformas de las instituciones policiales fueron costosas y cambiaron pocas cosas. Hubo purgas policiales, de arriba y de abajo de la pirámide, pero poco se preocuparon por reclutar, formar y especializar. Se buscó incrementar policías en las calles, pero no se preocuparon por cambiar prácticas y servicios policiales. Se fomentó una “policía comunitaria” de relaciones públicas más que una institución de servicios comunitarios. Se invirtió en tecnologías de la información y comunicaciones, pero sin el análisis de datos en la toma de decisiones.

Cuando uno conversa sobre estos temas con miembros de la Policía Nacional, se topa con servidores públicos que tienen una mirada crítica de su institución. Reconocen que existen prácticas informales que deben de superarse y una resistencia a la innovación. Luego de varios gobiernos, es momento de escuchar, desde la sociedad civil y otros poderes del Estado, esas propuestas de reforma desde adentro, para deliberarlas, cuestionarlas y llegar a acuerdos. Medidas políticas drásticas solo han generado polarización y no han dejado abordar cuestiones de fondo. Pronto llegamos al bicentenario, partamos de la pregunta: ¿qué policía queremos?

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