Las misiones del amor, por Pedro Suárez-Vértiz
Las misiones del amor, por Pedro Suárez-Vértiz

Jean Pierre Magnet, con su experimentada capacidad, es un músico noble, sensible y generoso. Pero sobre todo, es un gran padre. Cuántas vivencias compartidas juntas en esos años en que viajamos y recorrimos el Perú. Él decía: “Me di cuenta de que Dios te da talento en medidas diferentes. Esa época me hizo reflexionar y preguntarme ‘¿para qué estás acá? ¿cuál es tu misión?’. Así inventé la Gran Banda. Ahora estoy involucrado muy intensamente con Serenata de los Andes. Creando música andina diferente, inspirada en mi alma, en Cristo y sus ángeles. En el amor que se me fue –su enamorada–, pero que me sirve como gran inspiración. Serenata es mi misión. Mi hijo Lucien está conmigo. Le digo que aproveche, que mi estadía acá no es eterna. Que me disfrute. El amor compartido con su papá y su mamá es el cimiento para una vida feliz”. Jean Pierre me hizo comprobar que el éxito en la vida es dar lo mejor de ti a tu descendencia. Y en cuanto a lo laboral, hallar tu misión.

Una vez un amigo de mi colegio quedó en visitarme. Mi familia no tenía plata en esas épocas. Niño como era entonces, estaba preocupado porque, según yo, no teníamos cosas ricas para hacerle un lonche como los que a mí me habían invitado. Mi compañero de clases llegó, jugamos, vimos televisión, dibujamos, pero mientras pasaban los minutos yo temía mucho pasar la vergüenza de no poder invitarle casi nada. Hasta que mi mamá nos llamó a la mesa y ¡oh sorpresa! había de todo para comer. Nunca supe qué hizo madre ni cómo lo hizo. Solo recuerdo que la admiré muchísimo por haber sacado adelante esa situación

En segundo grado de primaria me gustaba una niña de mi salón. Se lo conté a mi mamá mientras me peinaba en la mañana, y al día siguiente me compró dos sobres de figuritas del álbum Mujercitas. Me dijo: “Regálale esto”. Nervioso en el recreo, le entregué el sobre a mi compañera de aula. Ella saltó y me abrazó. Me sentí el hombre más feliz del mundo. No deseaba más. Pero, a la vez, sentí una gran complicidad y confianza con mis padres, algo que me ha ayudado mucho hasta hoy. Uno quiere repetir con sus hijos los momentos bonitos que nuestros padres nos hicieron sentir.

Yo, por suerte, siempre tuve mucho instinto paternal, así que no había mucho que indicarme de casado. Escarbando en recuerdos de mis papás, evoco que a partir de cierta edad ya no hubo cuentos en mi casa. Solo libros de animales, del espacio y enciclopedias. Más bien yo les contaba cuentos a mis padres. Quizás como respuesta al estímulo de haber escuchado sus historias. Me despertaba en la noche y me metía en su cama para hablarles de un tío imaginario que me llevaba en su nave a pasear por todo el universo. Tenía un exceso de imaginación que necesitaba liberarse. Yo era bien chiquito, creo que tenía cuatro años. Mis padres, muy pacientes, escuchaban mis larguísimos relatos. De seguro era ya mi vena artística manifestándose. Ese espacio que me daban escuchándome fue fundamental.

No intento con esto criticar a los padres separados. Los míos también tuvieron sus problemas. Pero eso no es excusa para no darles a sus hijos las respuestas que necesitan. Hay mucha disolución de hogares. No están los padres a la mano y eso impide la respuesta inmediata a la pregunta espontánea del niño. A este hay que contestarle en el momento. Cada pregunta suya es un paso a un nuevo nivel en sus vidas. Recordar cómo eras de niño te ayudará a sincerarte contigo mismo y a hallar tu real misión en la vida.

Esta columna fue publicada el 29 de octubre del 2016 en la revista Somos.