"El morro del señor Solar", por Josefina Barrón
"El morro del señor Solar", por Josefina Barrón
Redacción EC

El Marcavilca atrae la niebla; densa se abre paso entre las antenas de radio y televisión que gobiernan las comunicaciones de la capital. Es imponente esta montaña, testimonio de una cordillera que encuentra el mar y se sumerge en él. A lado un morro languidece, rezago de un cataclismo, eclosión de los Andes, retazo de inmensidad que quedó mientras el resto desaparecía de la faz de lo que sería nuestra ciudad. Quedan también algunas islas de este portento, desperdigadas frente a la bahía. El morro lleva el apellido de Antonio Solar, quien fuera el encomendero que tuvo a su cargo los indios de Armatambo, sede del Señorío de Sulco, de los más importantes curacazgos de la Lima prehispánica que luego fuera ocupado por el estado Inca e integrado a la red de caminos debido a su proximidad con el Santuario de Pachacámac. El río Surco empezaba en Ate y hacía un esforzado recorrido verdeando tierras sedientas hasta Chorrillos para perderse en la mar.

Debe haber sentido esos chorrillos de agua dulce caer por el acantilado Hernando Pizarro cuando intentaba conciliar el sueño en Armatambo, recién llegado con sus soldados y los indios que lo acompañaban. Era primera vez que un español dormía en la imponente ciudadela en las faldas del morro. El hermano de Francisco tenía una misión: llegar al día siguiente al Oráculo de Pachacámac a por más oro para garantizar el rescate de Atahualpa, encerrado en Cajamarca esperando apoyo desde todos los rincones del Imperio. Pero Hernando no durmió. La tierra se estremeció ese día, tal como él narró en una carta. El dios de los temblores había mostrado su ira.

Parada al filo del morro, intento imaginar a los sulcos en sus caballitos de totora sobre las olas, los sembradíos de maíz, los pacayares, el valle que hoy es cemento, las gentes tejiendo, y aquella gran roca que alguna fue huaca, ídolo y deidad, donde cuentan los cronistas los surcanos se detenían para invocar por buena pesca. Es el Salto del Fraile, piedra plana que maravilló a Juan de Arona. Y a cuanto limeño y extraño pasa por su lado.

Sostiene el morro una virgen primorosa, sometida su silueta a la imponente cruz hecha de las torres de alta tensión desmembradas por terrucos en un tiempo que aún duele y está bien, está bien que se enciendan las luces de la memoria cada tarde sobre el promontorio que nos tutela, guarece y vigila. Unos metros más allá yace un obelisco y debajo un monumento al soldado desconocido al que el Perú le rinde homenaje, porque este morro y el Marcavilca y toda la extensión que mis ojos dominan fue escenario de un sangriento encuentro entre chilenos y peruanos. Mar y desierto, valle y río se tiñeron de rojo. Pero al soldado desconocido lo han engalanado de nombres y apellidos en una gran placa que conmemora a capitanes, generales y gentes que tristemente también murieron en la batalla. Así las cosas, no sabemos a quién verdaderamente se le rinde tributo aquí.

Abandono el morro, panteón religioso, museo de historia, paleontología intocada y magia. Sobre héroes, dioses y tumbas aún falta escribir. Mucho hay por mirar. No desde aquí, sino aquí mismo. Desde nuestras propias, escurridizas sombras. Sobre nuestros vacilantes pasos.

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